El Castillo
K no es el agrimensor de Kafka pero va camino de ello. K es un estudiante en silla de ruedas del último curso de la enseñanza obligatoria en un instituto público de la capital del reino. K tiene que espabilar a marchas forzadas. El año que viene perderá todo tipo de ayudas y pasará a ser un estudiante invisible para la fortaleza de la Administración madrileña. Y por si no fuera poco, K, para ser más independiente, aguarda a ser operado a las puertas de un entramado burocrático exasperante. El ingreso depende de una lista de espera que se esconde en las profundidades del Castillo de doña Esperanza. Allí está K, esperando a ser llamado. Lo harán, en el mejor de los casos, a mitad de curso, rompiendo toda planificación. Pese a todo, K superará este curso.
Pero el año que viene K tendrá que valerse por sí mismo. Irá en el mejor de los casos al mismo instituto; ya sin ayudas, quizá por sus propios medios, sin auxiliares que le echen una mano, sin fisioterapeutas que le mantengan a raya sus contracturas, sin ATS. Todo eso desaparece al término de la enseñanza obligatoria. Así, de un plumazo.
No tiene sentido que un discapacitado tenga que superar tantos obstáculos añadidos para aprender; que en un instituto de integración admita profesorado insensible e ignorante. No tiene sentido que año tras año se empiece el curso en el instituto sin ATS y sin fisioterapeutas por la vileza de arañar unos días de contrato. No tiene sentido que el director del centro, como la etérea Inspección, nunca pueda hacer nada; que el departamento de orientación desoriente tanto e integre tan poco; que en ese instituto los estudiantes discapacitados no lleguen al bachillerato por trabas ajenas a su capacidad (el año pasado ¡ninguno! Este año, uno). No tiene sentido que una muchacha en silla de ruedas tenga que salir en la tele para tener ruta. Y tiene todo el sentido que a la Universidad sólo llegue el ridículo 3% de los discapacitados físicos. Inteligentes y maltrechas personas desamparadas en el tramo educativo anterior.
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