El aumento de la competitividad dispara el estrés escolar, sobre todo entre las chicas: “El Bachillerato es terrible para toda la familia”
Un millón de estudiantes de secundaria se sienten muy presionados en los estudios, según un macroestudio patrocinado por la OMS que sitúa a España como uno de los más afectados


El aumento de la competitividad escolar, observable en la subida de las notas de corte para entrar a la universidad o en el gasto ingente que las familias destinan a actividades extraescolares educativas para mejorar el rendimiento de sus hijos, ha elevado un 68% el estrés académico desde 2006. Las chicas sacan cada vez mejores resultados que sus compañeros, pero están pagando un precio: el porcentaje que manifiesta sentir “mucha presión” se ha disparado entre ellas un 118% en el mismo periodo. La experimentan ya casi 4 de cada 10 alumnas de secundaria (frente un 23% de los chicos). Entre las de 17 y 18 años, la etapa en que muchas cursan el Bachillerato, afecta a más de la mitad. En total, en el curso que se inicia oficialmente este lunes en España ―las clases empiezan a partir del 8 de septiembre―, cerca de un millón de estudiantes de secundaria se sentirán muy estresados por el trabajo escolar.
El problema es global. El Health Behaviour in School-aged Children (HBSC), el estudio internacional patrocinado por la Organización Mundial de la Salud del que proceden los datos, cuya última edición se publicó en mayo, concluye que el “aumento de la presión escolar, especialmente entre las niñas, es motivo de preocupación”. Y el caso español es especialmente serio, señala Carmen Moreno, investigadora principal del estudio en España y catedrática de Psicología Evolutiva y de Educación en la Universidad de Sevilla. Se trata del sexto país con mayor estrés académico al inicio de la secundaria de un total de 44 analizados, entre los que figura la mayor parte del mundo desarrollado.
Los docentes, como María José Rivas, que enseña Historia en un instituto público en A Coruña, lo perciben cada vez más en clase. “Sobre todo a partir de primero de Bachillerato, el agobio de los alumnos se nota. Calculan qué nota les hará falta para entrar en determinada carrera, y necesitan empezar a luchar. Y aunque hay de todo, ellas sufren más”. Ha dejado de ser excepcional, cuenta Rivas, que una alumna rompa a llorar o se quede paralizada al inicio de un examen. “Tienes que ir a arroparlas, porque necesitan desahogarse. En nuestra época, nos poníamos nerviosos, pero no se daban tantas situaciones de ansiedad como ahora. Como tutora, hablan conmigo padres y madres cuyas hijas van al psicólogo e incluso toman medicación por este problema. Algo está fallando, eso está claro”.
El HBSC entrevista solo en España a 30.000 adolescentes ―una muestra similar a la del Informe PISA, la evaluación internacional que organiza la OCDE―, y les pregunta por múltiples cuestiones relacionadas con su salud física y mental. Sus datos muestran que la presión académica experimenta un fuerte aumento con el paso de primaria a la ESO: de sufrirla el 16,5% pasa a hacerlo el 31,6%. Y desde ese momento sigue aumentando de forma progresiva cada curso hasta los 18.
La entrada en la secundaria supone un fuerte aumento de la carga lectiva: los chavales tienen un tercio más de horas de clase que en primaria ―una de las mayores descompensaciones de los países desarrollados―, pero un número de días lectivos similar, lo que se traduce en un horario mucho más saturado que en la escuela. Se incrementa la amenaza de repetición, se multiplican el número profesores y asignaturas, y con ellos, los exámenes y trabajos a realizar a lo largo del curso. Y tiende a desaparecer, además, el tipo de trato cercano y afectivo que suelen recibir en primaria. “A los 11 años, un porcentaje altísimo de niños y niñas están felices en el colegio, lo sienten como un contexto amable al que les gusta ir. Y eso se va degradando a medida que van pasando los años de secundaria, donde cada vez son más infelices y les estresa más el entorno escolar”, afirma Carmen Moreno.
Hasta 2006, el porcentaje de chavales que sentía mucha presión académica era relativamente bajo y afectaba de forma similar a ambos géneros, si acaso, un poco más a los chicos. La edición del HBSC de 2010, la primera después del inicio de la Gran Recesión, que en España abrió un cráter en el mercado laboral y cambió la visión social sobre la importancia de los estudios, mostró un claro repunte. Desde entonces no ha dejado de aumentar (la edición publicada ahora es la de 2022, cuando se recogieron los datos).
