De Martínez el Facha a la Barcelona de la Guerra Civil: Kim sigue empuñando el lápiz de la memoria
Tras dar a luz hace medio siglo al hilarante fascista en ‘El Jueves’ y lograr el Premio Nacional de Cómic en 2010 con ‘El arte de volar’, el autor barcelonés cuenta en ‘El diario de la señorita Litgi’ una historia real de amores platónicos basada en un diario hallado en un mercadillo.

Entrar en la vivienda-estudio de Joaquim Aubert Puigarnau —Kim por su nombre de guerra— en el Eixample barcelonés es ir a parar a una babilonia multicolor de viñetas, papelotes, libros, cuadros, lápices, pinceles y cachivaches varios. Ahí el retrato de dos putas en un portal del Barrio Chino, al lado una pintura del histórico Café Zurich de plaza de Cataluña, enfrente una cama encajada entre estanterías, al fondo la terracita con vistas a la catedral, la Torre Agbar y el patio de un colegio, al lado el ‘minúsculo’ estudio de trabajo con la mesa inclinada. Y en un recodo… un cartel de la Legión y una carta dedicada desde la cárcel por el teniente coronel Antonio Tejero Molina-quieto-todo-el-mundo (no se alarmen, Tejero, como otros paladines y simpatizantes del fascismo celtibérico, acabó amando a Kim gracias a su personaje-fetiche de Martínez el Facha, parido en las páginas del semanario El Jueves en 1977, los designios del Señor son, ya se sabe, inescrutables). Y, por supuesto, revistas y revistas, y carpetas y carpetas apiladas llenas de las ilustraciones que este barcelonés de 84 años hizo para combativas y transgresoras publicaciones del posfranquismo, de Vibraciones a Por Favor y de Mata Ratos a Rambla, Makoki… y, claro está, El Jueves, de la que fue miembro fundador.
Kim no vive aquí, en la bullanguera Barcelona, sino en el apacible Empordà. Pero mantiene abierta esta guarida ocasional, en la que se queda cada vez que tiene que visitar la ciudad, como hoy. Aquí nos ha citado para hablar de esto y de aquello y de una vida en viñetas, pero sobre todo de su último trabajo, El diario de la señorita Litgi (Norma Editorial), traslación al lenguaje del cómic de una historia real: el amor imposible de Mercé, una chica guapa, lista y culta de familia bien, por Manolo, señor casado, elegante y con mucha cara, en la Barcelona de la Guerra Civil, la posguerra y los años cincuenta.
Historia real que tiene dos arranques: primero, el propio de la vida personal de Mercé y su círculo de amistades; segundo, aquel día de octubre de 2007 en el que Kim Aubert, que había ido a pasearse por el barcelonés Mercat dels Encants (mercado de los Encantos), se encontró tirado en el suelo un cuaderno de tapas marrones con hebilla metálica en cuya portada podía leerse “El meu diari” (mi diario). Se lo llevó a casa, lo leyó y quedó impactado. Y casi podría hablarse de un tercer arranque: el momento en que el ilustrador, ya acabado y editado El diario de la señorita Litgi, empezó a encontrarse en Barcelona con gente que había conocido en persona a Mercé Litgi. Una tercera parte no prevista de esta historia se ponía en marcha, con casualidades que, más allá de ser reales, merecerían ser fruto de la invención de algún brillante guionista o cuentero.


Lo dicho, la historia de amor —platónico, salvo algún que otro escarceo carnal— entre Mercé y Manolo duró 20 años, y pasaron otros 18 desde que Kim se decidiera a convertirla en un relato en texto y dibujos. “Lo intenté varias veces, pero no me salía, y lo guardé”, confiesa. Lo metió en un cajón hasta que, tiempo después, durante un encuentro de autores de cómic en París, la ilustradora y socióloga barcelonesa Carmen Vila, más conocida como Marika, le convenció de que tenía que retomar el proyecto. Entonces se puso manos a la obra.
“Al final”, cuenta, “decidí poner en una página los dibujos y en la otra el diario, que yo mismo traduje”. Algunos lectores le han preguntado cómo se lee, y queda claro que existen tres posibles formas de hacerlo: leer solo el diario, leer solo las viñetas y los bocadillos o leer las dos partes alternativamente. “Desde luego, en esta historia lo fuerte es el propio diario. Me costó mucho, pero disfruté mucho en el proceso”, reconoce el autor, que evoca así la dificultad de poner en pie un relato así: “Yo no suelo hacer un guion previo, voy haciendo el guion a medida que va avanzando la historia, pero cuando empecé a leer las cartas de la señorita Litgi, al principio no me enteraba de nada; solo después de leerlas varias veces caí en la cuenta de que eran cartas de respuesta a las cartas de él, del tío del que estaba enamorada. Seguramente él le escribía poco, y además le dejó claro que ella no podía ni llamarlo, ni escribirle, ni nada, porque claro, estaba casado y con niños, él se parapetaba bien”. Conclusión: como Mercé Litgi, la heroína de esta historia, tuvo pronto claro que no podía escribir cartas a su amado, escribió el contenido de todas aquellas posibles misivas… en forma de un diario. El que Kim Aubert se encontró y compró en Els Encants.
