VEINTISÉIS
Con Elsa, una fan enloquecida de Carlos Cay, conozco los placeres del éxito. Y sus desventuras. Quiere saberlo todo acerca de Cay. Pretende que le presente a mis viejos y a mi hermana y a mi sobrino (al viejo de Carlos Cay, en realidad, a su hermana, a su sobrino). Quiere visitar sus casas para ver si son como se las ha imaginado. Habla de ellas como de los Santos Lugares. Me presiona también para que confiese quién mató a Dedo. El asunto empieza a cargarme porque me pispo enseguida de que hay algo raro en ese interés, como si la tía fuera una demente. La idea no me mola, porque si ella está loca, igual mi obra completa, que tanto le gusta, es una mierda.
Un día se empeña en acompañarme al colegio de mi sobrino, para seguirle conmigo hasta la casa de mi hermana. Escondidos tras los coches, aguardamos hasta que aparece el crío. Ese es, digo. ¿El del plumas azul?, dice ella. Sí, digo yo, y noto que ocurre algo, no sé, como si el crío la hubiera decepcionado. Lo seguimos sin que nos vea hasta que llega a su casa y luego volvemos al subte. Elsa se sienta a mi izquierda y aunque yo no la veo más que con el rabillo del ojo, noto que ocurre algo grave. Hacemos todo el recorrido en silencio y al salir a la calle, en Gran Vía, dice: O estás loco o te estás quedando conmigo. ¿Y eso?, digo yo. Da la puta casualidad, dice ella, de que el crío al que hemos seguido es hijo de una prima mía que vive en ese barrio.
No tengo más cojones que confesarle que mi sobrino es una ficción
Entonces no tengo más cojones que confesarle que mi sobrino es una ficción, lo mismo que mi hermana y mis viejos (la hermana y los viejos de Carlos Cay, para ser exactos). Me los he inventado, digo, para que nadie descubra mi verdadera identidad. Pero si me dijiste que tus viejos te habían dejado de hablar por hacer públicas sus interioridades, dice ella. Eso formaba parte también de la ficción, digo yo. ¿Y el pez?, dice ella. Era un pez cualquiera, digo yo, lo tenía para motivarme. ¿Y vas todos los días a ese colegio para seguir al hijo de mi prima?, dice ella. Sí, todos los días, por la mañana y por la tarde, digo yo, pero no te apures que cambiaré de niño, y de colegio. Tú no eres Carlos Cay ni de lejos, dice ella, y además me das miedo, tío. Y se abre corriendo hacia Callao.

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