“Estas obras son pinturas igual que mis cuadros”: Miquel Barceló transforma periódicos en arte para EL PAÍS
Pinturas, dibujos y ‘collages’ surgen de las páginas de las cabeceras favoritas del artista, como EL PAÍS, en cuyo ‘stand’ de Arco podrán contemplarse estas criaturas de papel hechas arte, coincidiendo con el 50º aniversario del diario

Los compra, los mira, los toca, los huele. La vista, el olor, el tacto. Y sí, los lee también, todavía hoy, compulsivamente aunque con espíritu crítico porque echa en falta muchas de las buenas historias y columnas de antaño, y también garabatea y dibuja y pinta sobre ellos y los rasga y los estruja y utiliza como relleno para moldes de esculturas: así de intensa es la relación de Miquel Barceló (Felanitx, 69 años) con los periódicos, que contempla no solo como objetos intelectuales, sino también como objetos-objeto, soportes manipulables para la creación plástica. Un magma artístico-periodístico que se instala ahora, durante cinco días, en el stand de EL PAÍS en la Feria Internacional de Arte Contemporáneo ARCOmadrid 2026 entre el 4 y el 8 de marzo.
Para Miquel Barceló, dibujar, pintar, frotar o manchar, en definitiva, manipular periódicos, ha sido siempre un capítulo más en sus procesos creativos, tanto en lo relativo al concepto mismo de soporte como a sus posibilidades expresivas y creativas. “Son pinturas lo mismo que las demás, lo mismo que mis cuadros y mis obras de arcilla pintada, todo es lo mismo, después, claro, la jerarquía entre las obras la hacen el mercado del arte y los comisarios”, afirma. Pero también es para él un acto de libertad. Y un divertimento, casi un cachondeo, admite. “Sobre todo, es mi forma de estar en el mundo”.
La forma de estar en el mundo de alguien que se confiesa “totalmente poroso” ante la realidad de las cosas y las cosas de la realidad. Son múltiples y bien diversas las formas en que Miquel Barceló ha utilizado el papel-prensa para sus quehaceres plásticos. A veces estos han llegado en forma de grabados y aguafuertes sobre papel de periódico arrugado, aprovechando la textura especial que ese material confiere a la obra. En otras ocasiones ha ejecutado obras monumentales directamente sobre papel-periódico, como aquellas de los caballos y cristos gigantes y de los Ícaros voladores de siete metros que pintó en la iglesia de Santa Eulalia dei Catalani de Palermo en el otoño de 1998.
El arte sobre diarios, esencialmente españoles (EL PAÍS), franceses (Le Monde o Libération) e italianos (La Repubblica, Giornale di Sicilia), aunque también algún que otro africano (Jeune Afrique) —arte del que podrán contemplarse casi medio centenar de ejemplos en el stand de EL PAÍS—, surge como un género en sí mismo dentro de la inabarcable riqueza iconográfica del artista de Felanitx: “He tenido periódicos conmigo siempre, me gustan mucho como objeto”, explica, “siempre me gustó y me sigue gustando levantarme por la mañana y comprarlos, su olor, su textura, y dibujar sobre ellos es parte del mismo gesto, y también tomar notas sobre ellos”.
Explica Barceló su pasión de lector, aunque reconoce que la lectura no es el único uso que les da a esas cosas rectangulares de papel. Dicho de otro modo: además de lector, al artista español de mayor dimensión internacional le pica a veces la curiosidad, le asalta la tentación… y acaba ejerciendo de redactor jefe: “He sido lector fijo, desde siempre y hasta hoy, de diarios como EL PAÍS y Le Monde, y a veces The New York Times. El periódico me sirve para leer, pero también para envolver sobrasadas, para limpiar pintura o para dibujar encima. A veces recorto fotos. Una foto impresa en un diario no es lo mismo que una foto en Instagram. Me gusta dibujar encima de ellas, modificarlas. Unas veces lo que me interesa es una perspectiva, otras una sombra, o una ventana…, y una vez que las he manipulado, eso provoca una relación muy curiosa con la noticia”.
Y hablando de manipulaciones. Entrar hoy en el babilónico estudio de Barceló en el barrio de Le Marais en París, abrir esas enormes carpetas amontonadas sobre mesas y contemplar esos pequeños tesoros artístico-periodísticos produce sensaciones contradictorias. Por un lado, la de placer raro ante la obra plástica personal e intransferible. Por otro, la de pensar que esas noticias manchadas, deformadas, tachadas son ya en cierto modo otras noticias y, por tanto, otra realidad.
