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El ataque a Irán aviva el riesgo de una crisis energética que impacte en la economía

El conflicto implicará sobrecostes en la factura de la luz y en el surtidor de combustible, pero su verdadero alcance dependerá de la duración de las hostilidades

El petrolero Torm Denise, con bandera de Singapur, se aproxima al puerto de Amberes, en una imagen tomada por un dron, este miércoles.OLIVIER HOSLET (EFE)

La palabra crisis es una etiqueta, y como tal, está sujeta a interpretaciones. No hay una frontera a partir de la cual se entre automáticamente en ese terreno resbaladizo, aunque los 100 dólares por barril de crudo, o los 100 euros por megavatio hora (MWh) de gas —niveles que no se alcanzan desde el fatídico 2022 en que Rusia atacó Ucrania— son umbrales para removerse en el asiento. La primera semana de conflicto en Oriente Próximo no ha empujado al mundo a una crisis energética de las dimensiones de la acontecida hace cuatro años, pues el desabastecimiento es más un riesgo que una realidad. Pero el impacto en los precios de la energía ya es un hecho, y va a tener implicaciones significativas para la inflación. La advertencia lanzada este viernes por el presidente estadounidense, Donald Trump, de que no habrá acuerdo con Irán “salvo rendición incondicional” no invita al optimismo sobre una pronta resolución del conflicto y, por tanto, de la normalización del mercado energético ni de sus consecuencias.

Ya se nota al llenar el depósito —la gasolina ha experimentado su mayor subida en ocho meses—, cada vez que se aprieta un interruptor, o en los contenedores contratados por los importadores para mover mercancías por el mar, sobre los que las navieras están aplicando sobrecargos que duplican el coste de moverlos. Y si las bombas caen durante el tiempo suficiente, lastrarán el empleo y el conjunto de la actividad económica. Un ejemplo puede verse ya en el euríbor, que ha reaccionado al alza ante la perspectiva de un repunte de precios generalizado, amenazando con elevar las futuras cuotas de las hipotecas.

El shock tiene un epicentro: el bloqueo del estrecho de Ormuz, el embudo de 34 kilómetros de ancho por el que transita una quinta parte del petróleo que se consume en la Tierra, gran parte de los fertilizantes e hidrocarburos refinados (combustibles aéreos, gasolinas, gasóleos y materiales plásticos) y también en torno al 20% del gas licuado, alimento de la generación eléctrica en medio mundo. Desde hace una semana no circulan apenas barcos, lo que ha provocado un terremoto en los mercados financieros: el precio del barril de brent (referencia en Europa) se ha disparado un 29% en una semana hasta superar los 90 dólares y la Bolsa ha vivido su peor semana, precisamente, desde la invasión de Ucrania en 2022: el Ibex se deja un 7% en cinco sesiones.

La preocupación es patente en los grandes despachos internacionales. La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, ha avisado de que “la economía mundial ha sido notablemente resiliente [...] pero esta resiliencia se está poniendo a prueba una vez más”. El economista jefe del BCE, Philip Lane, aseguró a Financial Times que “un aumento de los precios de la energía ejerce una presión al alza sobre la inflación, especialmente a corto plazo. Tal evolución sería negativa para el crecimiento”. En España, Funcas ha alertado este mismo viernes de que, si el conflicto se prolonga, llevará la inflación al 3% y lastrará el crecimiento del PIB.

Fuentes del Gobierno llaman a la cautela al asegurar que “todavía no hay impacto en la economía española” y añaden que están analizando todos los escenarios por si es necesario actuar. “Se trata de estar preparados para tomar medidas si hay que tomarlas”, señalan.

El mercado del gas, más rígido que el del petróleo, es también el más presionado: la referencia europea (el contrato TTF de Países Bajos) se ha disparado el 69% en la semana porque los suministros del golfo Pérsico han dejado de fluir. Qatar, uno de los grandes exportadores globales, advirtió este viernes de que, incluso si el conflicto terminara ahora, llevaría semanas o meses restablecer el suministro tras los ataques de drones iraníes, según señaló su ministro de Energía, Saad al-Kaabi, al Financial Times. La respuesta del mercado fue inmediata, reforzando las subidas que arrancaron el lunes, cuando el país decretó el cierre de la terminal de gas licuado de Ras Taffar, la mayor instalación del mundo para licuar el gas natural y montarlo en barcos. Con todo, y pese a la extrema volatilidad que depara un mercado ávido de certezas y una guerra llena de incertidumbres, petróleo y gas están lejos de los niveles alcanzados durante la guerra en Ucrania, de 340 euros por megawatio hora en el caso del gas y 120 dólares por barril de brent.

El cierre de Ormuz no tiene consecuencias serias para España en términos de abastecimiento de gas: solo el 5% del petróleo y el 2% del consumo nacional de gas proceden de la zona; las importaciones de gas vienen, en un 75%, de Argelia, Estados Unidos y Rusia. Pero los precios en los mercados internacionales suben para todos. Como explica el economista Javier Santacruz, “lo que más preocupa es que, de prolongarse la situación en el Golfo, China, el gran comprador de materias primas de Asia, terminará por buscar petróleo y gas en proveedores de España, y por tanto tensionará aún más los precios”. Esta competencia por el abastecimiento ya se deja notar: esta semana al menos tres barcos de gas licuado, uno procedente de Nigeria y dos de Estados Unidos, han virado en medio del Atlántico para dirigirse hacia Asia, según los datos de posicionamiento referidos por la agencia Bloomberg.

