Joyería para audífonos, un vibrador sin manos, un balón con sonido: una exposición dedicada al diseño universal
La muestra ‘Design and Disability’ en el londinense Victoria & Albert recoge dos centenares de objetos como respuesta a una deuda política, arquitectónica y social largamente postergada


En la Unión Europea, el 25% de la población tiene algún tipo de discapacidad auditiva, visual, motriz, de movilidad, tartamudez, autismo o síndrome de Down, entre muchas otras, según Eurostat. La accesibilidad suele reducirse a un conjunto limitado de soluciones —ascensores, rampas, barras de baño y señales auditivas en los semáforos— insuficientes para cubrir la diversidad de las necesidades. Pero si la discapacidad para quienes la padecen puede ser dolorosa y un motivo de exclusión, también puede funcionar como una máquina de producir talento e ideas. Fue el caso del violinista Carl Unthan, quien usó su defecto físico como una “escuela de la voluntad”, según el filósofo Peter Sloterdijk, porque nació sin brazos pero aprendió a tocar piezas de Franz Liszt al violín con los pies. Como un portal hacia otra realidad posible, la actual exposición Design and Disability en el Museo Victoria & Albert de Londres despliega un universo de casi dos centenares de prototipos, inventos y respuestas a las barreras de acceso para las personas con discapacidades. Se puede visitar hasta el 15 de febrero y, luego, a partir del 5 de junio en el V&A Dundee, en Escocia.

El recorrido reúne un vibrador para utilizar sin manos, accesorios de joyería para embellecer audífonos, un balón de fútbol con sonidos para personas ciegas y con visión reducida, controles de Xbox con comandos grandes o maquillajes y cubiertos para usar con destreza limitada o temblores. Esta exposición hace estallar la noción de funcionalidad en el diseño clásico y, contra el gesto asistencial y la condescendencia, responde a una demorada deuda política, arquitectónica y social.

Sin considerarse diseñadores, los autores de las obras hackearon, adaptaron y reversionaron objetos de la vida cotidiana que no les resultaban eficientes ni suficientes. La exposición fue comisariada en clave celebratoria, pero también como un llamamiento a la acción. Para producirla, el museo reunió a una decena de asesores con neurodivergencias, con quienes mantuvo reuniones periódicas a lo largo de cuatro años. La comisaria, Natalie Kane (Londres, 38 años), cuenta sobre la estética de la exposición, uno de los temas a debatir: “Querían que les hiciera sentir bienvenidos, pero también que fuese sofisticada y no infantil. Que el diseño se tomara en serio”. Eligieron tonos suaves, que no provocaran demasiados estímulos y así ser amigables con las personas neurodivergentes; y se combinaron siguiendo las paletas recogidas en A Dictionary of Color Combinations, del diseñador japonés Wada Sanzo, la máxima autoridad de la colorimetría.

Uno de los prototipos más conocidos que se exhiben es la línea de utensilios de cocina Good Grips (buenos agarres) lanzada por Oxo en 1990. Betsey Farber, anterior directora de diseño de la marca, tenía dificultades para maniobrar objetos pequeños por su artritis. Después de años de investigación y consulta con personas con problemas en las articulaciones, lanzaron esta colección, que se volvió un ejemplo de diseño universal en el mercado de masas. Este concepto, acuñado por un grupo de diseñadores y arquitectos, determina una serie de principios que hacen que un objeto sea para todos: algunos son flexibilidad en su uso y simplicidad, y que no exija esfuerzo físico. Luego, para que además de utilizable sea bueno, deben considerarse otros factores como la estética, los costos o el género.

Además de los proyectos de las grandes marcas aparecen juegos adaptados, prótesis de colores que reniegan de la paleta habitual, bastones con diamantes incrustados y arcoíris de la bandera LGBTIQ+ o un panel para que las personas ciegas puedan votar en privado. Se incluye el trabajo de Adaptive Hacks, una cuenta de Instagram que funciona como una red de preguntas y soluciones a problemas prácticos de la vida cotidiana, muchas veces tan eficaces como las costosas prótesis robóticas que apuntan a una sustitución.