Sin negar que el crecimiento del indicador sea una mala noticia, Juan Manuel Moreno, catedrático de Organización Escolar de la UNED, señala que es posible que los adolescentes entrevistados entiendan cosas distintas al ser preguntados por cuánto agobio les genera el trabajo escolar. Una sospecha, prosigue, que se ve reforzada por el hecho de que no haya diferencias significativas en los resultados de la encuesta en función de los niveles de renta. Una de las interpretaciones posibles a dicha pregunta podría ser, señala, cuánto te importa hacerlo bien en la escuela. Y preocuparse, si se queda en eso, argumenta, resulta incluso positivo. “Vivimos la paradoja de que existen muchas enfermedades infradiagnosticadas, y al mismo tiempo estamos medicalizando nuestra vida”, advierte.
El estrés elevado referido es, en todo caso, un problema cada vez más específico de las chicas. Entre los chicos el porcentaje ha permanecido estable durante la última década, mientras la gráfica de las chicas dibuja la trayectoria de un avión al despegar. A medida que se hacen mayores, además, la diferencia se agranda: a los 14 años el estrés académico alto de las alumnas es un 47,5% mayor, y a los 18, un 99%.
“Aplicadas y exitosas”
¿A qué se debe que las chicas lo sufran mucho más? Los expertos señalan que la causa reside en buena medida en la forma en que se configuran los roles de género. “Los mensajes que reciben chicos y chicas en su socialización es una lluvia fina que les va calando de forma muy eficaz. Y el mensaje que se transmite a las niñas acerca de en qué consiste hoy ser mujer es tremendo, porque está lleno de exigencias en todos los ámbitos, también el académico”, afirma Moreno. “Se espera”, prosigue Rafael Bisquerra, catedrático emérito de Orientación Psicopedagógica de la Universidad de Barcelona, “que las chicas sean responsables, aplicadas y exitosas”, y tienden a ser más sensibles “a la aprobación externa, tanto del profesorado como de la familia”, factores que contribuyen a que muestren, en términos generales, “niveles más altos de perfeccionismo” que los chicos.

Iria tiene 18 años, vive en Zaragoza, y asegura que sintió estrés escolar desde el principio de la secundaria. “En general, era una sensación de agobio, de ansiedad, de tener muchas cosas que hacer en muy poco tiempo. A veces, me daba un fuerte dolor de cabeza. Y en época de muchos exámenes y entregas de trabajos, podía llegar a tener pérdida de apetito e incluso un bloqueo mental. Con bloqueo mental me refiero a ser incapaz de pensar con claridad, y hacer las cosas; llegaba un punto en que me quedaba así, sobreviviendo como podía”.
Iria había sido una alumna brillante en primaria sin esforzarse mucho, cuenta. “Al empezar la ESO quise mantener ese perfil, no decepcionar a mis padres, y sentirme orgullosa de mí misma”. En bachillerato, se le sumó la presión por la nota de Selectividad, aunque la carrera que en principio quería estudiar ―y en la que ha acabado matriculándose, Biomedicina― no requería una nota muy alta. “Pero pensaba: tengo que hacer lo máximo por si cambio de opinión y quiero entrar en otra en la que pidan un 12”.
El agobio que sienten los chavales se traslada con frecuencia al hogar, especialmente durante el bachillerato. “Mi hija se levantaba muchos días a las seis de la mañana, alargaba estudiando por la noche… Veías que no descansaba. Pero creo que el estrés no le venía tanto de la carga de trabajo, porque ha seguido estudiando música e inglés, y saliendo con las amigas, como de la nota que necesitaba para la Selectividad. Eso la agobiaba”, dice Ferran, padre de una alumna que se examinó en junio de la Prueba de Acceso a la Universidad en Valencia. “El bachillerato, sobre todo el segundo curso, es terrible no solo para ellas, sino para toda la familia. Se crea una especie de tensión en el ambiente”.
