Ir al contenido
_
_
_
_

Andrea Fuentes: “En competición y en creación se premia la diferencia y en los colegios se castiga”

La actual seleccionadora nacional de natación artística es la española con más medallas olímpicas de la historia: nueve. En su libro ‘Mentalidad, propósito, pasión’ explica cómo aprendió a lidiar con el dolor físico y el psicológico tras la prematura muerte de su padre y de su única hermana

La seleccionadora nacional de natación artística, Andrea Fuentes, retratada en Sant Cugat.Caterina Barjau

Hija de un profesor de Filosofía y de una profesora de Francés, Andrea Fuentes Fache (Valls, Tarragona, 42 años) es cuatrilingüe, dulce y tremendamente curiosa. Pero no tiene un segundo libre. La cita es en el lugar que mejor conoce del mundo: el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat, en Barcelona. Allí entrenó durante lustros con su hermana, Tina, y allí acude a diario, en bicicleta, para preparar a la selección española de natación artística. Llega sonriente y cauta tras terminar su sesión de terapia. Ha aceptado hablar durante dos horas, pero pide permiso para recoger unos paquetes antes de que cierre la oficina. Es el cumpleaños de su marido, el gimnasta Víctor Cano, al que también conoció en este centro. El suyo está al caer. A sus hijos, Kilian y Sira, les ha pedido de regalo media hora de tiempo libre.

Con 16 años, cuando entró en la selección absoluta, un psicólogo le dijo a su entrenadora, Anna Tarrés: “Deshazte de ella, no sirve. No tiene espíritu competitivo”.

Me lo contó mi entrenadora dos años antes de retirarme. Me quedó una pregunta: ¿cómo puede un psicólogo sentenciar el futuro de nadie en una hora? Cuando una nadadora me pregunta cómo veo su futuro, contesto que lo decidirá ella.

¿Un buen deportista es competitivo?

La competición es una herramienta para mejorar. No veo al rival como enemigo, sino como maestro. Vengo de una familia que ponía por delante ser uno mismo a ganar dinero o medallas. A mi marido sus padres le decían: “Tienes que ganarlo todo”. Los míos: “Si te duele, no vayas”.

¿Es una entrenadora-psicóloga?

He crecido viendo a adultos con miedo a perder la autoridad ante su equipo. Es absurdo. Mi padre nos decía que se aprende hasta de los bebés. Aprendo de mi equipo. Darles voz es empoderarlas. Mejoran el triple. Escuchas y decides.

¿Más autoridad que autoritarismo?

En deportes de crono hay respeto hacia el deportista. En los artísticos, tradición de autoritarismo. Y vigilancia del aspecto físico. Se juega con el miedo a no ser seleccionado. Pero yo creo que uno decide. Si quieres trabajar en EL PAÍS o en la revista de Sant Cugat, tu autoexigencia tiene que nacer de esa aspiración.

Cuenta que Rusia elige a las nadadoras con la misma altura y atributos físicos.

Es más práctico sincronizar así porque todo se ve muy igual. Y lo tienen fácil con miles de nadadoras de altísimo nivel. Pero a mí no me parece bien. Para ellos la salud mental de las nadadoras no cuenta. El año pasado invitamos a dos nadadoras rusas para que nos ayudaran. “¿Por qué no entrenan todo el día?”, preguntaban. Porque por la tarde estudian. “¿Y por qué estudian?”. Hombre, porque en el futuro qué van a hacer. “¿Y qué te importa a ti su futuro?”. Pura competición.

Cuenta la historia de una nadadora rusa que ganó el oro…

Y acto seguido lo dejó, en Tokio 2020. No quería entrenar ni un día más. Yo pensaba: ¿cuál es el sentido de ganar esa medalla? Pero ella la llevaba en el móvil. Como a las rusas no las dejan estudiar, luego no sabía hacer nada. Encontró trabajo en una gasolinera…

Como entrenadora, ha hecho bandera de la diferencia. En Estados Unidos, con Audrey Kwon —­que era muy baja—, y ahora con Dennis González, el primer chico.

