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Contra las letras

Sergi Pons

Acabo de ver un anuncio de Apple que me anuncia que mi iPhone va a volver a las cavernas: me dejó sin palabras.

Nunca fue fácil decir algo y, menos, si el interlocutor no estaba allí, lejos en el espacio o en el tiempo. Pero lo intentamos y, poco a poco, lo fuimos consiguiendo. Primero fueron los dibujitos, bisontes en la cueva: formas inaugurales de representar algo que no estaba, primeras formas de contar sin hablar. Con el tiempo –miles y miles de años– los dibujos se fueron haciendo sistema: los ideogramas son bosquejos que representan conceptos, un hombre un sol una sonrisa una casita, y su combinación contaba historias complejas. Con más tiempo, los ideogramas dejaron de representar conceptos y representaron palabras –hombre sol sonrisa casita–: los jeroglíficos son eso. Y después los sonidos de esas palabras, que podían combinarse para formar otras palabras: los logogramas chinos. Hasta que encontramos un sistema más abstracto y más exacto: cada dibujo correspondería a un sonido preciso, imaginaron unos medioorientales, e inventaron esta máquina poderosa que llamamos letras: veintitantos trazos simples que permiten todas las historias.

Las letras se impusieron, y creímos que el ideograma era pasado muy pasado. No tan cierto: seguimos usando algunos. Los números, por ejemplo: el 7 o el 2 son dibujos que evocan un concepto, no un sonido que va a formar, con otros, una palabra. Por eso son universales: 7 se lee siete o seven o sept o liczba. Los hay también más nuevos, como el stop o la luz verde o el silencio hospital o el sol en el pronóstico del tiempo.

Y así estábamos, hasta que los nipones. Hacía mucho que Japón había dejado de inventarnos cosas: desde el walkman y el sushi, por ejemplo. Pero en 1998 Shigetaka Kurita, programador de una empresa de móviles, trazó unos dibujitos muy simplificados, inspirados en los mangas, y los llamó emojis: e significa imagen; moji, letra.

Los emojis –o emoticonos– tuvieron una carrera meteórica, como son las que se corren en la pista digital. En pocos años reemplazaron más y más palabras: se volvieron una forma de expresión imprecisa pero eficiente, fácil de leer, simpática, perfectamente ineducada. Y el año pasado el Oxford Dictionary proclamó que su “palabra del año” era (imagen), “cara con lágrimas de alegría” porque quería reconocer el poder de los emojis, y ése había sido el más usado.

Los emojis siguen la tendencia actual: igual que las semillas o los remedios pertenecen a quien los diseñó y hay que pagarle para usarlos. Hasta ahora se escogían en esas pantallas rebosantes de globitos amarillos; ahora, Apple anuncia que pronto podré escribir en mi teléfono –ese aparato que antaño servía para hablar– “Baloncesto termina a las 5. Pizza o tacos después. Quizá vamos al cine. ¿Vienes?” y que el teléfono reemplazará –si se lo pido– baloncesto por 🏀, pizza por 🍕, cine por 🎥, y así. Que el teléfono más inteligente sabrá que, en la comunicación contemporánea, los dibujos quieren suplantar a las letras, la sugerencia a la precisión, la evocación a la descripción, y encabezará la marcha. Sus defensores les atribuyen la vieja ventaja de los pictogramas: que simplifican, que los entienden todos, que nos acercan a un lenguaje universal. Quizá sea cierto que nos permiten incomprendernos un poquito mejor: decir cine y pizza y deporte urbi et orbi –y callar lo demás.

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