“Si eres fiel a lo que quieres hacer nunca vas a perder”: el artista Charlie Smits defiende su increíble mundo interior en Madrid
El mallorquín ha dedicado su vida a cultivar un universo propio que fascina a críticos, celebridades y marcas. Ahora, en su primera exposición en solitario, nos deja ver mejor que nunca el cosmos que él lleva dentro


Charlie Smits lleva algo dentro, todo parte de ahí. Uno descubre que lleva algo dentro primero por obsesión —“nunca he tenido una infancia de muchos amigos y ocio”, dice, “me encanta estar solo, de pequeño me encerraba en mi habitación e iba haciendo cosas”, como dibujar o vestir sus Polly Pockets— y luego por eliminación de todo lo demás: “Cuando vine a Madrid con 18 años, empecé a hacer un grado superior de Ilustración. A mí no me gustaba eso. Veía que no era lo que yo quería hacer. También empezaba a pintar ropa, me hacían encargos… encargos pequeños. Hablé con mi madre, le dije: ‘Oye, no quiero hacer esto. Me quiero dedicar al arte, pero no desde el mundo de la ilustración’. Mi madre me contestó: ‘Vale, pero si te sales ya no te voy a pagar el curso ni nada, ya te buscas tú la vida’. En 2018, 2019, empecé a darme cuenta de que podía dedicarme a ello”. En los años siguientes, fue confirmando que sí, podía dedicarse a ello, dándole forma externa a ese mundo interior, a veces en privado, a veces muy públicamente y con indicios de que iba por el buen camino: en febrero de 2023 presentó una colección de ropa con sus dibujos en la Semana de la Moda de Madrid —Putochinomaricón o Luna Ki serían vistos con ella después—; hoy, ha colaborado con Zara, ha diseñado carátulas para trabajos musicales de Samantha Hudson, Aitana o Natalia Lacunza; ha presentado su trabajo en exposiciones colectivas de Berlín. Pero la versión más pura de ese mundo sumergido, su Atlántida de luces y colores, es la que ha exhibido hace poco en una colección de cincuentaitantas obras en varios formatos (escultura, animación, prints en loneta, máscaras con pelo) en la Sala Ohm de Madrid. Su primera exposición en solitario. La mejor prueba de qué iba aquella apuesta por su visión personal y la renuncia a todo lo que no fuera concretamente esto. Charlie Smits (Mallorca, 26 años) lleva algo dentro y ahora ese algo está fuera, en la realidad donde andamos todos los demás.
Este mundo en cuestión lo protagonizan cuatro personajes de nombres vagamente asiáticos, Wowo, Uruka, Goshi y Musami (pero no nos vengamos arriba: “Los nombres no significan nada. Me sonaban bien y ya”). Sus rostros, de pieles de tonos pastel posracial, se repiten en infinitas variaciones, con pendientes, piercings, acné, tatuajes, en un mundo entre el fanzine underground (Miguel Brieva si hubiera nacido en Marte), la ciencia ficción (Æon Flux) y los dibujos animados de los dos mil: el totémico Bob Esponja, pero también Las maravillosas desventuras de Flapjack, Agallas, el perro cobarde, Chowder, Las macabras aventuras de Billy y Mandy y otros éxitos de la era dorada de Cartoon Network.

Smits ha estado dibujando y mutando una y otra vez las mismas cuatro caras estos años: si plasmar un mundo interior suele ser una forma de autorretrato, estos rostros son prácticamente un mapa del fuero interno de su autor. “Siento que crecen conmigo: pueden ser una forma de comunicarme más allá de mi cuerpo”, asiente. “Hay mucho más universo en lo que hago que lo que puedo mostrar con el cuerpo, algo que supera lo físico. Puedo explorar tanto el género como cualquier tipo de estética”.

La fascinación por lo corporal está ahí, en la forma en que hereda el gross-up, emblema de aquellas series animadas. “Es cuando hacen un close up [primer plano] pero la cara está llena de granos”, dice, y es imposible no pensar en los poros y las tiritas de Calamardo. También las entrepiernas y los pechos de algunos personajes están generosamente abultados, pero no da la sensación de que busque provocar con ello, como hacía el underground hipersexualizado de los ochenta y noventa, sino quizá reflexionar sobre cuánto damos por hecho al ver atributos de género. Es, en fin, camp pero no es solo eso.