No me gustan los moldes. Mi entrenadora, Anna Tarrés, fue pionera en casi todo. Defendió a Thais Henríquez, que era muy alta. Y claro que Dennis es distinto, pero con él podemos hacer cosas que antes no podíamos.

¿El resto de las nadadoras qué pensó?

Sabían que era muy bueno. Igual alguna temió por su puesto, pero como cuando entra otra nadadora.

¿Usted dudó?

¡Pero si es buenísimo! Engrandece el deporte. Cuanta más gente lo practique, mejor.

Dennis arrastraba una historia de bullying.

Antes de hacer natación artística ya era el raro. Pero es que lo ves y es fuera de lo normal, un artista increíble. No me extraña que se sintiera diferente. Ahora explota su diferencia porque piensa que puede ayudar a que otros niños no se sientan mal siendo distintos. En la competición y en la creación se premia la diferencia y en los colegios se castiga. Es paradójico.

¿Ha vivido alguna situación de abuso?

No mucho… Bueno, sí. Típico que se meten contigo por los dientes, porque tengo el labio leporino de nacimiento. Pero vamos, nunca me he sentido rechazada. Nuestro hijo Kilian tiene, seguramente, espectro autista. Y siempre lo he visto con superpoderes. Se pone con algo y va hasta el fondo. Creo que hay que aprovechar las cualidades con las que naces.

¿Cuáles son las suyas?

Soy creativa, empática y profunda. Pero… no sé decir que no. Siempre estoy en medio.

¿Es más acuática que terrestre?

El agua me define: soy adaptable. En la piscina aprendes a restarle gravedad a las cosas y a superar tus límites. Con 14 años descubrí allí el poder de la mente.

Sus padres se separaron cuando tenía 12 años. ¿El agua le ha servido de refugio?

También. Pero no tras la separación, antes, cuando discutían. Con la separación llegó la paz. El deporte ayuda a la gente que no tiene una vida fácil. Te centra. Y el artístico aún más, porque aporta emoción.

¿Cómo llegó a la piscina?

Hacía patinaje y gimnasia artística. Hasta que llegó una señora rubia muy potente. Era Anna Tarrés. Visitaba las escuelas con un vídeo de los Juegos Olímpicos de Barcelona para enseñárselo a las niñas. Mi hermana y yo nos apuntamos.

Defiende que la verdadera prueba de carácter sucede cuando nadie mira.

Mucha gente en España se esfuerza delante del jefe. Y eso es lo contrario al rendimiento verdadero. Las cosas se tienen que hacer por uno mismo, no para contentar a nadie. Yo de nadadora hacía horas extra de flexibilidad y miraba a cámara lenta los vídeos de lo que hacía con Gemma Mengual. Era mi ídolo y repasaba cada movimiento para ser igual que ella. Eso me hizo mejorar. Las compañeras me preguntaban qué hacía para mejorar. Lo conté y nuestra entrenadora lo puso como obligación. Derivó en algo tóxico. Una cosa es el deseo de mejorar y otra la obligación para que no te riñan. Como seleccionadora lo dejé claro: quien quiera entrenar extra que lo haga en el anonimato.

La transparencia es el método Fuentes. También buscar el lado positivo. Pero las últimas medallas las ganó tomando antidepresivos. ¿Qué pasó?

Mi final fue una época borrosa. Despidieron a Anna Tarrés. Yo la respetaba mucho y a la vez no quería acabar mi carrera ya. Me quedaba un año. Me sentí en medio.

Acusaron a Tarrés de exceso de exigencia.

Exnadadoras y alguna del equipo. A mí no me afectaba negativamente. Creo que porque en mi casa la vida era bastante más dura. A mi padre se le iba la mano bastante…

Una persona con la mente tan abierta…

Pero muy víctima de sus emociones. Cuando se volvía loco era muy agresivo. Su parte buena me ha enseñado mucho. Pero he sufrido la mala. Con mi entrenadora yo entendía que había cosas que podían hacerse de otra manera, pero venía de algo peor. Si hubiese tenido más valentía, hubiese hablado. Pero no quería hacer daño a nadie y me fui.

