La epifanía del herrerillo o cómo el joyero Ricardo Domingo volvió a sus raíces
Cuando empezó a reformar la casa de su familia materna en Valjunquera (Teruel), descubrió la enorme cantidad de coincidencias que había entre su trabajo y el de su abuelo, el herrero del pueblo. Se instaló en Matarraña y reinventó su oficio

En los años treinta del siglo pasado, un hombre procedente de Herbés (Castellón) se instaló en un pueblo de la comarca de Matarraña, Valjunquera, y abrió una herrería. Cinco décadas después, su nieto, nacido y criado en Barcelona, empezaba a formarse en joyería en la Escola Massana sin que hubiera una conexión aparente. La distancia temporal y geográfica entre ambos es un dato importante, porque, aunque la madre de Ricardo Domingo (Barcelona, 57 años) mantuvo relación con el pueblo tras marcharse a la ciudad, nieto y abuelo no llegaron a pasar tanto tiempo juntos como para generar un vínculo que hubiera podido inocularle, consciente o inconscientemente, la predisposición a elegir una profesión relacionada con los metales, aunque fuera a otra escala y con una formación creativa.
Ricardo Domingo nunca lo ha sentido como un legado familiar. Ni siquiera ahora que acaba de convertir la antigua herrería de su abuelo en Valjunquera en su vivienda, estudio y taller, y en el proceso ha descubierto que muchas de las piezas y formas que trabajaba su abuelo, como las cadenas, las aldabas o los balcones del pueblo, están presentes en su trabajo desde sus años de aprendiz en la Escola Massana, donde terminó de rebote. Había tenido que repetir lo que en aquella época era el año de preparación para la universidad, COU. Así que, mientras se lo sacaba en el horario nocturno, sus padres le obligaron a estudiar otra cosa por las mañanas.
Como le gustaba el diseño gráfico, la Escola Massana le pareció un buen lugar para cumplir el expediente. “Hubiera preferido esta rama, pero los profesores me veían en joyería y me hicieron probar. Llevaban razón. Identificaron muy rápido que era bueno creando conceptos y argumentando. En esta escuela imperaba casi más tu discurso creativo que la parte técnica. Los profesores querían que desarrolláramos un lenguaje en el que la joyería significara para nosotros una forma de trabajar artísticamente; que no solamente fueran joyas por su valor, su precio y su ornamentación, sino que las utilizáramos como un vehículo para expresarnos artísticamente, en este caso, a través del metal. Yo no estudié joyería como prolongación de lo que hacía mi abuelo. Al menos, no de manera consciente”, asegura.
Durante mucho tiempo no ha creído haber estado influenciado, y seguramente no lo estuvo. Pero al reformar la antigua herrería de su abuelo para convertirla en su casa, estudio y taller, encontró multitud de piezas que le dejaron atónito, sobre todo las cadenas, que es una tipología que a lo largo de su trayectoria como joyero ha trabajado mucho. Asimismo, también fue descubriendo, a través de la memoria de los mayores del pueblo, aquellos balcones, aldabas, mirillas y otros elementos que había hecho su abuelo y que, de algún modo, también resonaban en su trabajo.
En Valjunquera se habla un catalán fronterizo, así que a la madre de Ricardo Domingo la llamaban la Ferrera, y a él le llaman el Ferreret, que respectivamente podrían traducirse como la herrera y el pequeño herrero o el herrerillo, si se permite la licencia de tomar prestado del ave un diminutivo. “En un pueblo eres alguien. Perteneces a alguna familia o a una saga, por lo que tienes un apodo. Volver al pueblo, no como aquel que compra una casa y se viene a vivir aquí sino porque eres el nieto del herrero y todo el mundo se acuerda de tu abuelo, es muy agradable”.
En homenaje a la epifanía de haber descubierto que inconscientemente había registrado unas memorias familiares, en 2023, durante la celebración de la bienal de artesanía Contemporania de Barcelona, realizó una instalación con largas cadenas colgadas dentro de un marco fucsia de grandes dimensiones, que, al final del evento, fue troceando y convirtiendo en collares que regaló a los asistentes. Esta capacidad para generar conceptos en cualquier ámbito, ya sea una pieza de joyería o un happening, es lo que debieron ver en él sus profesores de la Escola Massana.
Para muestra, uno de los primeros trabajos que hizo como estudiante giraba en torno al vértigo, concepto que abordó como un vehículo de sanación, creando pendientes, colgantes y pasadores de moño con formas de balcones, desde donde él se imaginaba que, al asomarse, se curaría su miedo a las alturas. Sabiendo el concepto que tienen detrás, al mirar aquellas piezas, que guarda en un cajón con una pátina ya envejecida, su surrealismo embarga.
En sus comienzos como joyero de autor en la Barcelona de los años noventa, Ricardo Domingo continuaría desarrollando colecciones en las que a menudo se servía de elementos existentes, sobre todo de la cultura pop, como sombreros de bufones, logos o iconos. Una de sus colecciones más célebres fue Al Dente, creada a partir de diferentes formatos de pastas, desde farfalle a ravioli, penne rigate o galets (las caracolas de la escudella catalana). Esta colección fue incluida por la desaparecida tienda Vinçon de Barcelona en uno de sus famosos y creativos escaparates, preguntándose, con ironía, si volvería la pasta ante la crisis que vivía la ciudad tras los Juegos Olímpicos de 1992. Si en aquella época Vinçon ponía los ojos en ti, con su criterio y olfato excepcional para el diseño, significaba que algo estabas haciendo bien.