El estrés académico y la competencia escolar han crecido en paralelo. La nota de admisión media en la Selectividad pasó de un 8,75 en 2015 a un 10,34 en 2021, según un estudio de EsadeEcPol. Y aunque no hay un registro único de las notas de corte de las carreras, que dependen de cada facultad, al regir en España un distrito universitario único, el listón tiende a igualarse entre unos campus y otros.
Los datos que proporciona, por ejemplo, el servicio de información de la Universidad de Murcia sobre la evolución de sus grados resultan elocuentes. Entre el curso 2011-2012 y el 2024-2025, la nota de corte de Biología pasó de un 5,785 a un 9,422; la de Derecho, de 5,996, a 9,455; la de Física, de 5,284 a 10,956; la de Matemáticas, de 5,534, a 12,14; la de Enfermería, de 9,637, a 12,164, y la de Medicina, de 11,987 a 13,227. Aunque la tendencia ha sido en general al alza, las carreras del área de la salud, que son especialmente demandada por alumnas, se llevan la palma, lo que también puede estar contribuyendo a que la presión que sienten ellas sea mayor.
“Ampliar y perfeccionar”
El gasto que hacen las familias en actividades extraescolares educativas también es revelador. Otro informe de EsadeEcPol lo cifró en 2023 en 1.700 millones de euros al año. De cada tres euros gastados, dos se destinan a “ampliar y perfeccionar” las habilidades, es decir, a que los estudiantes mantengan o incrementen sus buenos resultados, señala Juan Manuel Moreno, catedrático de Organización Escolar en la UNED y autor del informe. Y el euro restante a “remediar y reforzar”, es decir, a evitar que fracasen. “El crecimiento de la educación en la sombra es resultado de una mayor competitividad dentro del sistema educativo, además de una mayor conciencia social sobre las devastadoras consecuencias de la repetición y el fracaso escolar”, afirma.
No hay estudios concluyentes sobre si acudir a ese tipo de extraescolares aumenta el estrés académico, y, de hecho, apunta Juan Manuel Moreno, cabe pensar que recibir unas clases “extra y más personalizadas” ayude a disminuirlo. Lo que sí parece reflejar el aumento de la industria es que la preocupación por el rendimiento académico también va en aumento entre las familias. Y los padres, señala Carmen Moreno, “son una gran fuente de modulación del estrés de los hijos, tanto para amortiguarlo como para aumentarlo”.
De nuevo, ese desvelo no nace del vacío. Las familias y los adolescentes con más capacidad de planificación —una competencia más frecuente entre las alumnas— vislumbran al término de la etapa escolar un horizonte cargado de nubes de incertidumbre, dificultad para encontrar empleo de calidad y acceder a la vivienda, señala Carles Feixa, catedrático de Antropología Social en la Universidad Pompeu Fabra. Feixa dirigió el informe Juventud en España 2024 publicado en junio, en el que se lee que el futuro de los jóvenes hoy, “aun habiendo alcanzado mayores niveles educativos, ofrece menores oportunidades que a las generaciones precedentes en términos de estabilidad económica y laboral, condicionando su posibilidad de desarrollar sus proyectos vitales”.
El problema de la excesiva presión académica excede, como casi siempre en educación, el marco escolar y familiar. Pero los expertos apuntan algunas medidas que podrían aplicarse desde ambos espacios para mitigarlo. Como la reducción de la carga lectiva en la ESO ―los estudiantes españoles tienen un 20% más de horas de clase que la media de la UE, una saturación que no se traduce en mejores resultados en las evaluaciones internacionales―.
Por su parte, el catedrático de Orientación Psicopedagógica Rafael Bisquerra plantea introducir “una asignatura de educación emocional” en la formación de todos los docentes. Y las profesoras de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla, Irene García-Moya y Antonia Jiménez Iglesias aconsejan una serie de pautas. A los docentes, que ofrezcan a su alumnado apoyo “tanto emocional como en la realización de las tareas escolares”; que les enseñen estrategias de estudio y organización; reconozcan su esfuerzo, y les transmitan que confían en que harán bien la cosas. Y a las familias, buscar “ayuda psicológica profesional” en caso en que el estrés académico “se cronifique o genere mucho malestar”; dar a sus hijos “afecto incondicional” y “apoyo con las cuestiones escolares sin sobreprotegerles”; transmitirles “expectativas académicas positivas y ajustadas a su progreso”, y evitar compararlos, tanto con sus hermanos como con otras personas.
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