Y terminó su carrera un año antes.

A ver, la muerte de mi padre no ayudó. Pero llegué a odiar entrenar. Pensé que era la mejor decisión. Con mi estado mental actual creo que me hubiera quedado. Es el único punto de mi vida que pienso…, lo podría haber hecho mejor.

Su padre murió de cáncer cuatro años antes que su hermana.

Tina tenía 34 años. Se esperó a cumplirlos.

¿Se puede conseguir algo disfrutándolo?

Yo disfruto el reto. Si eligiera cosas más fáciles no resultaría tan difícil conseguirlas. Por la noche me gusta pensar que me he ganado la cena. No fui educada para competir, pero sí para intentar la excelencia. Ahora, he visto a mucha gente autodestruirse: desde comerse las uñas —mi hermana se hacía heridas— o vomitar para estar más delgado hasta drogas o alcohol… Me fascinan esos recursos contra la ansiedad. También te calma meditar o pasear por la naturaleza. Claro que esto es más rápido, pero te destroza. Siempre he pensado que cuando desarrollas una adicción así te falta tomar distancia.

¿Le pasó cuando tomó antidepresivos?

Claro. No podía más. Eliminé el síntoma, pero no la causa.

¿Qué le hacía no poder más?

No me veía plena. No encontraba sentido a mi esfuerzo. No sentía que le mejoraba la vida a nadie. Por eso busqué dónde ayudar. No pretendo acabar con el hambre en el mundo, pero sí mejorar el pequeño mundo que me rodea: veo a muchos jóvenes que querría ­despertar.

¿Qué le hizo despertar a usted?

Quería ser útil. Como entrenadora se puede mejorar la vida a algunas personas más que como deportista.

Cuando se retiró viajó un año por Asia.

Me sirvió para cerrar un capítulo y para plantearme qué hacer con mi vida. Fui con Víctor. Hicieron un ERE, se quedó sin trabajo, no sabíamos qué haríamos con nuestra vida. No teníamos ni casa, ni trabajo ni seguridad social. Nos gastamos los ahorros viendo mundo y pensando. Hasta que eché de menos el trabajo en equipo. El deporte es una escuela para la vida.

Usted parece aprender de todo.

He visto en Birmania a niños en montañas de basura con caras más felices que las de los famosos en mansiones de Bel Air. Me decía: no son las circunstancias, es cómo miras el mundo. A mí me sale innato fijarme en lo positivo. En el equipo tuvimos una pequeña crisis porque algo que yo veía positivo —que Iris [Tió] y Dennis [González] salieran en prensa— otras lo veían como un problema.

¿Ego?

Ese es el problema, ¿no? Que no te ponen el like. ¿Hacemos deporte para eso o para otra cosa? Es normal sentir envidia. Y está bien expresar el descontento. Ahora, ¿qué hacemos con eso? ¿Tratamos de aprender de alguien o nos quejamos de nuestra mala suerte? Lo hablamos hace tres semanas. Ha habido un cambio brutal. Soy de mirar el dolor de cara: las cosas duras son duras. Esa frase la tenía Obama en su mesa de trabajo. Y es así: la mierda es mierda, tiene que doler. Ahora, ¿me ahogo ahí o la afronto a ver qué más hay?

¿Se puede exigir sin maltratar?

He encontrado la manera. Notaba que tras el éxito del Mundial de Singapur nos estábamos acomodando. Y decidí explicar cómo seleccionaría. Somos 16. Hay ocho plazas. Las cuatro mejores entran y otros ocho se juegan los puestos. Todas han mejorado esta semana. No he maltratado a nadie. En eso ando, en explicar la selección con transparencia.

Repite “querer es poder”. Alcaraz contra Djokovic, ¿no quieren ganar los dos?

Sí. Pero ha habido uno que lo ha querido un poco más. Se ha expuesto más. O ha tenido un entrenador más acertado. Si no hubiese tenido las entrenadoras que tuve [Anna Tarrés y Bet Fernández], no habría llegado donde llegué. Es cierto que no es solo querer. Pero querer es mucho. También propiciar que pasen las cosas.

