Pedir perdón
La historia de la humanidad es una interminable lista de abusos y el enorme sufrimiento que siempre acarrean


En 1999, dos psicólogos sociales norteamericanos estudiaron y definieron por primera vez un sesgo cognitivo que fue bautizado con el nombre de ambos, Dunning-Kruger. Consiste en que, cuanto más tonta e incompetente es una persona, más satisfecha y segura está de sí misma y de sus (inexistentes) habilidades. Por el contrario, los individuos más inteligentes y preparados suelen ser los más inseguros y autocríticos. Es una maldita desgracia de trampa mental, porque fomenta que los más necios de entre los más bobos se eternicen en los cargos y prosperen. Y de todos es sabido que, como dijo el historiador italiano Carlo M. Cipolla en su delicioso ensayo Allegro ma non troppo, las leyes fundamentales de la estupidez humana, los tontos son mucho más dañinos y peligrosos que los malvados.
Pues bien, echando un vistazo rápido a la actualidad, yo diría que el fenómeno Dunning-Kruger abunda en la política. Cuando menos, el sistema favorece a quienes, más que pensar, repiten topicazos. Por ejemplo, y aunque esté feo señalar, me inunda el desaliento cuando veo a Isabel Díaz Ayuso en esos vídeos en los que suelta banalidades colosales tan radiante y orgullosa de sí misma como si fuera Sócrates. Tomemos su penúltima ayusada, la referente a que los abusos los cometían en América los aztecas y los mayas y que entonces llegamos por fortuna nosotros, los de la Cruz, para civilizarlos. Hay simplificaciones tan chirriantes que hieren los oídos, por el nivel de desconocimiento que encierran. Por desgracia el ser humano posee una vertiente depredadora y feroz. Todo poder tiende de forma natural a explotar y aplastar al más débil. El invento genial de la democracia consiste precisamente en esa comprensión pesimista del alma humana, en saber que el poder anhela ser eterno y absoluto, y que por eso hay que fragmentarlo y repartirlo lo más posible para contenerlo. O sea que sí, claro que sí, los aztecas y los mayas y los incas y los caribes han sojuzgado y abusado, pero también los españoles, los ingleses, los japoneses, los persas, los asirios, los cartagineses, los zulúes, los hunos, los cosacos, los otomanos, los tártaros, los almorávides, los aqueos y toda la absoluta infinidad de pueblos que han habitado este trágico planeta. Así que, en lo moral, ninguna superioridad de nadie, por desgracia. Y por cierto: en la conquista española de América hubo mezcla y matrimonios con los indígenas mientras que, siglos después, en la conquista de los ingleses hubo exterminio de los pueblos autóctonos. Pero esto sucedió así no porque fuéramos más buenos, sino porque en nuestra época no era posible enviar a muchos españoles al otro lado del mundo y había que quedarse con los aborígenes para trabajar y procrear, mientras que la conquista inglesa ya fue, gracias al desarrollo del transporte marítimo, una colonización, una ocupación de tierras, y para ello hay que matar primero a sus legítimos pobladores.
En cuanto a lo de civilizar, ¿quiere decir Díaz Ayuso que le parece estupendo que toda sociedad más desarrollada tecnológicamente, digamos, se apodere por la fuerza de las menos desarrolladas? Pues la verdad es que me sorprendería en ella semejante criterio, porque luego bien que se le hincha la vena españolista para alabar la heroica lucha de nuestro pueblo contra los franceses, aunque me parece fuera de toda duda que la Francia napoleónica estaba más desarrollada y civilizada que la España de la época. O un ejemplo más claro: la conquista romana. Porque las legiones llegaron y acogotaron a los íberos con violencia brutal durante dos siglos de choques sangrientos. Venga, mujer, admítelo, que sí, que lo sé, que sólo pensar en la legendaria y suicida resistencia de Numancia contra Roma te pone el corazoncito patriótico como una alcachofa. Vista desde este lado la cosa tiene menos gracia, ¿verdad? Aunque sin duda los romanos eran incomparablemente más civilizados que nosotros. Ya se sabe, tenían los acueductos, el alcantarillado, la irrigación, las carreteras, los baños públicos, como enumeraban en aquella desternillante película La vida de Brian. No, en efecto, cuando se miran de cerca no nos gustan estos abusos ni el enorme sufrimiento que siempre acarrean, pero, por desgracia, la historia de la humanidad es una interminable lista de ellos. Cuánto mejor sería que empezáramos todos a pedirnos perdón unos a otros.
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