El concepto mismo de “otras realidades” es algo que sin duda seduce a este explorador incansable de temas, materiales y formatos. De hecho, alguna que otra vez no ha dudado en plasmarlas en obras, incluso en obras de encargo, sorprendiendo —no siempre para bien— a los que se lo cursaban. Solo hay que recordar aquel cartel malogrado de Roland Garros. En 1995, los organizadores del principal torneo mundial de tenis sobre tierra batida pidieron ilusionados a Barceló que hiciera el affiche oficial. Y lo hizo. Entregó un cartel con un torero dando un pase en una corrida. Debajo ponía “Roland Garros-95”. Otras realidades. Le dijeron que gracias, pero que aquello no tenía nada que ver con el tenis. “¡Hombre, ya me había dado cuenta!”, les contestó él, que hoy reconoce entre risas: “Hicieron bien en no cogerlo, aunque no sé, me dijeron que era porque había mucha gente que era antitaurina, y yo les dije que podrían haber escrito en la parte inferior del cartel ‘Abajo las corridas’, o algo así”. En otra ocasión, en 1992, la organización del Festival de Otoño de París le encargó el cartel oficial. Y lo hizo. No era lo que esperaban. “Pinté un asno negro follándose a una jirafa que representaba la Torre Eiffel, que era el mismo asno que se follaba a una yegua blanca en la portada que hice para el disco Potro de rabia y miel, de Camarón”. Pero los del Festival de Otoño no hicieron como los de Roland Garros. Aceptaron.
Pero volvamos al arte periodístico que ahora expondrá en ARCOmadrid. Monos hechos de papel de periódico, futbolistas pintados, coches con boñigas encima, prostitutas desnudas, osos armados con rifles (como la ilustración entre cruel y estremecedora que Barceló hizo el 8 de mayo de 2000 sobre la portada de EL PAÍS que narraba el asesinato a manos de ETA del periodista José Luis López de Lacalle), cabeceras de este diario tachadas con pintura amarilla, prolongaciones pintadas de fotos de portada y periódicos enteros estrujados y convertidos en esculturas de papel son algunos de los temas y formatos del Barceló periodista. “Ver hoy esas manipulaciones sobre periódicos es casi como ver arqueología. Bueno, es que eso de poner bigotes a alguien de una foto yo ya lo hacía en la escuela. Creo que antes de los 10 años ya había hecho todo lo que luego he repetido una y otra vez en mi obra. Lo que cambian son los medios, y aprender la técnica, pero eso es poca cosa. Esto que digo no es una boutade, lo digo muy en serio, creo que antes de los 10 años ya has hecho todo lo que vas a hacer en tu vida. Después, solo le das forma”, explica el artista mientras compartimos unas cervezas en uno de los dos talleres de cerámica que tiene en Vilafranca de Bonany, en el centro de Mallorca.
Barceló reparte su frenética actividad entre este lugar, su estudio de pintura en Farrutx, al norte de la isla, y su estudio de París. Su vida transcurre entre sus casas de Farrutx y el parisiense barrio de Le Marais. En la actualidad, esa actividad frenética se ha tornado en locura: a la preparación del stand de EL PAÍS en Arco se suman la puesta a punto de los cartones para sus tres tapices destinados a la catedral de Notre Dame, su candidatura al proyecto artístico para la fachada de la Gloria de la Sagrada Familia (un trabajo cuyos otros dos candidatos son Cristina Iglesias y el mexicano Javier Marín, y que, de ser elegido, le ocupará a Barceló los próximos 10 años) y la publicación en octubre de una descomunal monografía sobre su vida y obra en la editorial francesa Citadelles & Mazenod, para la que aún no hay editor español.
Lejos queda aquella fase primigenia de la que hablaba, la de los 10 años en la escuela de Felanitx, de la que datan aquellas obras pioneras consistentes en soltar una gota de tinta sobre el escupitajo de saliva previamente proyectado en el papel del cuaderno escolar y el efecto acuoso/acuareloso que eso producía. Qué curioso. Viendo hoy aquellos infantiles manchones, no desmerecerían en una galería de arte. “Creo que aquello es lo que he seguido haciendo toda la vida, solo que ampliado”.
Los diarios como asunto y como material artístico no los inventó Miquel Barceló. La utilización del collage en el movimiento cubista, en la primera y sobre todo en la segunda década del siglo XX de la mano ante todo de Braque y Picasso, tuvo un enorme impacto en el mundo del arte, abriendo nuevas vías de expresión, composición y deconstrucción plástica. “En el mundo del arte, el papel de periódico aparece por primera vez en los collages cubistas, y en aquel momento era sinónimo de pura modernidad”, explica Barceló, que anticipa con un regusto de placer nostálgico: “Hoy es casi lo contrario, es casi decadencia, algo casi en extinción. El del periódico de papel parece un mundo que se acaba, y por eso me gusta tanto”.
