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Pasado y presente de los clubes privados: elitismo entre notas de jazz

Lejos de guetos decimonónicos, los centros actuales ofrecen espacios para el intercambio de ideas profesionales y negocios fuera del alcance de la mayoría

Los clubes privados, esos espacios que mezclan el “crear contactos” de siempre, con una identidad propia, —por ejemplo, centros sólo para mujeres— están en auge. Son una radiografía, de una parte, de la actual sociedad española. A la búsqueda de una “exclusividad” distinta, en la que el dinero pese menos que las habilidades profesionales, ahora intentan incluir a nómadas digitales o expatriados.

El manifiesto de Vega, un club apadrinado por el futbolista Cristiano Ronaldo (a través de Mabel Hospitality) y el empresario Íñigo Onieva en Madrid, empieza así: “Somos quienes tenemos algo que decir”. Ofrecen, dicen, privacidad, “pero también autenticidad, tranquilidad y comunidad”. Entrar depende de la invitación de uno de sus miembros fundadores, que aportaron 15.000 euros cada uno. La cuota anual es de 2.400 euros (1.500 para los menores de 35 años).

Los nuevos espacios, a los que se sumará este mes el Club Metrópolis en el emblemático edificio de 1910 de ese nombre en la madrileña Gran Vía de la mano del Grupo Paraguas, toman el relevo de clásicos que también se reinventan gracias a ingresos de cifras millonarias y su halo de exclusividad y discreción.

Alberto Anaut (1955-2023) era la revista Matador. La revista era Alberto Anaut. En su casa redactó y editó el primer número de la publicación. Una al año. Textos de calidad, grandes firmas y una edición cuidada. Por lo que cuando en 2013 decidió crear El Club Matador a pocos les extrañó. Fueron cien socios fundadores, que abonaron 10.000 euros para un espacio que ahora combina actividades culturales con gastronomía y foros (el último programado, sobre inteligencia artificial). El edificio que alberga la sede, hoy, se distribuye en dos plantas, porque fue ampliado, de los 800 metros cuadrados iniciales hasta los 1.600, gracias al aporte de un centenar de nuevos socios, que desembolsaron 25.000 euros. Casi nadie vendió sus participaciones.

En la calle Jorge Juan, en uno de esos bellos —y escasos— patios interiores, creados por el Marqués de Salamanca (1811-1883), aterrizó Matador. “Unos 2.500 socios, cerca de seis millones de euros de facturación y cultura”. Esta es la ecuación. Comenta una persona próxima a la sede. Tras la ampliación en 2021, una membresía anual de 1.720 euros y de 680 para menores de 35 años. No existe un código de vestimenta. Pero sí “bola negra”, personas que son rechazadas. Prohibido móviles. Matador es una sociedad sin ánimo de lucro, de crecimiento orgánico, con restaurante y música en vivo. Resulta sencillo escuchar notas de jazz traspasar los cristales hacia la gran ciudad. Ni es el último ni el primero en este auge de clubes privados en Barcelona y Madrid que hay quien considera que se acerca a la saturación.

En la capital catalana, al final del Eixample se sitúa The Cover, propiedad de la firma de los Países Bajos Sircle Collection. Es una comunidad, acorde con Margo Ford, responsable de membresía, creada en 2021 sobre los vértices de la cultura, los negocios y el bienestar. No aporta cifras de socios ni ingresos. Sólo que anda al 75% de su capacidad. Un 30% son miembros locales, el resto de fuera. Presentes en Barcelona y Viena; el año próximo —revela— llegarán a Londres. “Nuestro propósito es generar conexiones humanas (human touch, expresará en inglés). Hay muchos emprendedores, expatriados, personas que producen conocimientos diferentes”, describe. La sede —se entra por un proceso de admisión— reside en el hotel Sir Víctor. Charlas de emprendimiento, spa, talleres de escritura creativa. La cuota estándar es de 550 euros y para los nómadas digitales, unos 700 euros por trimestre.

Sólo para mujeres

La Farinera de Aribau —en Aribau y Diagonal— es un inmueble histórico de 1915 con más de 1.400 metros cuadrados distribuidos en dos espacios: La farinera y La nave. Es también el hogar, desde 2022, de Juno House, un club exclusivo para mujeres. Son unas 600 socias y 60 empresas patrocinadoras. “Las mujeres juno son mujeres inteligentes, de mente abierta y de todas las profesiones y condiciones sociales”, dicen en su web. Los ingresos, sobre 1.500.000 euros. La membresía anual ronda los 1.800 euros. Pasado el Excel de las cifras. Guardería, yoga, pilates, formación, salas de conferencias. “Era un espacio necesario y es un lugar dónde fluyen las ideas”, sintetiza su responsable, Beatriz de Vicente. Y recuerda un informe —Wo­men in Business 2025— de la consultora Grant Thornton. Sólo el 19% de las mujeres son consejeras delegadas. “Aquí se comparten experiencias; es un camino de transformación”, subraya. Y cierra: “El talento es nuestro propósito”.

En este trayecto impulsado por la modernidad, también queda lugar para esos clubes de caballeros de esencia decimonónica. Obligatorio —al igual que en el Casino de Madrid, 1836— el traje y la corbata. El Nuevo Club (1856), ocupa un pequeño palacete, entre las calles Cedaceros y Alcalá, de alma monárquica. “Sin duda es el más exclusivo de Madrid”, valora un miembro, que pide el anonimato. Abre sólo de lunes a viernes. Comidas y cenas. El número máximo son 500 miembros. Hay lista de espera. El fallecimiento es la manera habitual de acceso. Unos 1.500 euros al mes por ser miembro. “Es el clásico club de amigos, al que se viene, sobre todo, a comer; que es su fuerte”. Sobre ingresos no se habla en la mesa. Ni fuera. Es jueves, toca cocido. Nadie da un número.

El nuevo papel de Forbes House Madrid

El nombre cuenta mucho. Forbes House Madrid. Llevan abiertos unos 12 meses. En Almagro (Chamberí). Es el primer espacio de esta naturaleza, apunta su director, Andrés Rodríguez, que abre la cabecera editorial estadounidense. Unos 2.000 metros cuadrados repartidos en siete plantas. Espacios de restauración, salas de diversos usos. “Un lugar de negocios”. El apellido Forbes marca la pauta. El propósito es crear una comunidad internacional. Españoles, latinoamericanos, estadounidenses. No revela ni los ingresos ni el número de socios. “Pero somos, por decirlo así, un club de nueva generación en el sentido de que tenemos miembros que pertenecen, por ejemplo, a dos diferentes. Algo muy habitual en Europa. Por lo que no existe riesgo de que la oferta no cumpla las expectativas de la demanda”, indica. Él mismo es socio de El Club Matador. No existe un código de vestimenta. “Estamos en 2025”. Pero sí esa bola negra. Hay actividades, por ejemplo, pensadas para directores de marketing. Negocios. Lujo. Proyectos. Tener y no tener.


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Sobre la firma

Miguel Ángel García Vega
Lleva unos 25 años escribiendo en EL PAÍS, actualmente para Cultura, Negocios, El País Semanal, Retina, Suplementos Especiales e Ideas. Sus textos han sido republicados por La Nación (Argentina), La Tercera (Chile) o Le Monde (Francia). Ha recibido, entre otros, los premios AECOC, Accenture, Antonio Moreno Espejo (CNMV) y Ciudad de Badajoz.
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