¿Propició entrenar a EE UU?

No creo. Víctor y yo nos planteamos trabajar para el Circo del Sol. En Las Vegas hay un espectáculo de agua con gimnastas y nadadoras. Decidimos hacer el casting. La directora técnica de Estados Unidos lo supo y me ofreció el puesto.

Tenían dos hijos y no era entrenadora.

Dijo que confiaba en mí, que ya me sacaría el título. Así fue. Lo vendimos todo y nos fuimos los cinco. El perro también.

En su método Fuentes es esencial ser positivo. ¿Se puede siempre?

Claro que no. La tristeza o el enfado no hay que evitarlos. Hay que afrontarlos. Pero no es lo mismo dolor que sufrimiento. El sufrimiento desgarra. El dolor se nota en las piernas o genera tristeza, pero no desespera. El deportista aprende que un dolor físico es el camino para el siguiente paso. Y pone la mente en otra cosa.

“No he hecho sola nada importante en la vida”.

Valoro más a quienes trabajan por el equipo y fomentan su unión que a los individualistas brillantes. Mi reto es que entiendan que, aunque no compitan, son útiles al equipo.

¿Qué aprendió en Estados Unidos?

Fueron oro en natación artística en 1996. Luego las universidades se llevaron a las mejores. Contrataron entrenadoras europeas. Todas decían lo mismo: “I will make America great again”, antes que Trump. Ninguna duró más de un año. Prometí una medalla olímpica en seis años. Todo el mundo se rio. Decidí aprender de su cultura. En lugar de luchar contra la competencia de las universidades, arropé el sistema. Si todos trabajábamos juntos, conseguiríamos lo mejor. Logramos la plata. Creo que aporté algo muy español: un poco de autocrítica. Y humildad. América no es Estados Unidos, es un continente entero. Y allí no aprenden a valorar culturas diferentes a la suya.

Como seleccionadora española busca “inspirar a la sociedad”.

No pretendo cambiar el mundo, pero en la piscina tengo 17 adolescentes a los que, tal vez, pueda ayudar diciéndoles que la competición es un aprendizaje y un juego. No es la guerra, nadie te va a matar, jugamos a ver quién levanta más la pierna. Eso tiene un efecto. Mucha gente nos escribe agradecida, inspirada. No hay salud física sin salud mental. Necesito que mi esfuerzo sea útil.

¿Cómo crecer y cuidarse como líder?

Crecer, crezco. Lo de cuidarme…

Viene de terapia…

Eso sí. Bien visto.

¿Qué descuida?

No hago deporte. Dejé de tocar la batería. No leo una novela desde hace 20 años. ¡Todo el día leyendo sobre crecer y aprender! Si cojo tiempo, me siento culpable de no estar con los niños.

¿Su marido cómo lo hace?

Él me ayuda mucho. Pero sabe encontrar su tiempo. ¿Por qué las mujeres nos sentimos culpables si no dedicamos cualquier minuto libre a nuestros hijos?

Mi madre decía que hiciera lo que hiciera me equivocaría.

La mía era igual que yo. Pero mi padre repetía que el peor enemigo es la culpa. ¿Cómo la habré heredado con lo anticlerical que era él?

Es una entrenadora que escucha.

Lo necesito. Estudié Sociología porque me interesa cómo piensan y actúan los demás.

¿Y si tiene un rebelde en el equipo?

Aprendo de él. ¿Sabes lo que es tener al rebelde a tu favor?

¿No ha sentido nunca la tentación del grito?

La vieja escuela… Cuando me pongo nerviosa: gritas y lo hacen perfecto, al minuto. Pero quien grita no razona. Como madre me trago esos razonamientos. Lo dices 15 veces bien y no consigues nada. Das el grito y es inmediato. Soy mejor entrenadora que madre.

“Con miedo se va rápido; con amor, lejos”.

Parece fuerte decirlo, pero amo a mis deportistas. Los admiro a cada uno. Quiero que estén bien y si están mal lo sufro. Si esto no es amor…

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_