Karne Kulture, las DJ que quieren que las discotecas sean seguras para mujeres
Ante situaciones de violencia y acoso a las mujeres en las pistas de baile, este trío se ha unido con el propósito de que los sitios en los que pinchan se conviertan también en lugares seguros
Hace más de una década, cuando Candela Molina (de nombre artístico Orfigyal, 33 años), Cristina Cía (Tina Lambardeta, 31) y Jimena Hernández (Mena G, 29) comenzaron a entregar su tiempo a la música club, las deshoras y la marabunta de cuerpos botando, confirmaron dos certezas. Una, que quienes organizaban y controlaban las fiestas del underground madrileño eran siempre hombres. O la novia o la amiga de. Dos, que en esa pista la violencia hacia las mujeres parece estar legitimada. “Es un secreto a voces, sin ir más lejos, a la mayoría de las chicas les han tocado el culo en una discoteca”, dicen. Más tarde llegaría otra constatación: la inexistencia de normas que acoten esa posibilidad, y un impulso: crearlas de su puño y letra.
Las integrantes del colectivo Karne Kulture cuentan bajo el neón rojo del garito madrileño Gilda Club que se conocieron de fiesta. “Yo sentí con las dos como un flechazo de amistad a primera vista”, dice Cristina Cía. Compartían “cosas” más allá de la música, pero las unió el deseo inexorable de compartir tracks constantemente y de aprender a pincharlos. Ninguna sabía. “Un verano dijimos: venga, vamos a pinchar. Pillamos una controladora, trasteamos, y gracias a un colega, Fer Xplosion [promotor], que creyó en nosotras y fue nuestro padrino, conseguimos pinchar en la Sala El Sol”. Estaban tan verdes, acostumbradas a la Game Boy con la que habían practicado, que cuando vieron la mesa de mezclas pensaron: “¿Qué es esto?”. Esa noche tuvieron tal éxito que Xplosion las programó todos los jueves. “Hicimos algo bastante novedoso para la época porque conseguimos hilar muchas vertientes musicales: breakbeat, reguetón, un poco de tecno, house”.
Siete años después, Candela Molina, psicóloga de formación, ejerce como DJ, promotora y mánager. Jimena Hernández es profesora de idiomas y DJ. Cristina Cía fue DJ a tiempo completo durante dos años y ahora es programadora informática y responsable de la parte visual de Karne Kulture. Y recientemente se ha incorporado la DJ estadounidense Rachel Mandel (Bat, 28 años). La historia podría acabar aquí, pero Karne es mucho más que un colectivo de música. Nació con el objetivo de destapar y eliminar la violencia contra las mujeres —“y las disidencias”, recalcan— que tiene lugar antes, durante y después de una fiesta.
A medida que comenzaron a organizar sus propios eventos y a interesarse por la seguridad, Karne investigó las escasas normas que existen. El primer gran muro “estructural” es ese: no hay normas públicas de obligado cumplimiento. Barcelona promueve desde 2018 el (voluntario) protocolo No Callem. En Madrid no existe ninguno. “El Gobierno y los ayuntamientos tienen el poder de legislar y obligar a los clubes y a la seguridad a que se formen en este tipo de fiabilidad. Tiene que venir desde ahí porque las salas al final son espacios privados y queda a la fe de los programadores”.
Por eso han creado el protocolo Karne —basado en la experiencia como psicóloga de Candela y los estudios del Observatorio Noctámbul@s y el Observatorio de la Mujer— y hoy asesoran a promotores y salas para que diseñen sus propias normas. Aunque es precisamente dentro de esas salas donde encuentran los grandes muros de la negación. “El equipo de seguridad de los clubes el 98% de las veces no se responsabiliza de estas situaciones. Para muchos puertas, la seguridad implica robos o violaciones, pero que te droguen o cosas más sutiles como que te persigan por la sala o que te inviten a demasiadas copas —emborrachar a una mujer es sumisión química— se convierten en chorraditas. Está tan legitimado lo que puede hacer un hombre para ligar…”, dice Hernández.
El primer paso para las salas es entender que “esto es una realidad y dejar de estigmatizarlo, abrir un hilo comunicativo —un correo, un teléfono— para que la gente pueda contar lo que pasa y los clubes intenten gestionarlo”. El equipo de seguridad no tiene por qué saber cómo hacerlo, pero puede contratar a un awareness team o punto violeta. “Yo no sé contener a alguien con un cuchillo, pero sí sé otras cosas en el ámbito emocional”, dice Candela. El awareness team tiene además una función preventiva. “La violencia es muy escalada, si hay un equipo de prevención que está un poco pendiente de las interacciones podemos evitar ciertas situaciones”, explican. En sus fiestas, cuando una pincha, las demás vigilan, y como medida afterparty ofrecen taxis para volver a casa a quien lo necesite. También han intentado practicar el “derecho de admisión” —muy común en Berlín—, pero la mayoría de las salas no se lo permiten. “Aquí [en Madrid] el único derecho de admisión es que no puedes entrar en chanclas. En nuestras fiestas, puedes entrar en chanclas, pero no puedes ser un pesado”, dicen. La criba es fácil: “Un grupo grande de hombres muy borrachos, tipo futbolero, sería un no”.
En general hay buena fe por parte de la industria. “La gente que organizamos fiestas somos muy fiesteros y sabemos perfectamente lo que ocurre. El problema suelen ser los equipos de seguridad y un perfil de organizadores de negación absoluta”, dice Cristina. Una apostilla: “Todo lo que estamos hablando tiene que ver con los espacios underground, de prostitución encubierta a modo de chica imagen, que ni se lo van a plantear siquiera”.
Echando la vista atrás, consideran que la situación ha mejorado porque la sociedad y el público han evolucionado. Hay más diversidad, pinchar se ha popularizado y se han desmontado las jerarquías que antes situaban a los DJ de vinilo, “a los más puretillas”, en la cúspide sin posibilidad de cuestionarlos. “Pero no es un diez lo que sucede ni hasta dónde podemos llegar nosotras porque al final están esas barreras estructurales. Nuestra actividad queda reducida a espacios muy chiquitos”, dicen.
Quizás por eso no se les caen los anillos al pinchar en clubes que no aplican las medidas de seguridad necesarias. Sería contraproductivo, dicen: “Si tú ocupas ese espacio no es incoherente, al revés, es acción”. Hace poco, mientras Candela pinchaba vio “una situación” en la pista, paró la música y los puertas se le echaron encima. “Estuve así 15 minutos. Hasta que no se resolvió, no volví a poner la música. Te arriesgas a que no te vuelvan a llamar, pero eso ya ha quedado ahí, ¿sabes?”.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































