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Opinión

La educación pública en el frente cultural: una batalla tras otra

La escuela y la universidad no son botines ideológicos, sino espacios donde se juegan la vida generaciones enteras

Teyana Taylor y Leonardo DiCaprio, en 'Una batalla tras otra'.

Una batalla tras otra, película triunfadora de la última edición de los Globos de Oro, va camino de convertirse en una de las películas del año. La vi hace poco y reconozco que no me dejó indiferente: presenta a un protagonista con el que muchos se identificarán, que apenas tiene tiempo para levantarse del suelo antes de que le llegue el siguiente golpe. No importa cuánto corra, se esconda o intente negociar: siempre aparece una nueva emboscada.

La película funciona como una metáfora dolorosa no solo de nuestro tiempo, sino también de lo que vive hoy la escuela y la universidad pública. No porque la educación haya decidido convertirse en un campo de batalla amenazada por la sombra permanente del fascismo (como vemos en todo el metraje de la película), sino porque la han colocado ahí, en medio de un fuego cruzado sin blindaje, y con la única arma que siempre ha tenido: educar.

Hace poco se presentaba un nuevo informe de un sindicato docente, que vuelve a destapar una sensación de desgaste que ya no es anecdótica en nuestro profesorado. En redes lo vemos, y no se atisba que vaya a cambiar con el año nuevo: cuando parece que un debate se apaga, otro estalla con más ruido, más urgencia y más confusión. Y, como en la película, cada retirada tiene un precio. Cada polémica artificial, cada reforma improvisada o cada sospecha sembrada desde cualquier medio deja una marca.

No puede permitirse que la batalla cultural se convierta en un espectáculo permanente

La educación pública no es como otras esferas de la vida: no puede desertar porque enseñar es, inevitablemente (y por suerte), intervenir en la cultura. Pero tampoco puede permitirse que la batalla cultural se convierta en un espectáculo permanente que la distraiga de su misión esencial: garantizar equidad, cohesión y futuro.

Lo más inquietante es que la educación se ha convertido en un espejo donde cada sector social proyecta miedos y certezas. Para unos, es un refugio amenazado; para otros, un espacio que debe abrirse a nuevas sensibilidades; muchos también la entienden como una pieza más de un engranaje neoliberal que debe ser eficiente, competitivo, medible. A eso lo llaman calidad. Nuestra escuela pública, mientras tanto, intenta seguir siendo en lo cotidiano lo que siempre ha sido: un lugar donde se aprende a pensar, a convivir, a equivocarse, a investigar. Pero no es fácil hacerlo cuando cada gesto o cada decisión se convierten en munición para debates que rara vez tiene que ver con lo que ocurre dentro de un aula real.

Y hay algo que casi nunca aparece en los titulares: la batalla cultural que satura nuestras conversaciones públicas tapa otras batallas mucho más concretas. Aulas saturadas en centros de alta complejidad, falta de recursos, precariedad de parte del profesorado, segregación, presión burocrática, desigualdad entre centros o falta de financiación. Problemas que no generan trending topics, pero que condicionan mucho más la vida diaria de quienes trabajan y aprenden en la escuela pública. Es difícil librar guerras simbólicas cuando faltan manos, tiempo y medios para atender lo esencial. Es difícil hablar de grandes principios cuando un tutor tiene treinta adolescentes en el aula y apenas minutos para cada uno. Es difícil sostener discursos épicos cuando un centro educativo funciona gracias a la buena voluntad de quienes lo habitan, más que a la planificación de quienes deberían sostenerlo.

Mientras tanto, la mayoría social —familias, alumnado, docentes— observa la película sin haber comprado la entrada. La ciudadanía no vive la escuela como un campo de batalla, sino como un servicio público que debería funcionar con la deseable normalidad. Sin embargo, se ve arrastrada a debates que no ha pedido, polémicas que no entiende y discursos que no resuelven sus problemas reales. La metáfora es clara: demasiadas batallas en forma de obligaciones y poca claridad sobre el valor de lo que se defiende. Y, en medio de ese ruido, se pierde algo esencial: la confianza en que la educación pública es un espacio seguro, estable; un lugar donde nuestros jóvenes pueden aprender a ser ciudadanos sin convertirse en peones de guerras ajenas.

En Una batalla tras otra, el protagonista descubre que no luchar también es una forma de perder. Lo público está en esa misma encrucijada. No puede renunciar a su papel cultural, porque enseñar es siempre tomar posición respecto al mundo en que vivimos. Pero tampoco debe permitir que la conviertan en un decorado para desgastes simbólicos que poco tienen que ver con la vida real de cualquier centro.

La escuela y la universidad no son botines ideológicos, sino espacios donde se juegan la vida generaciones enteras

En ese sentido, creo que la clave está en elegir bien cómo posicionarnos: por ejemplo, no es lo mismo enfangar semanas de debate por un cambio de libro de texto que movilizarse ante una nueva directriz que aumente la segregación, recorte recursos o permita la penetración de discursos de odio en nuestras universidades. Se trata de distinguir lo que es ruido de lo que es fondo, de defender con firmeza aquello que sostiene la educación pública como bien común. Y eso también se aprende.

Elegir bien pasa por proteger lo que importa: la igualdad de oportunidades, la convivencia democrática, la inclusión, la dignidad del trabajo docente, la estabilidad necesaria para que centros y universidades no sean campos de maniobras. La escuela y la universidad no son botines ideológicos, sino espacios donde se juegan la vida generaciones enteras. Pasa por exigir que las decisiones educativas se tomen con rigor, datos, escucha y responsabilidad, no al ritmo de la última ocurrencia.

También pasa por algo más sencillo y más difícil a la vez: devolver a la escuela su humanidad. O más bien, no olvidarlo, que muchas veces lo hacemos. Reconocer que detrás de cada aula hay personas que sienten, que se equivocan; estudiantes que sí se esfuerzan y que cargan mochilas personales que a veces parecen insostenibles. Que la escuela pública no es una abstracción, sino un conjunto de cuerpos que madrugan, preparan clases, acompañan duelos, celebran logros y contienen angustias. Reconocer nuestra educación, en definitiva, como espacio para la posibilidad, para insuflar esa esperanza con la que también acaba Una batalla tras otra, atentos siempre a coger el testigo de la responsabilidad que se nos deja.

Si la escuela pública cae, no habrá montaje final capaz de reconstruirla, capaz de buscar atisbo de esa necesaria humanidad.

si la escuela pública cae, no habrá montaje final capaz de reconstruirla, capaz de buscar atisbo de esa necesaria humanidad.

La película termina, pero la educación pública no puede permitirse los créditos finales. Aquí no hay efectos especiales ni dobles de riesgo: lo que está en juego son personas de carne y hueso, oportunidades reales, futuros que aún no se han escrito. Y si algo enseña Una batalla tras otra, nos haya parecido una película brillante o no, es que, aunque el cansancio sea grande, hay caminos que no se pueden abandonar.

Su director, Paul Thomas Anderson, ha reconocido en entrevistas que el filme representa la búsqueda de esa humanidad en medio de un mundo caótico. Porque si la escuela pública cae, no habrá montaje final capaz de reconstruirla, capaz de buscar atisbo de esa necesaria humanidad. Porque, a diferencia del protagonista de la película, nosotros, en medio del fuego del frente cultural, sí podemos elegir qué batallas merecen ser libradas.

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