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Ágatha Ruiz de la Prada: “En mi familia, las ricas han sido ellas. Y quien tiene el dinero, manda”

En la industria de la moda, donde la identidad se doblega a menudo ante las tendencias y el mercado, la diseñadora y empresaria conserva un universo propio que sigue funcionando 45 años después.

Ágatha Ruiz de la Prada, en su estudio en Madrid.Ximena y Sergio

El que acaba de presentar en Madrid ha sido su cuarto desfile en lo que va de año. Antes ha pasado por Nueva York, Sevilla y Chile. Y en los próximos meses lo hará por México, Colombia y Canarias. “Estoy haciendo una media de 74 desfiles anuales”, dice Ágatha Ruiz de la Prada (Madrid, 65 años), reclinándose en una silla de colores que, por supuesto, ha diseñado ella misma. Sentada en su taller de la calle de Villanueva —mientras al fondo las costureras terminan las piezas del desfile y en el piso de arriba, donde está la tienda, la cola para probar el café que acaba de lanzar con Juan Valdez no deja de crecer—, no hay un atisbo de urgencia en su voz. “Es una salvajada”, concede, a sabiendas de que no tiene ninguna intención de bajar las revoluciones.

En tres meses ha inaugurado una exposición en el Centro Cultural Provincial de Palencia, otra en el Festival Internacional de Santa Lucía en México y una tercera en el palacio de los Duques de Cadaval. Ha recogido un premio en Hispanic Prosperity Gala en el Mar-a-Lago Club de Palm Beach. Ha diseñado el packaging de los preservativos del proyecto Con prevención de Transexualia y ha presentado sus memorias en Lisboa. Ha participado en el Congreso Internacional de Moda y Artesanía Circular y Sostenible en Chile, ha presentado una colección circular en Pica y ha visitado el vertedero textil de Atacama. Ha visto volver a subirse al escenario de Le Pôle el vestuario que hizo en 2008 para L’Amoureux de Monsieur Muscle de Michel Kelemenis y exponerse el vestido Menina del huevo frito en la muestra Art × Fashion del FIT de Nueva York. Ha estrenado colaboración con Bodegas Borsao, ha presentado una cápsula de decoración con Gud, una colección de capazos con Daniela Salcedo y otra de accesorios para mascotas con My Pug & Co. “También hemos hecho productos de limpieza ecológicos y estamos sacando una colección de sartenes, y cerrando una licencia de zapatos en Chile”, añade.

—¿Tiene límite el universo de Ágatha Ruiz de la Prada?

—No. Si acaso, lo tendrá conmigo, cuando ya no dé más de mí.

Hoy no hay firma ni diseñador que no quiera sumarse al prolífico juego de las licencias y las colaboraciones. Pero cuando ella empezó a hacerlo, en los ochenta, era una fórmula poco habitual en España. Y sigue siéndolo en la escala que maneja. “Creo que son más de 500 licencias”, señala. Activas, medio centenar: del caviar de Ambrose & Paubet a los árboles de Navidad de Home and Living.

Lejos de abandonar su idiosincrático sello a la maquinaria marketiniana para que la estampen en cualquier superficie que se preste, De la Prada se involucra en cada puntada. “Todo el día discutiendo para que sea como a mí me gusta”, espeta. Detrás de cada carrito de la compra, bolígrafo, perfume, colchoneta y molinillo de pimienta marcado con su inconfundible trazo colorista hay una diseñadora que entendió antes que la mayoría las posibilidades de proyectar su creatividad más allá de la ropa. “Resulta que mi diseño se presta mucho a esa extensión”. Nada de esnobismos creativos: desde el principio quiso y supo capitalizar su particular lenguaje visual sin ponerle lindes. Pero también sin traicionarse.