Un petróleo sin freno

Las previsiones de los expertos sobre la evolución del petróleo están quedando obsoletas prácticamente según se publican. El lunes el barril de brent, referencia en Europa, superó los 80 dólares; el viernes, cuando el crudo se disparó el 10%, los 90 dólares. La barrera de los 100, un escenario que muchos economistas consideran extremo, está a tiro de piedra. Su reacción es más pausada que la del gas, que ya el lunes se disparó el 40%. Pero a medida que el bloqueo de Ormuz persiste, sube la tensión arterial de los operadores, porque sin capacidad para sacar el petróleo por barco, los productores tienen que dejar de bombear. “La dinámica evoluciona, y el atasco de petroleros en el golfo Pérsico provoca crecientes cierres de la producción a medida que el almacenamiento comienza a desbordarse”, explica en una nota Norbert Rücker, director de análisis de Julius Baer.

Irak ha paralizado ya buena parte de su industria de extracción y, según Bloomberg, Kuwait apenas tiene unos días de margen antes de decretar el parón. Emiratos Árabes y Arabia Saudí tienen oleoductos para sortear Ormuz, pero su capacidad es limitada. Los analistas de JP Morgan e ING creen que en el peor de los escenarios el brent podría repuntar a una horquilla entre los 120 y los 130 dólares. Los analistas también apuntan, no obstante, que los precios deberían volver paulatinamente a niveles en torno a 60 o 70 dólares una vez acaben las hostilidades, pues el mundo extrae más petróleo del que gasta. Las tensiones son mayores en los productos refinados: el combustible para aviones (con revalorización del 55% en la semana), la gasolina y el gasóleo transitan también por Ormuz tras procesarse en el golfo Pérsico.

El economista jefe para Europa de Oxford Economics, Ángel Talavera, recuerda que cada 10 dólares de subida del barril de crudo suponen una factura extra de 500 millones al mes para España. Una parte de esta se filtra a conductores y consumidores, dañando su poder adquisitivo. ¿Es este el inicio de una crisis energética con mayúsculas? “Es imposible aventurarlo, lo que sí podemos decir es que, aunque el conflicto se solucionara hoy mismo, ya vamos a ver algo de impacto en la inflación. Los carburantes se ajustan casi automáticamente al precio del petróleo, y el gas seguirá alto por los cortes de producción y el riesgo latente. Pero más allá de eso, nadie sabe cuánto va a durar el conflicto y a qué niveles van a subir los precios de la energía”, explica. El fenómeno se está viendo empeorado por el efecto dólar. El billete verde se ha convertido en un refugio frente a las turbulencias, y ha repuntado casi un 2% frente al euro, lo que encarece aún más las compras de energía, que suelen hacerse con esta divisa.

Para Juan Luis Jiménez, doctor en Economía y profesor de la Universidad de Las Palmas (ULPGC), el factor tiempo es clave. “Es difícil saber el umbral de cuándo empieza o no una crisis. Para mí, actualmente no lo estamos. ¿Significa eso que no lo vamos a estar? No. Si dura más de un mes, empezaría a cambiar todo. Y aunque acabara antes, eso no significa que no vayamos a sufrir las consecuencias de la guerra", apunta.

Luz más cara (y beneficios para las energéticas)

Pese a que los suministros no dejen de llegar, las subidas de precios se terminan por trasladar al consumidor. Esto sucede a pesar de que, según distintos expertos, las comercializadoras de gas o carburantes tienen aprovisionamientos —por ejemplo, en las refinerías— o contratos a medio y largo plazo —como las gasísticas— a precios cerrados y muy inferiores a los que figuran ya en las gasolineras o en el mercado regulado de gas español, Mibgas. Este absorbe el precio del escenario internacional de una manera instantánea, pero el producto que se vende al precio encarecido es el que tiene en reserva.

En el sector eléctrico, el precio de la luz, que apenas superó los 25 euros por megavatio hora en febrero, lleva desde el miércoles por encima de los 50. El mercado aplica a toda la factura los niveles de la tecnología de generación más cara, en este caso los ciclos combinados con gas. Pero de esos precios se beneficiarán también los sistemas de producción renovable o nuclear. Como ocurrió en 2022, eso se traducirá en los llamados beneficios caídos del cielo —también conocidos con el anglicismo windfall profit—. Para el consumidor, según cálculos de la OCU, la factura de la luz para los hogares con tarifa regulada (PVPC) podría pasar de 62 euros/MWh en febrero a unos 82 euros/MWh en marzo, lo que supondría un aumento cercano al 30%. El PVPC está ligado en un 45% al mercado mayorista y, el restante 55%, a los mercados a plazo. Muy diferente es el caso de la tarifa regulada del gas (TUR), que se revisa cada tres meses y, por el momento, se mantendría inalterada hasta abril.

“Este escenario es válido en el caso de que la guerra sea corta, pero si esta se alarga, surgirían tensiones en el mercado y los precios convergerían con el de los aprovisionamientos”, explica un analista del mercado energético. Durante la última crisis energética, el Ejecutivo de Pedro Sánchez ya impuso un límite a las energías inframarginales y al sobreprecio que cobraban los ciclos combinados, en este último caso, a través de la llamada excepción ibérica. La semana previa a la invasión, el Congreso de los Diputados tumbó, con los votos de PP, Vox y Junts, un decreto que pretendía topar los precios de servicios esenciales en caso de situaciones excepcionales. Surgida tras los abusos de precios detectados a raíz del accidente de trenes de Adamuz, la norma podría servir para frenar el descontrol de los precios energéticos, según fuentes de la industria energética.

En 2022 la invasión de Ucrania desató una oleada inflacionista que Occidente no había experimentado en medio siglo. Forzó un cambio de percepción económica y política sobre el significado de la autonomía energética y sus interacciones con la geopolítica mundial. Sus efectos fueron mucho más allá de la economía y las finanzas. Apenas cuatro años después, el fantasma vuelve a asomar por la ventana.

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