La obra Proxy Protest propone un artefacto que, con una técnica muy simple, permite participar en una manifestación de manera remota. Arjun Harrison-Mann (Londres, 32 años), uno de los creadores junto con Benjamin Redgrove y Kaiya Waerea, ha estado en contacto con la discapacidad toda su vida, ya que, además de padecer dispraxia, ha tenido a cargo a su madre sorda y en silla de ruedas. Como muchos de los diseñadores de esta exposición, su práctica la enmarca en aquello que se conoce como el modelo social de la discapacidad. Así lo explica: “Las personas no son discapacitadas por su discapacidad, su estado de salud o las diferencias físicas que presentan con otras personas, sino que las sociedades son discapacitantes debido a la forma en que construyen y mantienen barreras que refuerzan los prejuicios, la falta de ajustes de acceso y la exclusión social de las personas discapacitadas”.

Esta idea, nacida en la década de 1960, coloca en tela de juicio la arquitectura, la educación, el diseño de objetos y las políticas no inclusivas. No solo porque la accesibilidad es un derecho humano, sino también porque puede aparecer en cualquier momento de la vida. La artista Emily Sara (Boston, 40 años) cuenta que la discapacidad se percibe como algo homogéneo y estático. “Las personas no discapacitadas creen que es un asunto que no se aplica a ellos, pero esto no es así. Nacemos con discapacidad y, si tenemos la suerte de envejecer, volvemos a ella. Crear un mundo que apoye a las personas con discapacidad debería ser una preocupación de todos”.

La artista es autora de la obra 504 Font, una tipografía que señala cómo la historia de estas experiencias quedó fuera de los programas educativos. Su nombre remite a las protestas que reclamaron igualdad de derechos para los discapacitados en Estados Unidos en 1977. Sara nació con un problema genético por el cual debe utilizar silla de ruedas y desde los 11 años se somete periódicamente a cirugías. “Es un trabajo a tiempo completo. Por las visitas médicas, las operaciones, recoger medicación, tener menos capacidades que los no discapacitados… Pero, más importante, porque la sociedad no está construida para quienes tienen una discapacidad”.

“Basta de lástima” y “nada para nosotros sin nosotros” se convirtieron en algunas de las consignas de las luchas por la igualdad de derechos a lo largo de la historia. Aludían a que las personas con discapacidades no necesitan la compasión de los demás, sino que se emprendan acciones que los favorezcan y de las que ellos puedan participar. Estas dos frases se recogen en una camiseta y una bandera al comienzo de la exposición, junto con fotografías, libros, revistas y paneles con frases de colores.

Hacia el final de la muestra, varios proyectos imaginan espacios que podría desear alguien con discapacidad. Uno es Bloc Party, un conjunto de planos y una maqueta de una comunidad en Berkeley (California) que replantea la circulación urbana. Los autores crean caminos que se abren hacia el centro de la manzana, acortando los trayectos ordinarios, marcados por el perímetro. David Gissen (Nueva York, 56 años), uno de los integrantes del proyecto y arquitecto, explica la intención: “Desde el punto de vista espacial, los diseñadores suelen considerar el acceso como una cuestión técnica, que se resuelve mediante rampas y ascensores en edificios individuales. Comenzamos pensando en formas en que las personas podían compartir la propiedad para permitir mejores formas de acceso”. Gissen, que utiliza piernas protésicas, tuvo cáncer cuando era adolescente y alrededor de los 20 años fue amputado.

Este proyecto critica la idea de accesibilidad, que implica, para los autores, acomodarse a las estructuras existentes de una ciudad. “El problema que presenta una ciudad para alguien con discapacidad es total. Debemos desarrollar actitudes críticas en lugar de solo enfocarnos en cómo acceder al trabajo y a la infraestructura urbana”, reflexiona Gissen. Sobre la posibilidad de ejecución de Bloc Party, apunta: “Todas nuestras propuestas son posibles porque existen o existieron en un microcosmos”.

El museo aún no tiene los números finales de visitantes, pero sostiene haber recibido sin dudas a más personas con discapacidades que en otras exposiciones. Facilitar el acceso fue crucial: ingresos al museo sin escalones, bancos por doquier, texturas para diferenciar cada sala mediante el tacto, paneles azules reflectores para la comunidad sorda, guías en braille, descripciones en audio e indicaciones precisas en su página web para planear la visita.
“Hay mucha oportunidad creativa en cómo piensan ellos. La accesibilidad no se debería convertir en una obligación rutinaria”, reflexiona Kane, la comisaria, quien debe usar un bastón para caminar. Tiene que ser vista, cree, como una ganancia. La ganancia de la discapacidad.
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