Empezando por el omnipresente corazón, el suyo es un estilo, dice, “muy característico”. Tanto como para calar en el imaginario colectivo convertido en verbo: agathizarse. “Puede gustarte o no, pero lo reconoces. Y eso es importante”. También lo más difícil. Más en una industria hiperpoblada y muy dispuesta a canjear identidad por ventas. Es el síntoma de un sistema roto. “Está claro que el fast fashion se ha cargado la moda. La gente puede comprarse un traje de 70.000 euros o uno de 70. Estamos en un momento de enormes contradicciones”. Por un lado, el movimiento sostenible y la ecología. Por otro, el hiperconsumo que han espoleado Instagram y la cultura del usar y tirar. “La ropa es como un amigo. A alguien a quien has visto una vez no puedes llamarle amigo”, dice la diseñadora. “El único que claramente lo está haciendo bien es Inditex. Y eso dice mucho”.

En esa dicotomía entre identidad y mercado, ella nunca se ha plegado. “Una vez tuve una conversación con Amancio Ortega. Me preguntó qué diría si me propusieran hacer 100.000 chaquetas grises, poner mi nombre en la etiqueta y pagarme tanto dinero. Le contesté, por supuesto, que no. A no ser que estuviera a punta de pistola. Tengo lo suficiente para no tener que hacerlo”. Porque no se puede hablar de Ágatha Ruiz de la Prada sin hablar de color. La pregunta pesa porque quien la formula, además, va vestida de pies a cabeza de negro. “Es una cosa mía. Lo odio. El negro me parece triste, sucio… Es tan de pensamiento único. Y detesto el pensamiento único. No lo he tenido nunca. Desde que nací. Era distinta y siempre lo seré”.

Esa pasión por el color —y esa forma de ver el mundo lejos del blanco y negro— tiene que ver con su interés por el arte y la colección de pinturas de su padre: Picasso, Miró, Tàpies, Chillida… “La mejor de España”, escribía Francisco Umbral en este periódico hace 42 años. De pequeña quería ser pintora y tal vez por eso siempre ha visto la moda como un lienzo, o viceversa. Ahí está la colección de trajes pintados por Enrique Vega que mostró en 1982 —apenas dos años después de entrar como ayudante en el estudio del modista Pepe Rubio y uno después de montar su primer desfile— en la galería de arte de Fernando Vijande. “Luego vino Andy Warhol. Imagina tener 22 años y exponer en el mismo sitio que Warhol”, recuerda. Más tarde repetiría con la artista Gloria García Lorca en la galería de Juana de Aizpuru. La misma donde presentó sus primeras licencias: una colección de sábanas para Burés en 1987 y otra de vajillas para Bidasoa en 1991, demostrando que arte, moda y negocio no son tan distantes —cuando se saben conjugar; y ella sabe—. “Era el mundo en el que me movía. No es como si mi abuela fuera modista”.

Su abuela, de hecho, era María de los Remedios Urruela, casada con Félix de Sentmenat y Güell, marqués de Castelldosríus y grande de España, títulos que ella pasó a ostentar. Su madre, la aristócrata catalana María Isabel de Sentmenat y Urruela; y su padre, el arquitecto Manuel Ruiz de la Prada. “En mi familia había algunas it girls. Heredaba cosas interesantes. Mi padre tenía muchas novias y alguna muy bien vestida. Siempre me atrajo la ropa. Pero la original. Nunca me gustó una señora clásica con collar de perlas”, defiende.

El paladar le venía de cuna. También el feminismo. “Es lo que he visto en casa. En mi familia, las ricas han sido ellas. Y quien tiene el dinero, manda”. Pero si terminó siendo diseñadora, es porque la pintura conlleva soledad. “Y a mí me gusta mucho estar con gente”, explica. Casi como para corroborarlo, entra por la puerta una amiga que viene a saludarla. La quinta en lo que va de mañana. “Si estuviese aquí sola, estaría deprimida, y vengo de una familia donde ha habido una tendencia a la depresión. En esta profesión no paras. Ayer estaba cansada, pero no deprimida. No me daría tiempo. Y necesito eso. Me encanta trabajar. Mucha gente joven aspira a no hacerlo, y se equivoca. El trabajo es el mejor antidepresivo. Me aburriría muchísimo si no hiciese nada”, afirma con ese aplomo que nunca aclara si es convicción o hipérbole.

—Cuando diseña, ¿piensa en esa línea entre arte y moda?

—No.

—¿Cómo es el proceso?