Sin embargo, un desacierto con una colección que no funcionó marcaría un antes y un después en su trayectoria. “No seguí mi propio ADN ni mi personalidad. Aquel diseño no se entendió y me arruiné. Fue una gran lección”. A partir de aquí, comenzó a crear para otros, como los licenciatarios de las líneas de joyería de Ágatha Ruiz de la Prada, Adolfo Domínguez, Victorio & Lucchino o Pertegaz.
Mientras vamos de camino a Valjunquera, Ágatha le llama por teléfono. Aunque han pasado muchos años, siguen en contacto. “Ella supervisaba todo, pero, cuando vio que lo había pillado, me dejó ir solo. Aparte, me llamaba también para los desfiles. Me enviaba los vestidos y yo le hacía las joyas”, recuerda. “Este tipo de trabajo consistía en trasladar el ADN del diseñador y de la marca a plata, oro o bisutería. Hay que entender muy bien la personalidad del creador para que las piezas queden a la altura de la ropa. Me lo pasaba bomba”.
Más tarde, empezó a trabajar también como asesor de instituciones y empresas en países en vías de desarrollo. Después llegó Tane, una importante firma mexicana de joyería de lujo en la que trabajó cinco años como director creativo, contando con un equipo de hasta 300 artesanos. Y, a continuación, otra gran firma mexicana: Nice. Con el tiempo se fue alejando de la joyería de autor. Creaba mucho, pero no para él.
Durante la bienal Contemporania de 2023, estaba ya por instalarse en Valjunquera. Su happening fue un “¡que vuelvo!” al más puro ADN Ricardo Domingo. Durante los años que llevaba viviendo en México, había ido reformando la antigua fragua y la casa de su abuelo, pero sin la intención de volver a España. Fue la pandemia y la recuperación de un cáncer lo que le trajeron de vuelta. Cuando empezaron los confinamientos, pidió a su empresa trabajar desde España para poder estar cerca de la familia en un momento tan complicado. Estando aquí le detectaron un cáncer. En lugar de quedarse en Barcelona, pasó todo el proceso en la casa de Valjunquera. “Solo iba a Barcelona para recibir el tratamiento. El pueblo me salvó. Aquí estaba tranquilo. Vi muchos amaneceres y atardeceres. Comía superbién porque ya habíamos hecho el huerto (en esta casa vive con su marido). Salía a la calle sin mascarilla porque no te encontrabas con nadie”. De hecho, un día cualquiera, en horario de plena actividad, apenas te cruzas con personas.
“Y me curé. Me curé muy rápido. La gente del pueblo se portó muy bien. Sabían que me pasaba algo, así que me traían comida: naranjas, melocotones, acelgas, pastitas… Su forma de decir ‘hola, ¿qué tal estás?’ era llamando a la puerta y trayendo comida. Eso fue muy chulo. Mi madre había dejado el techo de la casa arreglado antes de fallecer, pensando que así resistiría lo máximo posible. Un día me dijo: ‘Cuida la casa del pueblo, que la casa del pueblo te va a cuidar a ti siempre’. Después pasó lo que pasó. Me acuerdo mucho de aquellas palabras”.
Una vez superó el cáncer, llegó el momento de volver a México. “Nos fuimos añorando esta casa. Al regresar allí, me di cuenta de que algo había cambiado dentro de mí. Nos quedamos solo un par de años más. Cuando vuelves a un sitio y empiezas a notar todo lo que no te gusta, es mejor que te vayas para no terminar odiándolo. Adoro México: su cultura, su artesanía… La vida allí era superexcitante. Pero me empecé a fijar en la contaminación, en lo que tardaba en llegar al trabajo, la violencia… Y no quería llegar a odiar México”.
Y se volvió a España, pero no a Barcelona sino a Matarraña. A esta comarca turolense apodada como la Toscana aragonesa, a pesar de que no necesita tal validación ni comparación porque tiene su identidad propia. De hecho, si se llega desde Zaragoza, a partir de Alcañiz todo cambia. El paisaje pasa de árido a vergel en pocos kilómetros. Valjunquera es el primer pueblo de Matarraña desde esta ruta. Pocos lugares puede haber más inspiradores si lo que se pretende es huir del ruido, literal y metafóricamente, para poder oír tu voz.
“Diseñar para una marca puede ser muy divertido, pero me olvidé de mí. Y ya es hora de que Ricardo Domingo vuelva a pensar en él, ¿no? Ahora estoy iniciando dos caminos. Por un lado, estoy trabajando en mi propia marca y en sus colecciones. Y, por otro, voy a hacer joyería de autor inspirada en Matarraña: más creativa y con un discurso más íntimo. Cuanto más local eres, más internacional te vuelves, porque nadie puede ser como tú. Ya he dado mucho por los demás. Ahora me toca a mí decir algo”.
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