Un parche genético frena el devastador síndrome de Dravet, con ataques epilépticos que se pueden desencadenar al ver patrones geométricos
El primer tratamiento de regulación genética para la epilepsia logra resultados prometedores en un primer ensayo con 81 pacientes


Una revolucionaria tirita genética ha logrado frenar las crisis convulsivas de niños y adolescentes con síndrome de Dravet, una forma infrecuente de epilepsia intratable, cuyos ataques pueden desencadenarse por infecciones, el calor ambiental o incluso estímulos visuales, como contemplar patrones geométricos: rayas, cuadros o rombos. El neurólogo español Antonio Gil-Nagel cuenta que uno de sus pacientes, un niño de cuatro años con 20 crisis epilépticas al mes, fue uno de los primeros en probar este tratamiento experimental, desarrollado por la bióloga uruguaya Isabel Aznárez y sus colegas de la empresa estadounidense Stoke Therapeutics. “La mejoría fue inmediata, desde la primera inyección. Si las cosas son como parecen, es impresionante”, opina Gil-Nagel, del Hospital Ruber Internacional, en Madrid.
El niño, tratado en 2023, pasó de los 20 ataques al mes a apenas una crisis cada año, recuerda el neurólogo. El paciente de Gil-Nagel recibió la terapia en el hospital infantil Great Ormond Street de Londres, que se financia parcialmente con los derechos de autor del personaje Peter Pan desde 1929, cuando el novelista escocés James Matthew Barrie los donó a la institución. Los prometedores resultados de aquel primer ensayo clínico, realizado en Estados Unidos y Reino Unido, se han publicado este miércoles en la revista especializada The New England Journal of Medicine. “Es el primer tratamiento de regulación genética para la epilepsia”, celebra Gil-Nagel.
Uno de cada 16.000 recién nacidos tiene síndrome de Dravet. En la mayoría de los casos, el origen es una mutación del gen SCN1A, que altera el comportamiento de las neuronas y provoca los constantes ataques epilépticos. La mortalidad alcanza el 15%. El tratamiento experimental, inyectable en el líquido cefalorraquídeo mediante una punción lumbar, se denomina zorevunersen y es un parche genético que reduce los efectos de la mutación.
En el ensayo clínico han participado 81 niños y adolescentes de entre 2 y 18 años. El experimento estaba diseñado para comprobar la seguridad del tratamiento, pero los científicos también han observado que las crisis epilépticas se redujeron un 85% en tres meses en los pacientes que recibieron dosis altas. Los beneficios se mantuvieron durante 20 meses de seguimiento, con reducciones de entre el 60% y el 90%. Además, al combatir el origen del problema, la terapia experimental también logra beneficios en otros aspectos del síndrome, como los graves retrasos cognitivos y motores.
Los investigadores del Hospital Infantil Lurie de Chicago (EE UU), encabezados por la neuróloga Linda Laux, han compartido el caso de Owen, un paciente de 12 años con convulsiones descontroladas, discapacidad intelectual y dificultades para caminar. La propia madre del niño, llamada Austin, ha detallado en un comunicado que, tras recibir el tratamiento experimental, su hijo habla con mayor facilidad. “Ahora puede hacer amigos. Su calidad de vida ha aumentado de manera sustancial”, ha celebrado la madre.
Los efectos adversos registrados son leves o moderados. El más inquietante es un aumento de los niveles de proteínas en el líquido cefalorraquídeo en casi la mitad de los casos, pero sin detectarse una mayor presión intracraneal ni hidrocefalia. La empresa Stoke Therapeutics, con más de 200 millones de euros al comienzo de 2025, va a financiar un nuevo ensayo clínico, en el que participarán al menos dos centros privados en España: el Hospital Ruber Internacional y la Clínica Universidad de Navarra. La multinacional estadounidense Biogen ha pagado más de 140 millones de euros para obtener los derechos de comercialización del zorevunersen fuera de Estados Unidos, México y Canadá, aunque todavía hacen falta más ensayos para demostrar que el tratamiento es eficaz y seguro.
Cambio de paradigma
La pediatra Rocío Sánchez-Carpintero dirigirá los ensayos en la Clínica Universidad de Navarra. La investigadora subraya que, hasta ahora, solo había tratamientos para aliviar los síntomas. “Esto es un cambio de paradigma. Pasamos de tratar una de las manifestaciones, las crisis epilépticas, a tratar la enfermedad. Es como si usas un antibiótico para matar la bacteria que te produce la neumonía y, entonces, ya no tienes tos. Hasta ahora estábamos tratando solo la tos. La epilepsia es una manifestación del síndrome de Dravet, no es su causa”, expone Sánchez-Carpintero. “Es un hito histórico”, aplaude.
“La calidad de vida de los pacientes hoy en día es horrible. Horrible. Tienen crisis epilépticas que no se controlan con ningún fármaco, una discapacidad intelectual que se hace cada vez más evidente, problemas para caminar cuando son adolescentes, algunos síntomas parecidos al autismo... Las familias viven prácticamente para poderles cuidar”, explica la pediatra. “Como tienen una probabilidad de muerte súbita asociada a la epilepsia, muchos padres se turnan por las noches para, si hay una crisis, intentar espabilar a su hijo y que no fallezca. Es muy difícil vivir así”, relata Sánchez-Carpintero.
Este tipo de tiritas genéticas se denominan oligonucleótidos antisentido. El primer tratamiento similar, autorizado en 2016, fue el nusinersen, indicado para la atrofia muscular espinal. Apareció con un precio de 750.000 dólares el primer año y 375.000 en los años sucesivos, por cada paciente. Los resultados del próximo ensayo clínico, previstos para finales de 2028, dirán si el zorevunersen es realmente un tratamiento potencial para el devastador síndrome de Dravet. “El panorama es muy esperanzador. Yo tengo mucha ilusión”, opina la pediatra.
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