Solo para miembros: ¿por qué hay gente que quiere ser socia de un club privado?
El ‘boom’ de este tipo de establecimientos en ciudades de medio mundo habla de la disposición de algunos a pagar por segregarse y, en definitiva, sentirse singulares y un poco superiores al resto.


En enero de 2026 todo el que cree ser alguien en Madrid está en una lista de espera para ser admitido en un club privado. El proceso de ser examinado para superar (o no) una criba más o menos clasista ha ganado atractivo en una ciudad que se ha llenado de expatriados y exiliados de alta gama a quienes les sobra el dinero pero les faltan contactos locales.
Este mes abre el Club Metrópolis en el restaurado edificio del mismo nombre en la Gran Vía madrileña. Se trata de un club privado internacional gestionado por el Grupo Paraguas que, según asegura en una nota, ha agotado el cupo de solicitudes y ya tiene, antes de abrir, “lista de espera”.
A finales de año, Vega Members Club, el proyecto de Íñigo Onieva y el grupo Casablanca Hospitality, también anunciaba su apertura en Lagasca, 88 en un local de 1.000 metros cuadrados decorado por Lázaro Rosa Violán. En la calle de Serrano, The Library, también del Grupo Paraguas, acoge un club privado para amantes del vino, y cerca de la calle de Almagro funciona Forbes House desde 2024. Además, están el Club Financiero, el Matador, el Monteverdi, el Argo y los de toda la vida, como la Real Gran Peña (desde 1869) o el Real Club Puerta de Hierro (1895), que desde 1987 no admite nuevos socios.

La vanidad de ser reconocido por una tribu exclusiva y obtener el salvoconducto a una experiencia cerrada a cal y canto a los otros ha sido bautizada por The New York Times como members-only mania (la fusión de la advertencia members-only, solo para miembros, y manía) y parece haber seducido a una pequeña parte de los residentes de Madrid, una ciudad abierta que ha presumido siempre de improvisar la vida social en el bar de la esquina. “Hoy todos formamos parte de un club, aunque sea el del gimnasio”, opina David Moralejo, director de la revista Condé Nast Traveler. “Creo que es una de las derivas de eso que algunos llaman la miamización y otros la londonización de Madrid, definida por el crecimiento de expatriados o exiliados de perfiles socioeconómicos muy altos que quieren lugares exclusivos para socializar. Tanta gente nueva enfría una ciudad que todavía es cálida”, añade Moralejo. La alta movilidad geográfica de las clases altas explica el auge de estas sociedades cerradas para gente que carece de una red social en la ciudad donde ha decidido vivir o trabajar.
Londres es, en palabras del historiador Seth Alexander Thévoz, la ciudad de los clubes, “clubtown” la llama en su libro London, Clubland: A Companion for the Curious (2025). Ninguna urbe ha tenido tal concentración de sociedades cerradas. “Esto a finales del siglo XX acabó generando un problema de imagen, con demasiados sitios rancios con los sillones descoloridos y viejos”, escribe Thévoz. Pero incluso en Londres estos espacios empezaron a cambiar tras la pandemia. En su libro, el autor enumera 133 clubes, de ellos clasifica 55 como “tradicionales” y 78 como “posteriores a 1985”. Según su investigación, “la mayoría de los nuevos son posteriores a 2015, o incluso a 2022. Una docena está creándose justo ahora mismo”.
A Nueva York también ha llegado esta manía. Una encuesta de GGA Partners citada por The New York Times asegura que el 60% de los clubes reportó un incremento de sus miembros a partir de 2022. Cuenta el diario que el teletrabajo ha creado un monstruo: el ejecutivo bien pagado hambriento de vida social. “Los clubes han brotado gracias a dos circunstancias pospandemia: por un lado, la pérdida de los terceros espacios, lugares que no son ni la casa ni el trabajo y que eran muy útiles para fomentar el sentido de comunidad, y por otro, la abundancia de edificios vacíos”.
También en Madrid los clubes han ocupado espacios yermos necesitados de una reforma, terrazas y azoteas olvidadas que empezaron a brotar exultantes después del confinamiento.
Hace unos años, a Andrés Rodríguez, editor de Forbes en España, se le ocurrió crear la experiencia física de una de las revistas más influyentes del mundo. El resultado fue Forbes House, que abrió en 2024 como un club privado para “gente interesante”. “Tenemos que filtrar las solicitudes y, aunque somos los más caros de España, el corte no puede ser únicamente económico, no queremos evolucionar al clasismo, sino agitar a la gente, juntar por ejemplo a un fotógrafo de moda con el gestor de un fondo de inversión, dos mundos que raramente se comunicarían”, expone Rodríguez en conversación con El País Semanal. Ha preferido llamarlo casa en lugar de club porque, dice, “un club no es siempre un hogar y queremos potenciar el componente familiar”.
Rodríguez sostiene que si se recluta a los socios correctos, se crea una red que funciona como una tela de araña. “Si están ilusionados, van presumiendo con amigos y familiares y se produce un efecto de capilaridad. Hay socios activos y otros más pasivos. Nuestro trabajo es continuar la evangelización”, explica. Su argumento estrella es: “Si no perteneces a Forbes House, estás perdiendo dinero”.

