Intriga satisfecha
Quisiera agradecer públicamente al alcalde de Madrid, señor Álvarez del Manzano, la ocasión que me ha proporcionado de entender algo que me intrigaba desde hacía tiempo: el atractivo del nacionalismo, sus aspectos benéficos. Había oído, e incluso repetido, que los nacionalismos son sentimientos atávicos, intolerantes y peligrosos. Pero ahora he comprendido que también pueden servir para sentir orgullo por la comunidad humana a la que uno pertenece por nacimiento o adopción y para venerar los vestigios del pasado colectivo. Me refiero, por si el alcalde aludido no lo entiende, a la destrucción fulminante -que él ha ordenado o consentido- de los restos del Alcázar de los Austrias y de la adjunta Casa del Tesoro. Una cosa como ésta, sencillamente, no hubiera ocurrido en Barcelona. Quizá debido a un culto excesivo hacia una historia idealizada o incluso abiertamente deformada, pero el caso es que no hubiera ocurrido.Desgraciadamente, en este caso se ha cumplido aquello de "la letra con sangre entra". He aprendido, pero me ha dolido lo que han hecho. Y lamento tener que añadir que mi más ferviente deseo en este momento es que los electores paguen al señor Álvarez del Manzano y su equipo en la única moneda que ellos probablemente sin duda conservan: echándoles de sus cargos en las próximas elecciones. Ello sería un indicio de que los madrileños poseen algún sentimiento de identidad colectiva, algo de conciencia histórica nacional, en el mejor de los sentidos de este término.
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