—Hago lo que me da la gana.

Lo ha hecho desde el principio. En su primer desfile en 1981 —que presentó en Local, espacio de referencia de la Movida que, no es casualidad, vuelve a resonar con ecos de libertad y transgresión— ya sentó las bases de su lenguaje visual: el color, las siluetas, la irreverencia. Un lenguaje cuyo mayor mérito es que sigue funcionando 45 años después. “Lo han copiado todos. Desde el Loewe de Jonathan Anderson a las faldas abullonadas de Prada. Los trajes inacabados los hizo Margiela 20 años después que yo. Pero los hace él y todos aplauden”. Que en España la moda no se toma en serio es difícil de contradecir. Que se puede extrapolar a ella, también. “Pero no me importa. Con todo lo que he tenido en contra, y mira cómo me ha ido. Tampoco me voy a quejar. ¿Que no salgo en EL PAÍS en 30 años? No pasa nada. Sigo siendo la diseñadora más famosa de España”. ¿Quién no ha tenido un boli, una mochila, un delantal de Ágatha?

Cuenta que el del escándalo del vídeo del “innombrable” (se refiere a su exmarido, el periodista Pedro J. Ramírez) fue el año que más vendió. Su vida personal ha sido muy pública y ya se sabe que es difícil separar la obra del artista. “Ha tenido mucho de malo y mucho de bueno. Lo dejaría en resultado neutro”. Las memorias que publicó en 2016, Mi historia, ya van por la cuarta edición. En 2024 publicó la segunda parte, Todo por un plan, y apunta maneras. “Son más divertidas”, asegura.

—¿Hay algo catártico en tomar las riendas de la narrativa?

—Sí. Y si algún día pierdo la memoria, lo que está escrito ahí es la verdad. He intentado que no hubiera ninguna mentira. Porque las cosas se pueden contar de muchas maneras.

Hay una idea similar en los cimientos de la fundación que creó en 2011. Conservar, difundir un legado. “Siempre he tenido esa cosa de coleccionista, quizá por mi padre, de guardarlo todo”. Del recorte de The New York Times donde salió con 22 años a sus primeros diseños. Hay 4.500 piezas. La idea surgió el día que se cumplían 30 años de su primer desfile. No quería ni otro show ni otra exposición. Y esa fue la respuesta. “Además, si mi hijo se casa con una que no me caiga bien y quiere deshacerse de todo, no puede, porque es una fundación”. De nuevo el aplomo que despista. “Mis hijos lo llaman mi egotrip”.

—¿Hay que tener ego para triunfar en el mundo de la moda?

—En la moda y en todo.

Mientras el resto del mundo se zambulle en la nostalgia, ella aplaude su presente. “Me encanta donde estoy. Podría tener 50.000 tiendas, pero no sería tan feliz. Esa maquinaria te quita el sueño, y yo duermo bien con una cosita manejable”, dice, refiriéndose al imperio internacional de 22,4 millones de euros que lleva su nombre. Detrás hay muchos aciertos y también algún traspié. “Arruinarme con 24 años hizo que me dejara de tonterías. Me gusta el riesgo estético, pero soy muy poco atrevida en el ámbito empresarial. No quiero deberle dinero a nadie. Me gusta mi trabajo, pero no tanto como para ir a la cárcel”, espeta. “En mi casa he dormido en mis sábanas, comido en mis platos, con mis cubiertos, en mis mesas. Yo estoy deseando llegar a un restaurante y que me pongan mi vino, mi aceite, mi café. Lo interesante es que no me canse. Pero es verdad que tú tampoco te cansas del negro”.

“El instinto catalán/fenicio de los negocios y la paradoja madrileño/passada de la conversación”, escribía Umbral, acertando a describir unas virtudes que con el tiempo solamente han mejorado. En aquella entrevista, le preguntaba si buscaba el éxito o la perfección. Ella dijo que el éxito.

—¿Lo ha logrado?

—Uno nunca siente que lo ha logrado. El triunfo es un ideal.

—¿Qué busca hoy?

—Como diría mi abuela, que me quede como estoy. Es decir, seguir divirtiéndome.

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