Tela por cortar
El mercado textil mundial va a experimentar una convulsión a partir del 1 de enero, cuando, por decisión de la OMC, quede totalmente liberalizado y desaparezcan las cuotas de importación por bloques. Las cuotas funcionaban como barreras de protección; una vez desaparecidas, los mercados textiles nacionales se verán inundados por productos más baratos, procedentes de países que fabrican con costes de producción más bajos. Los cálculos de las asociaciones de empresas textiles españolas ofrecen un panorama tenebroso: el textil español perderá unos 72.000 empleos y la producción caerá en los próximos cinco años entre el 18% y el 20%. Lloverá sobre mojado porque este año desaparecerán unas 400 empresas como consecuencia de la pertinaz desindustrialización a que se ha visto sometido el sector durante los últimos diez años.
Cualquier proceso de liberalización acarrea un desplazamiento de la producción y, por consiguiente, del empleo hacia las zonas de producción con costes laborales o fiscales más bajos. Dada la capacidad tecnológica e industrial de la producción textil española, parece lógico descartar la histeria y aplicarse más bien a buscar soluciones pragmáticas. Una de ellas es deslocalizar la producción, es decir, mantener en España las actividades de dirección, diseño y marketing y trasladar la producción a otros países. Algunas empresas -pocas- han seguido este camino; otras, si quieren sobrevivir, tendrán que seguirlo en breve. Para mantener al menos la cuota de mercado, aunque se pierda empleo.
El quid de esta cuestión es la coordinación de actuaciones de la Administración y las empresas. Las ayudas directas y las autorizaciones para que las compañías suspendan durante tres meses los contratos son iniciativas adecuadas; pero deberían completarse con otras que aumenten el capital tecnológico y humano. Las crisis se salvan con iniciativas; y las de ámbito mundial requieren confianza y decisión de arriesgar.
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