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Columna

Despierta

Un vendedor callejero lanzó al aire uno de esos artefactos que giran sobre sí mismos y sentí que ese objeto, con toda su banalidad, era la primera cosa real que veía en días de estar fuera del mundo

Vista de la Plaza Mayor de Madrid. CLAUDIO ÁLVAREZ

No hacía frío, pero yo tenía frío. Fue hace poco. Creo que era jueves, ocho de la tarde. Estaba en Madrid. No había comido en los últimos tres días y la mesa de luz, en mi cuarto de hotel, parecía el resultado del robo a una farmacia: medicamentos para bajar la fiebre, antibióticos, antiinflamatorios, antihistamínicos, una caja con ampollas inyectables de un calmante derivado del opio (me encantaba leer el prospecto que enumeraba los riesgos, un aquelarre de tormentos que me importaba poco cuando ese líquido ambarino se me metía en el cuerpo y barría el dolor). Débil, sacudida por náuseas que esquivaba con ánimo de vikingo y el éxito de quien intenta repeler el ataque de un oso, caminaba despacio entre la multitud, a 10.000 kilómetros de mi casa. Sonámbula, sin mucho rumbo, aturdida por los ruidos callejeros que me llegaban amplificados como agujas clavándose en el fondo del cerebro, sintiendo que los oídos iban a empezarme a sangrar, llegué a la Plaza Mayor y me quedé de pie en uno de sus lados como quien se detiene a la vera de un río. En el centro temblaba una luminiscencia triste, rudimentaria. Yo flotaba en la ondulación malsana de los calmantes, la tiranía del corazón empujando como un caballo enterrado dentro del cuerpo. Los meseros recogían las sillas, la gente caminaba apurada o indolente. Y de pronto un vendedor callejero lanzó al aire uno de esos artefactos que giran sobre sí mismos, iluminándose mientras ascienden, una pequeña libélula de plástico barato hundiéndose en la noche, y sentí que ese objeto, con toda su banalidad, su intrascendencia, era la primera cosa real que veía en días de estar fuera del mundo, y aún mareada, aún molida por el asco, sentí una alegría bendita y supe que durante todo ese tiempo yo no había estado asustada sino alerta, que seguía siendo alguien que puede reírse y que sabe aguantar.

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