—¿Lo ve como algo prearqueológico?
—Como algo ya arqueológico, más bien. Pero a mí me parece un lujo seguir comprando el periódico de papel, porque me gusta mucho más leer en papel que en digital.
—Hay estudios que sostienen que lo leído en soporte impreso permanece más tiempo y con más intensidad que lo leído en soporte digital.
—Seguro. Yo, durante un viaje por el Himalaya, me leí varios libros de James Salter en un ipad. Me dije: ¡joder, qué maravilla, poder llevarme varios libros sin que pesen ni ocupen espacio! Pero a la vuelta me di cuenta de que se me habían olvidado, era como si los hubiera soñado. Y me los releí en papel. Y ya no se me han olvidado.
—En la lectura digital…
—… el digital no es leer…, es otra cosa. Y la información digitalizada no es la leída o hablada. Es otra cosa.
—De los periódicos, cuando solo existían en papel, se decía que al día siguiente ya solo servirían para envolver el pescado, como subrayando su fugacidad. ¿Qué decir hoy de la información en formato digital, a veces producida como si de una fábrica de embutidos se tratara?
—Pues fíjate, en Malí, a veces, si no tenía a mano periódicos de la semana, leía los que se habían ido amontonando en el estudio en los últimos tiempos, y me servían. Y era fantástico: el tiempo les añadía algo muy interesante, como pasa con el vino, con la sobrasada o con el jamón. Las noticias antiguas pierden la gracia de la inmediatez pero en cambio cogen una pátina y un cuajo que las hace muy interesantes. Hoy no lees periódicos antiguos porque siempre tienes uno nuevo, y en digital ni hablemos. Salvo que seas un pintor en el país dogón, claro.
En sus viajes a Malí, durante 30 o 40 años, se llevaba siempre periódicos europeos. “Los usaba para embalar cosas y también para leerlos, claro. Recuerdo que, en todo ese tiempo, EL PAÍS era una lectura estupenda, siempre había seis o siete artículos que te apetecía mucho leer. Que si Ferlosio, que si Vila-Matas, que si… no sé, una docena de cosas que te apetecían mucho. Ahora, en los periódicos hay días en los que no encuentras una sola historia que merezca la pena leer. Es triste”.
Cuando no encontraba cosas en la prensa que echarse a la boca, agarraba un libro, por ejemplo, Schopenhauer a las siete de la mañana, en la soledad de su casa de los acantilados de Gogolí. Allí, un amanecer, junto a su cocinero y amigo Bamo, que era analfabeto, le pasó algo curioso que recuerda entre risas. Bamo pasaba las páginas de otro libro de Schopenhauer mientras murmuraba. Barceló pensaba: “¿Qué hará este tío?”, y seguía bebiendo su té. Al cabo de un buen rato, Bamo dijo: “734”. “¡Había contado las páginas!”, dice Barceló, “pero yo le dije que se había equivocado, porque eran 780; y él me contestó: ‘Tu vavu viru birati’, o sea, ‘los blancos habéis trabajado mucho”. Y añade: “¡El tío contó las páginas! Aquello sí que era mística pura, ¿eh?, aquello sí que era meditación profunda, ¡ja, ja, ja!”.
Hay periódicos y periódicos. Y eso tiene que ver con lo que cuentan, con cómo lo cuentan y con la forma visual en que lo cuentan. Barceló siempre tuvo sus favoritos. “El francés Libération era un periódico que tenía mucha plasticidad, tuvo años buenísimos en los ochenta. Y titulando eran buenísimos”. No le falta razón. Prueba de ello es aquella inolvidable portada del 2 de diciembre de 1989, cuando el aún presidente soviético Mijaíl Gorbachov visitó al papa Juan Pablo II en el Vaticano. Libération tituló, sobre una fotografía de los dos abrazándose: “Urbi et Gorby”. Sin comentarios. O aquella otra del 17 de septiembre de 1981 referida a la abolición de la pena de muerte en Francia: “Pena de muerte para la guillotina”. “Tenían gente buenísima titulando… Bueno, yo creo que allí la gente se fumaba varios canutos y luego se ponía a titular. Le Monde me gusta más de contenido que Libé, pero siempre fue más oficial y más soso”. Y para acabar, un cariñoso aviso a navegantes: “EL PAÍS ha mantenido siempre un tono excelente…, aunque nunca haya sido visualmente la alegría de la huerta”. Seguiremos informando.
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