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Cartas al director

ETA en Madrid

Es muy distinto ver por televisión las imágenes de un atentado terrorista cómodamente sentada en el sillón de tu casa a presenciarlo en directo, bajo una lluvia de cristales rotos, paralizada por el miedo, entre gritos, fuego y sangre.Sin embargo, yo no lo he sabido realmente hasta que el pasado día 29 de julio el brutal atentado perpretado por ETA en la plaza de Ramales me sorprendió caminando por la calle de Santiago.

Es imposible que algún día pueda olvidar las escenas de dolor, rabia e impotencia que, en cuestión de minutos, se sucedieron.

A la estremecedora explosión siguió un silencio aún más aterrador, roto tan sólo por las quejas y lamentos de los heridos, y por los llantos de los que, como yo, nos habíamos convertido en observadores de aquel infierno.

Afortunadamente, como por arte de magia, empezaron a llegar coches patrulla, bomberos, ambulancias del SAMUR y hasta un helicóptero.

En un corto espacio de tiempo la situación parecía estar bajo control: la zona había quedado acordonada y, sobre todo, se había socorrido a los heridos y se les había trasladado al hospital.

Pero nadie ni nada podría devolverle la vida a las tres víctimas mortales de esta nueva matanza absurda. De nada servían ya los sofisticados equipos de auxilio que traían las ambulancias. Ni siquiera las lágrimas de aquel joven enfermo de chaleco amarillo que lloraba desconsolado, de impotencia.

Un interrogante flotaba en el ambiente... "¿Hasta cuándo?".-

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