Ir al contenido
_
_
_
_

Nicolas Di Felice, director creativo de Courrèges, se atreve a utilizar la moda como expresión

Tras haber pasado por Louis Vuitton y Dior, a punto de cumplir un lustro en esta firma, el diseñador revisita su archivo sin nostalgia

Tiene varios tatuajes. Pero especialmente elocuentes, premonitorios si se quiere, son los que le caligrafían las piernas: Futurism pone en una, Passéism en la otra. Se los hizo hace tiempo, por la canción de Blonde Redhead. Coincidencia o vaticinio —tampoco importa—, ahora esas dos palabras suman otra lectura: en esa tensión entre innovación y nostalgia ha calibrado Nicolas Di Felice (Charleroi, Bélgica, 42 años) su visión de Courrèges, la firma a la que llegó como director creativo en 2020. “He querido interpretar el legado, no calcarlo”, dice desde su oficina parisiense, en el 40 de la calle François 1er, el mismo edificio haussmanniano donde la maison se instaló en 1965.

Trabajar con el peso de la historia no le es ajeno. Los primeros archivos de los que Di Felice se enamoró fueron los de Cristóbal Balenciaga, cuando en 2008, antes de terminar sus estudios en La Cambre, entró como diseñador júnior bajo el ala de Nicolas Ghesquière. Tal vez fuese la primera intervención del destino. Él supo tomar nota.

“Me di cuenta de que la idea de innovar me entusiasma tanto como la de perpetuar un legado. Sé desde entonces que algún día me tocaría enfrentarme a ese desafío”. Con esa frase —y una firma de trazo decidido, caligrafía de un apellido italiano que pronunciado en francés parece un galimatías— terminó la carta que convenció para contratarle a la familia Pinault, dueña desde 2018 del 100% de la marca a través de Artémis, el grupo financiero con el que también controla Château Latour, la editorial Tallandier, Christie’s, el club de fútbol Stade Rennais y uno de los fondos de arte contemporáneo más sustanciosos del planeta.

Afirma que fueron 744 palabras en las que contó quién era. Su infancia jugando en las minas de carbón de Charleroi; ver a su hermana arreglándose para salir; los clubes y la música tecno; las horas drapeando telas sobre su amiga Amandine. Ni una mención a Courrèges. Pero sí una afirmación de posiciones sin ambages en el constante tira y afloja entre pasado y futuro. Dicotomía pertinente en toda casa histórica dispuesta a hacer negocio estos días, y especialmente en Courrèges, la firma que tradujo el futurismo al lenguaje de la moda, propulsó la era espacial y dio forma al vestidor de la vanguardia.

El primer paso lo dieron ellos. Di Felice fue el primer sorprendido. “No soy de los que se codean en la esfera de la moda”, reconoce. Puede que no fuera su agenda, sino su talento, lo que pujara a favor. ¿Tan insólito es? Entonces llevaba seis años como diseñador de prêt-à-porter femenino en Louis Vuitton con Ghesquière, después de una temporada como responsable de sastrería con Raf Simons en Dior. “Estaba bien en la sombra”, asegura. Pero Pinault llamando a tu puerta ejerce un punto de inflexión. “Siempre lo agradeceré. Es admirable que abogaran por alguien que no es famoso. Yo fui una apuesta”. En el juego de sillas hay mucho trasiego, pero poco relevo generacional. Tardó un segundo en decidir. “Su simplicidad, claridad y cierta radicalidad es algo con lo que puedo identificarme”.

En marzo hará cinco años de su primera colección para la firma que André fundó hace 65. Y desde aquel debut, sus entregas las hila un diálogo entre el legado y su propia visión. Quizá sea la clave: la audacia de mirar al archivo sin nostalgia. Ser neófito en el rol jugó a favor. Se enfrentó al desafío con mentalidad de start-up. “Me repetía: si sale mal, al menos lo habré intentado. Puedes llamarlo ingenuidad, o temeridad”. Nada más llegar, propuso ocupar las últimas páginas de Le Monde, Le Figaro y Libération con una sola palabra sobre fondo blanco: courage (coraje). El nombre de la casa relegado a la esquina inferior derecha. “Fue algo punk. Y me siguieron”.

Licencias incluidas, y sin acuartelarse en la herencia, en su enfoque hay más continuidad que rupturismo. “No sé cómo lo ves tú, pero creo que mis colecciones se ven Courrèges”. Puede ser un vestido revisitado del archivo, la geometría o el blanco, ese color racional tan ligado a la idea de progreso como a la firma. “Y si no, la actitud”, dice el belga. De su primera colección se dijo que era demasiado Courrèges. También que no lo era lo suficiente. “No puedes escuchar a todo el mundo. Al final, es tu decisión. Para mí siempre ha sido importante celebrar el legado”.

