Nuevo revés en Bosnia
La ONU, Europa y Estados Unidos lamentan a coro el nuevo revés de su apuesta en Bosnia, cinco años después de una guerra atroz de más de 200.000 muertos. Los partidos ultranacionalistas y excluyentes son, una vez más, los vencedores de las elecciones múltiples -las terceras desde Dayton- al Parlamento de la federación de croatas y musulmanes y al de los serbios y su presidencia.El fracaso de la moderación es más relevante porque Bosnia es prácticamente un protectorado occidental, vigilado por 21.000 soldados de la OTAN, dirigido por un representante de poderes parecidos a los de un procónsul y mantenido económicamente a flote por unos 200.000 millones de pesetas anuales de la comunidad internacional. Hay, claro, ciertos progresos: emergen algunos políticos moderados, regresan más refugiados y la crispación va cediendo en el ambiente. Pero permanecen la hostilidad interétnica y la parálisis de la presidencia tripartita, y un día sí y otro también se destapa un nuevo caso de corrupción en las altas esferas de uno u otro de los partidos gobernantes.
Los comicios locales de la pasada primavera alentaron la ilusión de cambio, algo que desmienten ahora los resultados avanzados por la OSCE. Pese al esperanzador papel de los socialdemócratas, siguen siendo los partidos étnicos -el ultranacionalista musulmán SDA (del recién retirado Alia Izetbegovic), su homólogo croata HDZ (filial bosnia del fundado por el fallecido déspota Franjo Tudjman) y el serbio SDS (del fugitivo Radovan Karadzic)- los mayoritarios. El HDZ ha llegado a organizar, y ganar, el mismo día electoral un referéndum ilegal para crear un nuevo miniestado croata en Bosnia.
La república serbobosnia es el caso más espectacular. Mirko Sarovic, candidato del partido creado hace 10 años por el criminal de guerra Karadzic, parece haber ganado la presidencia en primera vuelta. Los suyos lo han celebrado ruidosamente en Pale hermanando fotografías de ambos. En las filas del SDS, impulsor del genocidio y opuesto a Dayton, abundan los autores de atrocidades sin cuento; no sólo siguen en libertad, sino que tienen poder en todos los niveles.
La cuestión primordial suscitada por las elecciones es conocer en qué momento los bosnios estarán en condiciones de dirigir pacíficamente sus propias vidas. Parece que será más tarde que pronto. A Sarajevo, Banja Luka o Mostar llegan con mucho retraso los ecos del mundo exterior: los del cambio democrático en Croacia o los de la caída de Milosevic. Europa y EE UU no han sido capaces, pese a sus poderes, de desentrañar la madeja de corrupción, tribalismo y patronazgo que impregna la política de la antigua república yugoslava, un entramado que pervierte el sentido y la dirección de una buena parte de la acción y la ayuda occidentales. Si los comicios recientes son un indicador, Bosnia tardará mucho tiempo en sustentarse sobre patrones civilizados.


























































