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El fenómeno ‘dadcore’ o por qué ahora nos gusta vestirnos como nuestros padres

Casi una década después de su irrupción en los manuales de estilo, la tendencia ‘dadcore’ se ha convertido en el último refugio frente al colapso de la identidad digital. El descuido y la dejadez como una declaración de principios.

Harry Styles, con unas sensatas deportivas y sudadera, en el festival de Glastonbury el verano pasado.Kevin Cummins (Getty Images)

“Papá, déjame tus vaqueros”, nunca dijo ningún hijo. Y, sin embargo, aquí estamos, casi una década después de que semejante préstamo se le antojara real a alguien y se convirtiera en leyenda urbana estilística, celebrando otra vez el día de la moda del padre. Es 2026, y el dadcore, el estilo del paterfamilias suburbial, tan entrañable como anodino —según el tópico indumentario de las comedias de situación catódicas—, cabalga pasarelas y permea colecciones de todo tipo y condición para confirmarse como la aesthetic (la estética como filosofía del vestir que refiere ciertos gustos, actitudes y estados mentales antes que simples imágenes o tendencias) más resiliente de las que haya noticia desde que la muchachada centenial se hiciera cargo de la moda para vertebrar su identidad visual de manera específica, clara y reconocible al instante. Lo que en realidad no son más que las subculturas juveniles de estos tiempos digitales se designan así. Suena nuevo, pero solo es jerga 3.0.

Si, una vez, adoptar la indumentaria/estilismo paternal podía asumirse como simple error de cálculo (en el mejor de los casos) o inevitable penitencia de los domingos (en el peor), ahora se entiende como declaración de principios. En las estéticas dadcore, la figura del padre representa un anclaje a la realidad física, a esas rutinas mundanas —los fines de semana de barbacoa, las tareas de bricolaje casero, los viajes en coche, el documentalismo familiar videocámara en ristre— que transmiten sensación de seguridad en un momento de máxima incertidumbre geopolítica, económica y climática. Un tótem optimista que nos recuerda que la alegría está en lo cotidiano, no en la ostentación.

Por eso el dadcore es también el gran rechazo, la llamada definitiva a la resistencia: frente a la tiranía del algoritmo, elegir vestirse como un padre aburrido supone una bofetada con la mano abierta a esas otras estéticas aspiracionales y elitistas que alimentan la falsa necesidad de aparentar riqueza, según las manipuladoras leyes del tardocapitalismo (véanse el traído y llevado lujo silencioso o la aberración clasista del estilo old money, el del dinero viejo heredado). En efecto, hay algo profundamente político en elegir una zapatilla de deporte de aspecto ortopédico frente al hype efímero, la solidez convencional de unas New Balance o unas Reebok antes que la moderna fluidez de las flamantes sneakerinas, híbrido entre deportivas y bailarinas propugnado por Jacquemus. Es un no rotundo a la obsolescencia programada de los objetos de deseo de nuestros días.

Inspirada por el armario del hombre que abandona su aspecto —el arbitraje de la moda, esto es— cuando se convierte en padre, el dadcore se regodea en la comodidad y funcionalidad de una serie de prendas y complementos tan tristes como trasnochados. El vaquero sin forma, la longitud del tiro como la del brazo de un bebé, el azul desvaído lavado a la piedra, a veces planchado con raya, a veces corto en plan bermuda (los denominados jorts). El pantalón de pinzas ni ancho ni estrecho, ni corto ni largo, desajustado en tierra de nadie, incluso en terminal versión cargo. Las deportivas feas, en plan tanquetas de nailon. La camiseta de propaganda, como la de ese bar que cerró en 2004 o la que conmemoraba aquella carrera popular. La gorra de visera random, las gafas rectangulares de ciclista. El jersey de punto estampado dado de sí.