Di Felice no heredó una enseña boyante. Cuando tomó los mandos, arrastraba una reestructuración, recortes de plantilla y el cierre de su histórica planta de producción en Pau. De las 30 tiendas que llegó a tener en los setenta solo quedaba una —hoy vuelven a ser 10—, y lo que mejor funcionaba eran las reediciones. Al desafío de reanimar una bella durmiente se sumaba el del momento. Con la pandemia coleando, empezaba a articularse la encrucijada actual de un lujo que se debate entre la exclusividad, el ansia de crecimiento infinito y la relevancia cultural.

Su postura se ve en decisiones como bordar los logos tono sobre tono. Colaborar en la exposición Over the Rainbow del Pompidou. Desfilar en el Bosque de Vincennes, donde se dio el primer beso con su novio. Reeditar No System, el libro de Vinca Petersen sobre la escena rave de los noventa. O cubrir la pasarela con latas pisoteadas. “Un choque como metáfora de la visión del director artístico que prospera en los contrastes incómodos”, leía la nota de prensa.

Crecer en Sambreville, un pueblo belga posindustrial encajonado entre carreteras y montañas de carbón, marcó su universo sensorial. Sus abuelos emigraron de Italia a Charleroi para trabajar en las minas. Él volvía a casa de jugar cubierto de polvo negro. “No voy a mentir, no soñaba con dedicarme a esto”. No era un sitio donde llega Vogue. “Pero mi padre recibía cada semana L’Express y de vez en cuando hablaban de moda”. A los 17 decidió que quería estudiar diseño.

Lo hizo en La Cambre —la misma escuela de la que han salido Blazy, Vaccarello, Theyskens y Dossena—. Cuando entró no sabía dar una puntada. Su primer encargo fue plisar 30 metros de tela. “Después de eso, créeme, podíamos coser cualquier cosa”. Hoy es uno de los pocos directores creativos capaces de concebir un diseño de principio a fin.

“Mi primera colección se centró en articular un armario”. Una base. Hoy, piensa en el conjunto. “El papel de director creativo tiene muchas patas”. No es solo la ropa; es la imagen, el mensaje. Pros, como la polinización creativa. Contras, como una cadencia que exige media docena de colecciones anuales. Esta forma de producir, opina, responde a la de consumir. También información. “Necesitamos novedad constante. Somos la generación del scrolling. Pero cuando te apasiona lo que haces, es difícil marcar límites”.

No se le escapa que esto es un negocio. Pero también sabe que el magnetismo de la moda es ser una herramienta de expresión. Tal vez por eso sus colecciones surgen de inquietudes más vitales que formales. “Primero me planteo de qué quiero hablar, qué pregunta quiero abrir, qué sentimiento quiero provocar”. En la colección de otoño-invierno 2025, confeti mediante, partió de un deseo de optimismo compartido. En la de 2023, las modelos desfilaron mirando el móvil, explorando cómo un gesto omnipresente ha cambiado la vida y la silueta. Y la de 2024, con la instalación que se movía al son de la respiración de una mujer, surgió de la necesidad de conexión e intimidad. “Todo en las noticias era negativo. Me dije, ¿qué necesitamos? Un abrazo”.

Que le interese el fondo no significa que descuide la forma ni la función. Tal vez por eso las críticas que recorrieron la telaraña mediática tras el desfile de primavera-verano 2026 se diluyen al verle preocupado por crear prendas realistas. El detonante fue un artículo de Vanessa Friedman, editora de The New York Times. “¿Por qué la moda no ve lo que hace a las mujeres?”, se titulaba. “Es interesante escuchar otras lecturas. Más si vienen de gente que respeto. Pero no creo que mi trabajo esté desconectado. Cuando concibo una prenda siempre pienso en quién podría llevarla”. La crónica, coral, se refería en su caso a las pantallas que cubrían el rostro de las modelos. “La idea no era esconder, sino proteger. Una metáfora frente al exceso de luz, de información”, explica el belga. “En un desfile hay piezas que no se conciben para vender. No sé si la idea de hacer 40 looks comerciales me emocionaría”.

De hacerlo, también habría críticas. En una sociedad alérgica a la discrepancia se corre el peligro de que el miedo a la fricción enmudezca la creatividad y corrección y autocensura se solapen. Por suerte, aún hay quien arriesga.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_