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LA IMAGEN
Columna
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Desproporción obscena

Se sienta uno frente al telediario como el que abre la nevera sin hambre, a ver qué pilla. Hubo un tiempo en el que las noticias trágicas guardaban alguna relación con nosotros, no sé, nos concernían de algún modo. Ahora parecen trastos viejos, objetos heredados de un familiar lejano: sabemos que significaron algo, pero ignoramos dónde colocarlos para que no estorben. La desproporción es obscena. La vida personal se ha vuelto minúscula y exigente; la realidad pública, gigantesca, global e inabarcable. No hay bisagra entre ambas, no hay articulación ni gozne ni juntura posible, quizá porque usamos para comunicar los sucesos terroríficos las mismas fórmulas que para emitir los programas de entretenimiento.

No sé si a estas alturas se habrá solucionado ya el problema de ese conjunto de personas que acamparon debajo de un puente, en Badalona, después de que su alcalde los desalojara, en plena ola de frío invernal, de un instituto abandonado. Recuerdo que en una rueda de prensa posterior alguien le preguntó si no se le revolvía algo por dentro. “Si no se me removiera”, dijo Albiol, “no sería persona”. Desde aquí se lo digo, no es usted persona. Quizá tampoco yo. Vivimos un proceso de animalización atroz del que ni siquiera somos conscientes. Se nos ha contagiado la animalidad de Trump como en su día se nos contagió la coca-cola. La coca-cola, por lo menos, nos quitaba el sueño, lo que era bueno en época de exámenes, pero las crueldades a las que asistimos cada día como a una misa negra, mientras destapamos el vino para la comida, solo sirven para denigrarnos como especie.

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Sobre la firma

Juan José Millás
Escritor y periodista (1946). Su obra, traducida a 25 idiomas, ha obtenido, entre otros, el Premio Nadal, el Planeta y el Nacional de Narrativa, además del Miguel Delibes de periodismo. Destacan sus novelas El desorden de tu nombre, El mundo o Que nadie duerma. Colaborador de diversos medios escritos y del programa A vivir, de la Cadena SER.
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