¡Manolo, guanyarem la Lliga!

Aunque igual resulta que con sus amigos era una persona habladora, o cuanto menos su gruesa ironía podía levantar la charla más banal, Manolo Vázquez Montalbán parecía un hombre de pocas palabras y de muchas letras. A cualquier petición respondía siempre con dos preguntas: "¿Para cuándo? Y ¿cuántas líneas?" Infatigable y muy cumplidor, escribía mucho y bien, deprisa y de lo que fuera menester, porque sabía tanto de Kubala como de Di Stéfano, de Maradona como de Cruyff, del Barça como del Madrid, de Gil como de Núñez, de Porta como de García, de Les Corts como del Camp Nou, de Franco como de Berlusconi, de Beckham como de Ronaldinho.
Lúcido y comprometido, su capacidad de análisis era tan precisa como agradecida. La previa más rutinaria cogía un vuelo extraordinario si se complementaba con un artículo de Manolo porque, puestos a dignificar el fútbol y la gastronomía cuando ni una cosa ni la otra estaban bien vistas en un escritor comunista, supo honrar incluso a uno de los más comunes de los nombres de pila. Fue el columnista perfecto para el editor, para el redactor jefe y para el lector. La firma le daba nobleza al diario, el texto aliviaba a la sección y el aficionado se sentía recompensado. Igual de fiable era contextualizando lo normal que lo excepcional.
Tocaba muchas teclas porque le interesaban varias cosas y sabía tanto de todo que sus artículos eran enriquecedores. No hacía distinciones entre una novela, un poema o un texto futbolístico, ni necesitaba utilizar seudónimos para diferenciarse o distanciarse, sino que simplemente cambiaba de ordenador y aplicaba la misma lógica, el rigor de siempre, el interés de cada día, la pasión y curiosidad que precisa el periodista. Manolo escribía para todas las secciones, y a partir de sus columnas, la gente de fútbol aprendía historia, la de política sabía de poesía y en cultura se hablaba de la copla y de restaurantes.
Uno de los mejores certificados de garantía para las páginas de deportes del diario fue durante mucho tiempo la rúbrica de Vázquez Montalbán, un barcelonista universal y, como tal, reconocido igualmente en Madrid y en Barcelona, en Milán y en Buenos Aires. No valían las dobles versiones porque practicaba un subjetivismo objetivable y ejerció la militancia culé desde el conocimiento, el criterio y, sobre todo, el sentido común. No había corresponsal extranjero que antes de iniciar su nota sobre el Barça no llamara al periódico para contactar con Manolo. Y él, siempre didáctico quizá porque era de formación precisamente más autodidacta que académica, no sólo respondía de acuerdo a las necesidades sino que daba el titular.
Lapidarias han sido la mayoría de sus definiciones, y pocas veces el nombre de Barça ha tenido tanta fuerza fuera del estadio como cuando presidió el célebre artículo que publicó en Triunfo: "Barça!, Barça!, Barça!". La onda expansiva liberó tanto a los militantes que temían ser dados de baja del partido por su afición al fútbol como a los escritores que no se atrevían a confesar su adicción al juego. ¿Y que era el Barcelona para Manolo? Muy bien podía ser "el desarmado ejército simbólico" de Cataluña. En cada época encontró una sentencia para explicar el momento del club, y si en su día apreció que "contra Núñez vivíamos mejor", esbozó una sonrisa cuando supo que el nuevo presidente "sabe construir oraciones compuestas".
Manolo fue el mejor y más célebre divulgador de la causa culé entendida como una liturgia laica, la religión de los no creyentes, un credo muy propio de uno de los mejores analistas de la sensibilidad de las izquierdas como le definió Antonio Franco. Puesto que era creíble, porque siempre decía la verdad, jamás se traicionó y traicionó a nadie y nunca practicó la adulación -la única concesión respecto al diario que se le conoce es cuando calificó a Santiago Segurola como el "profeta guardiolesco de EL PAÍS- supo explicar cómo nadie la carga ideológica que suponía militar en "més que un club". Borja de Riquer, uno de sus mejores amigos, le recordó en el homenaje celebrado en el Camp Nou con una frase brillantemente concisa y ajustada: "Ha sido el más leído, brillante y lúcido cronista del Barcelona".
Quizá porque supo razonar la irracionalidad del fútbol, tanto desde la épica como desde la estética, tuvo que aguantar ciertas miradas de desdén desde las alturas y de desprecio desde el sótano. A Manolo le dio igual, y en cualquier lugar del mundo siempre venció el miedo a ausentarse por un momento de la mesa para preguntar: "Què ha fet el Barça?" El resultado de su equipo era su cordón umbilical con la vida o, como decía, el síntoma de que aún conservaba cierta tensión energética. A todos cuantos nos contagió su gusto por el fenómeno del fútbol y su amor por el Barça, a quienes de alguna manera nos consuela releer sus textos para inspirarnos o ni que sea para mal copiarle, nos gustaría que hoy nos llamara para poder decirle: "¡Manolo, guanyarem la Lliga!".
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