—Se mantiene fiel a un universo muy personal que significa mucho para usted, en vez de usar su talento para un proyecto fácil de adaptar para clientes o tendencias.
—Esa es la gracia, que sea la marca o el artista quien quiera tu nombre ahí, y no yo adaptarme a ellos. No adaptarte a un mercado puede ser caro, pero cuando entras en esa rueda, creo que es caduco. Al final te chupan, te consumen. Si eres fiel a lo que tú quieres hacer, nunca vas a perder, porque ya estás trabajando.
—Pero usted vive de esto.
—Ahora mismo vivo con mi madre [en Benizalón, Almería, junto a sus dos perros, Bimbo y Teke], por lo que no pago alquiler. Pero cuando vivía en Madrid también me dedicaba solo a esto.

Cuando uno se ve rodeado de las mismas caras en diferentes versiones y materiales, empiezan a brotar posibles lecturas, el irrefrenable impulso de buscarle sentido al universo. Está la idea de la transformación personal —el nombre de la exposición es Beauty Salon, o sea, el sitio donde soltamos las riendas mientras vivimos una metamorfosis; según Smits: “Donde vamos para disfrutar del cambio, del proceso más que del fin”—: ¿todo discurso sobre transformación lleva automáticamente a nociones como potencial, crecimiento e identidad? Smits asiente educadamente. Está el hecho de que él, un hombre gay, juegue tanto con atributos sexuales: ¿qué quiere aportar al discurso queer con un caracol que tiene pechos de mujer? Vuelve a asentir tímidamente: “Siento que toco mucho el inconsciente”.
Smits tiene otra forma de explicarse el universo: “No todo es tan deep y tan intenso. Me gusta jugar con lo absurdo. Lo absurdo nos salvará. En el absurdo le encuentro todo el sentido a este caos que es la vida”. ¿No todo necesita una coartada? “Y en el arte menos. Todo lo que hago tiene una narrativa y un sentido, pero creo que hace falta un poco más de absurdo y de humor. Desde ahí también puedes entender mucho. Estas son cosas que, simplemente, yo siento que es mi movida y luego también se puede identificar mucha gente”.
Señala un detalle de los muchos que conforman el horror vacui que es su trabajo: una grafía que solo él es capaz de leer. Está en muchas de sus obras, por ejemplo en el díptico que tenemos delante, dos obras de dos metros de alto cada una. Son claramente portadas de revistas: un personaje en primer plano, una cabecera y titulares a su alrededor. Pero las letras son ilegibles. Como el resto de la exposición, invitan a ser percibidas pero no descifradas. “Hay mucha información en el lienzo pero no la entiendes”, cuenta. “Las revistas, el bombardeo de publicidad y otras imágenes que al final ni siquiera asimilamos ni entendemos pero acabamos leyendo queramos o no… Es un respiro verlas así”.

Entender es solo una forma de relacionarse con la realidad y no siempre la más interesante. En algunos casos, basta con que algo exista. Pongamos que a ningún introvertido se le ha premiado nunca por lo bien que se guarda lo que le cuesta expresar; es más, la introversión suele despiertar hostilidad en los demás. Pongamos también que la atención que se presta a algo es sinónimo de amor; que lo genérico es el antónimo de la belleza. Estas obras están llenas de detalles y ninguno es genérico: aquí hay incontables prendas, accesorios, gestos y entornos, el mundo de un niño que jugaba vistiendo las mismas Polly Pocket una y otra vez, un adulto que rediseña las mismas cuatro caras una y otra vez; un mundo creado desde una enorme capacidad para el cariño, un cariño que no se expresa del todo bien con palabras pero sí con piercings, acné y tatuajes. Un mundo que está aquí porque estaba allí, porque modificarlo o ignorarlo suponían traiciones demasiado severas.
“Vivo demasiado dentro de mi cabeza, y por eso me cuesta interactuar”, admite Smits, cabizbajo. “Me cuesta mucho hablar con la gente, me cuesta la confianza”. Alza el mentón: “Mi obra es una extensión de mí”. Su obra es lo que él tiene dentro. Lo que ahora está fuera.
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