Hay que retrotraerse al pasado y centrar la búsqueda en cuál fue y es el verdadero motor de inspiración en la obra de Kim Aubert. Terminada la Guerra Civil, su padre, un señor de profundas convicciones izquierdistas, llegó a estar preso en la Modelo y a punto estuvo de ser condenado a muerte. Se salvó en gran medida gracias a su profesión de médico, que llegó a ejercer dentro de la cárcel. La memoria ha sido y es pues, para Joaquim Aubert, una especie de presente continuo en su vida, y eso atañe lo mismo a su padre entre rejas que a la creación de aquellas revistas subversivas de rojos peligrosos, que a la partida de nacimiento del fascistón aunque entrañable Martínez el Facha que a la fabulosa aventura de El diario de la señorita Litgi. “Yo nunca me he metido en política”, explica, “nunca me ha interesado, bueno, interesarme sí, claro, tengo claro que he estado más a la izquierda que a la derecha, desde luego, pero comunista nunca he sido, incluso mi padre era anticomunista aunque estuviera en la cárcel con Franco”.
Y por supuesto la persistencia de la memoria, que diría Dalí, atañe también en el caso de Kim a la obra que sin duda marcó un antes y un después en su carrera, y un antes y un después posiblemente en la madurez de la historieta española como forma de narrativa adulta: El arte de volar, que firmó en 2009 junto a Antonio Altarriba a partir del caso real del padre de este y su suicidio en una residencia de mayores de La Rioja en 2001 tras una vida de fracasos y frustraciones. Un libro majestuoso en el que supo dar forma visual al relato literario entre cruel y tierno de Altarriba, y por el que ambos recibieron en 2010 el Premio Nacional de Cómic. Él tardó cuatro años en dibujar El arte de volar. Fue haciéndolo a tiempo parcial, entre encargos y encargos, y rechazando en todo momento la idea de trabajar sobre la base de un guion completo. Prefirió ir creando el suyo propio a medida que la historia avanzaba…, lo mismo que en el caso de El diario de la señorita Litgi. El resultado es una historia de lectura y contemplación desigual: sarcástica en ocasiones, divertida a veces, desoladora siempre. Una historia que tendría su prolongación siete años después en El ala rota, esta vez basada en la historia personal de la madre de Antonio Altarriba y que daría lugar a otro libro firmado por los dos. Y solo pasarían dos años más (2018) para que —ya a solas como escritor y dibujante— Kim publicara su obra más personal si hablamos desde un punto de vista autobiográfico: Alemania 1963. Nieve en los bolsillos, donde evoca su tragicómica experiencia como un emigrante más de los cientos de miles de españoles que tuvieron que tomar ese camino ante la gran patraña de los Planes de Desarrollo de Franco. Memoria.



En principio, Kim no estaba llamado a vivir en, para y de los cómics. Pero el caso es que su nombre es desde hace años uno de los destacados en lo que supone la progresión de este medio de expresión artística desde un ninguneo de ceja alta en España hasta un reconocimiento social y cultural confirmado: “Es increíble la subida que ha pegado el cómic en España en los 10 o 15 últimos años. Yo, cuando vi que vendían cómics en El Corte Inglés, me di cuenta de cómo había cambiado esto, me quedé alucinado. Yo antes iba a firmar a la Feria del Libro de Madrid o al Salón del Cómic de Barcelona y los que iban a que les firmase eran cuatro frikis, y ahora no, ahora se venden muchos cómics y el público se ha ampliado”, explica con gesto de asombro.