Fue precisamente un suéter infame el que dio alas a la leyenda: el que lucía John Cusack en la película Alta fidelidad y que el personaje de Jack Black señalaba como “el peor puto jersey que haya visto en mi vida” porque le recordaba a los que llevaba Bill Cosby en la sitcom que convirtió al actor afroamericano en el padre favorito de medio mundo entre principios de los ochenta y mediados de los noventa (antes de ser cancelado por abusos sexuales). El visionado nostálgico del filme, adaptación de la novela generacional de Nick Hornby, en los albores del revisionismo Y2K que loa el estilo de la primera mitad de la década de 2000 le dio carta de naturaleza estética, entendiéndolo como prolongación del normcore, la reivindicación sociocultural de la normalidad, ese vestir desdeñoso con las tendencias y extravagancias impuestas por las pasarelas que encontró en Adam Sandler a su banderín de enganche popular. Y, entonces, Demna hizo el resto. Piedra angular de la colección primavera-verano 2018 de Balenciaga, el dadcore pasó a mayores en manos del disruptivo creador georgiano. Hay que recordarlo, claro: Demna no diseña ropa, diseña antropología de consumo. Sus chaquetas de 2.000 euros que imitan el tacto de un forro polar barato son un ejercicio de cinismo brillante: venden la estética de la clase trabajadora a quienes nunca han tenido que cambiar el aceite de un coche.

Para el caso, el dadcore ya no es una broma, la parodia irónica que significaba una década atrás. Como aesthetic, ha mutado en algo más denso, más profundo y, paradójicamente, más honesto. Si antes era una burla a la funcionalidad suburbana, hoy es el uniforme de una generación que ha comprendido que la madurez es, en realidad, un ejercicio de supervivencia estética. Mientras el sistema nos empuja hacia un perfeccionismo algorítmico, el armario paterno celebra el error, el desgaste y la fatiga. Vestir como un padre en 2026 es buscar un asidero en medio de la tormenta. Es la nostalgia de una seguridad que quizá nunca existió, pero que se siente cierta en el tacto de una camisa de franela o el confort de unos pantalones cortos vaqueros. No, tampoco es una tendencia; es el síntoma de una sociedad que, cansada de enfrentarse a un futuro incierto, ha decidido que lo más revolucionario que se puede hacer es ponerse unos calcetines deportivos altos, una gorra desgastada y salir a caminar sin rumbo, como quien busca una dirección que hace tiempo dejó de estar en el mapa.

Lo curioso, y más interesante, del fenómeno es quién lo lidera: no se trata de hombres de mediana edad en busca de la juventud perdida, sino de adolescentes y veinteañeros intentando habitar una madurez que les ha sido robada por la precariedad. Con el secuestro del guardarropa paternal, la generación Z se pone la apatía como armadura: es el escudo en la era de la sobreexposición emocional en redes, es decir “no tengo intención de gustarte” (el antisexy a propósito, la mejor fórmula para resultar atractivo), es volver a los tiempos en que los objetos tenían peso y volumen (para quienes nacieron con un teléfono inteligente debajo del brazo, el bolígrafo asomando por el bolsillo de la camisa y la riñonera son fetiches/amuletos de protección) y, sí, es comprometerse con la sostenibilidad práctica, alineada con un consumo consciente y menos dese­chable (priorizando la durabilidad de las prendas por encima de cualquier otra consideración).

Ojo, eso sí, porque hay giro de guion. Y resulta fascinante. El auge actual del divorced dadcore, la estética doméstico-existencial que remite a la experiencia de los padres que reconstruyen su hogar tras una separación, altera ligeramente un relato a seguir en esos reels de TikTok que ya no apelan a la imagen del progenitor estable y proveedor que quema hamburguesas en el idílico jardín, sino que persiguen al hombre que vive en un apartamento de alquiler, se olvida de afeitarse y combina una cazadora de ante desgastado de Loewe con la vieja camiseta de la banda de rock favorita (la etiqueta también designa un estilo musical que hace playlists con éxitos de ­Eagles, Dire Straits, Tom Petty, Jeffrey Buckley, The Police, Bon Jovi o Fleetwood Mac).

Podría considerarse el estilo de los desubicados: chaquetas y jerséis de hombros caídos que sugieren derrota postural, pantalones de pinzas ligeramente mal ajustados, pantalones cortísimos a combinar con calcetines blancos de deporte y mocasines y la mirada de quien ha perdido el norte, pero conserva el orgullo. Es la elegancia del caos, la dignificación de la crisis de los 40, que no ha podido evitar en cualquier caso convertirse en lujo de pasarela. Pero que las colecciones de temporada (las de esta primavera-verano, con extensión al próximo otoño-invierno) den permiso para estar cansados no va a ser casual. En una industria, la de la moda, que exige más que nunca estar despiertos y fit, quizá no haya nada más subversivo que ponerse un jersey lleno de pelotillas y sentarse a ver cómo pasa el tiempo con una cerveza en la mano.

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