Al parecer estaríamos dispuestos a segregarnos siempre que la separación nos haga sentir distinguidos, diferentes y mejores. Como define Rodríguez, “un club es una manera de explicar quién eres y también quién no quieres ser”. Por eso ningún club renuncia al derecho de admisión y a las prácticas excluyentes. “Ellos marcan la distancia. Te dicen de un modo más o menos evidente: tú sí o tú no. Ahora hay tantos que después de verlos todos puedes decidir dónde encajarías mejor”, razona Moralejo.
Sin embargo, para mantener su mística un club debe ser percibido como un bien escaso. Una circunstancia que obligó a Soho House, establecimiento con 180.000 miembros en todo el mundo, a replantearse su agresiva estrategia de aperturas después de la pandemia para volver al misterio. “Una de las razones del comportamiento esnob de los miembros de clubes privados en Inglaterra y en Estados Unidos es el limitado número de clubes que existen y la cantidad aún más limitada de plazas disponibles. Gracias al clima de escasez, los miembros ven su club como un bien escaso, al alcance de unos pocos, entre los que ellos están incluidos”, explica la socióloga Diana Kendall en su libro Members Only: Elite Clubs and the Process of Exclusion (2008).
Una de las funciones clásicas de los clubes privados ha sido reproducir los usos y costumbres de las élites y a las propias élites, evitando que se mezclen demasiado con otros estamentos sociales. En su libro, Kendall sostiene que, a pesar de la popularidad de la frase de Groucho Marx “nunca pertenecería a un club que aceptara como miembro a alguien como yo”, muchos estaríamos contentos de ser aceptados en un grupo exclusivo y, probablemente, nos sentiríamos alienados ante una negativa.
Kendall cita al analista social Joseph Epstein, un experto en prácticas esnobistas. “Los sentimientos de autoimportancia individual y las muestras de comportamiento esnob son una parte inevitable de la dinámica de un club: estos espacios sirven tanto para mantener a la gente alejada como para unirla (…) Uno se une a un club por camaradería, pero una de sus ventajas es el placer de saber o esperar que no todos puedan unirse”.
Para mantener la promesa de privacidad, estos espacios emplean señales informativas, como el cartel “Solo para miembros”, y puestas en escena disuasorias, como puede ser una arquitectura imponente, interiorismos intimidatorios o porteros regios y elegantes. Muchos prohíben las fotos, el uso de móviles y la entrada a periodistas. Para este reportaje intentamos recopilar imágenes de algunos clubes y solo pudimos conseguir fotos exteriores o simulaciones en 3D de sus salones. Lo que queda a buen resguardo, según Kendall, es “un capital social que el dinero no puede comprar”: las redes que se tejen en un ambiente de confianza y de las que se espera generosidad y, llegado el momento, reciprocidad.
Y aunque haya clubes que renieguen de su nombre y se hagan llamar casas, y aunque ahora los pactos de caballeros se sellen en la sauna infrarroja o a la salida de la cámara hiperbárica, aún se espera que el club sea un refugio de la vulgaridad del mundo, un remanso para elegidos donde, citando a Kendall, la gente estará más a gusto con un salero de plata atascado que con uno de plástico que funcione perfectamente.
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