Su padre, aquel médico de izquierdas de Torroella de Montgrí, le llevaba al cine todos los domingos. Y al volver a casa, el chaval se ponía a dibujar la película. Eso marca. Se estaba fraguando su afición al cine de por vida (“sigo yendo cada vez que vengo a Barcelona”) y estaba arrancando, sin él sospecharlo, una profesión de autor de tebeos. O cómics. O historietas. O novelas gráficas, que cada cual elija lo que mejor le suene: “Jamás pensé, ni en sueños, en dedicarme al mundo de los tebeos”. Palabra de Kim, que cursó dos años de Bellas Artes en Barcelona. Los suficientes para que aflorara su alergia a aquel academicismo biempensante y muermo que en aquel arranque de los sesenta reinaba en cualquier facultad de estudios artísticos. “Uy, en aquella época los maestros eran unos tíos muy viejos que te pegaban unos rollos que para qué. Lo dejé, no había ningún aliciente para quedarse allí”, recuerda. “Entonces”, prosigue con una sonrisilla maliciosa pintada en la cara, “empecé a pintar cuadros comerciales para tener dinero; con otro amigo teníamos un estudio diminuto en el Barrio Chino, en una calle que estaba llena de putas, y hacíamos cuadros para tiendas de muebles, que si batallas navales, que si cacerías… Nuestros amigos nos decían que eran horribles y que éramos unos vendidos, pero era una época tan divertida, éramos jóvenes, y ganábamos mucho dinero, pintábamos aquellos cuadros en tres o cuatro horas, hacíamos como 10 a la semana, imagínate”.
Vinieron entonces los años de la explosión del underground barcelonés en forma de revistas. El Barrio Chino, la droga, la prostitución, los cabarés, los travestis. Terreno abonado para el lápiz y la cabeza de Kim y de otros, como Mariscal, Nazario, Ceesepe, Montesol, Gallardo, Mediavilla, Max… “Mi hermano, que se había ido a vivir a Estados Unidos, me mandaba cómics underground, y yo me alimenté de todo aquello”, recuerda mientras van saliendo en la conversación los nombres de Robert Crumb, los Freak Brothers de Gilbert Shelton y otros clásicos del cómic made in USA como Richard Corben o Will Eisner.
“Luego hubo una criba de muchas de aquellas revistas, y entonces, en 1977, Tom y Romeu montaron una que la gente decía que iba a ser el acabose, El Jueves. ¡Llegamos a vender 500.000 ejemplares a la semana! Hacíamos cosas que…, bueno, había que andarse con ojo. Una vez me llevaron ante el juez por un dibujo en el que Travolta era el Papa, y el juez va y me dice: ‘¡Usted ha molestado a mucha gente!’. Y yo: ‘No era mi intención, señor juez’. Y él: ‘Bueno, venga, se puede marchar’. Pero de repente va y dice: ‘¡Espere, espere!… Oiga, ¿me podría hacer un dibujo?’. Increíble. Se lo hice encantado, claro”.

Una semana antes de que aquella vitriólica biblia de los nuevos tiempos saliera a la calle, se presentó en la redacción. En El Jueves le dijeron que querían crear una escudería de personajes fijos que la gente identificara con facilidad, un poco al estilo Bruguera. Y que, de todos los personajes que ya se habían inventado, solo quedaba uno vacante, el Facha, y que le había tocado a él. Y ahí fue cuando levantó el brazo Martínez el Facha. “Nadie lo quería y no me hizo ninguna gracia que me tocara, entre otras cosas porque no hacía mucho que habían puesto una bomba en la revista El Papus y habían matado a un tío”, recuerda, y admite no haber sentido nunca excesiva simpatía por el personaje, “aunque siempre quise hacer un personaje que no fuera un hijo de puta, que cayera bien, eso lo tuve clarísimo, y además tengo que agradecerle haberme ganado la vida con él”.
El bueno de Florentino Martínez, un nostálgico franquista al que casi todo le sale mal, vivió en las páginas de El Jueves desde 1977 hasta 2015. Treinta y ocho años. Prácticamente como Franco. La serie más larga nacida en la Transición… y que hoy sobrevive tras algunas interrupciones. Cuenta Kim: “Al principio me hacían los guiones, luego empecé a hacerlos yo, pero era muy malo, por eso ponía tanto texto, porque, si no, aquello no tenía coña. El caso es que la cosa tenía éxito. Hasta los fachas venían a pedirme que les firmara. Un día, en el Salón del Cómic de Barcelona, se me presentan tres falangistas y me dicen: ‘¡Somos falangistas, pero coño, todo lo que cuenta usted ahí parece verdad, incluidos los hijos de puta esos que se cambiaron de chaqueta!’. Todavía hay gente que viene y me cuenta historietas de Martínez el Facha, y me dicen que formó parte de su juventud”.
Un clásico de la historieta española en vida que nunca pensó dedicarse a la historieta. Un autor capaz de parir lo mismo a un mamarracho fascista, genial y, vaya, vaya, hasta querible hace casi medio siglo que de reconstruir sobre una mesa de dibujo la historia más romántica y desoladora de amores imposibles apenas anteayer. Queda claro: la memoria persiste. Y Kim sigue haciendo de las suyas con ella.
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