La radio, un respeto

Ayer tarde decía Juan José Millás en La ventana de la SER que cuando escuchaba a Carlos Llamas en la radio e iba en el coche deseaba que no acabara el viaje hasta que terminara Hora 25. Nos pasó a muchos; y muchísimos de ellos lo dijeron ayer, en la radio, en los taxis, en los bares, en las ciudades, en la soledad que él acompañó tantas veces, allí donde ayer hubo un ser humano que alguna vez le escuchó y se quedó pendiente de los gestos con los que se entregó al periodismo. En todas partes Carlos Llamas hizo vibrar un recuerdo, una admiración, una mano que dijo adiós contra el olvido. Llamas dirigió durante años un programa de radio que alguna vez ya se encarnó en su voz como una prolongación de su manera de entender la vida; decía Ernesto Guevara que había que endurecerse, pero nunca perder la ternura; Llamas fue, desde que le conocimos, en Radio El País, un hombre tierno y huidizo; el elogio, para él, se había hecho de una materia inflamable, y huía de él como alma que lleva el diablo; por eso siguió, ya en la cresta de la ola de la popularidad, siendo aquel chico que llegaba al periódico y entraba de lado; era una voz que permanecía en la sombra. Acaso eligió la sombra por su carácter y también porque la información se hace en la sombra. Él era un verdadero periodista; las luminarias le estorbaban, y los oyentes fueron su familia. Decía Millás que ese programa era mucho más potente que un serial televisivo; tenía ritmo, y el ritmo acentuaba la calidad del hombre que lo dirigía desde el silencio poblado del micrófono. En la inflexión de la voz estaba el espectáculo tranquilo, que permitía al radioyente asistir a un mundo terrible, contradictorio, paradójico que Llamas ordenaba. Su mujer, Pilar, decía ayer en el tanatorio que jamás se va a acostumbrar a su falta. José Hierro escribió que, antes, cuando moría un español se mutilaba el universo. Este universo que Llamas nos hizo estaría mutilado si no persistiera el ánimo de su recuerdo.
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