Escenas de hospital
Si es duro para un familiar el episodio que voy a referir, tiene que resultar insufrible para un enfermo, que lucha contra la muerte. En la tarde del primer día de este año acudí al ho9pital Princesa Sofía, de León, con la ilusión de visitar a un familiar que, durante una semana, se había aferrado a la vida mediante una máquina que respiraba por él.Cuando llegué a dicho hospital, una persona con pijama azul se había arrojado por la ventana, lo cual me produjo el lógico pavor, a la vez que alguna estremecedora sospecha, y la indignación de pensar que la falta de previsión o de vigilancia pueda desembocar en tan dramáticos acontecimientos.
Ya en la habitación, saludo a mi familiar y a sus compañeros,. uno de los cuales se puso tan grave que impedía descansar a, los demás. Solicité entonces cualquier solución al personal sanitario; por ejemplo, el traslado del enfermo grave a otra habitación. Se me indicó que no, era posible, que no había sitio. Mas he aquí que, poco después, ocurre lo mismo en una habitación cercana,. y unas señoras, "de muy buena apariencia" en apreciación de cierto testigo, sí lograron el traslado de un enfermo grave, lo cual nos hizo
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preguntamos sobre posibless discriminaciones.
Al día siguiente, otro de los enfermos de la habitación de mi familiar empeoró tanto que solicitó los servicios de un sacerdote. Yo, que no soy creyente, respeto las creencias de los demás. Entiendo, no obstante, que no debe montarse el, para mí, mitin de sacramentos, letanías, oraciones lúgubres e inventos de meter miedo ante la situación de un hombre en estado terminal que montaron el sacerdote y los parientes del enfermo y que obligaba en cierto modo a rezar padrenuestros de mala gana al resto de los enfermos, pese a que los visitantes tratábamos de distraerles hablándoles de ciclismo, de toros, etcétera.
Rogué que aislaran al enfermo tan grave en otra habitación para realizar esas ceremonias cristianas de agonizantes -que insisto, respeto profrundamente a pesar de que no las comparto-, pero me dijeron con desaire que se estaba haciendo lo normal, si bien en esta ocasión logré que un biombo evitase episodios tan amargos a los otros pacientes internados. Antes de que transcurrieran 24 horas falleció, por desgracia, el enfermo al que acabo de aludir. Las bendiciones, arreglos y limpieza se llevaron a cabo, sin embargo, ante los espectadores de siempre. Protesté de nuevo y quizás no debí hacerlo, porque en el espacio del enfermo desaparecido situaron a dos más. Por mi profesión de reportero gráfico he cubierto informaciones de atentados, accidentes, catástrofes, conflictos bélicos -bien recientemente he estado en la guerra de la antigua Yugoslavia-, y pensé que estaba de vuelta de casi todo, que no me quedaban escenas fuertes que ver. Pues bien, he de confesar que estaba equivocado: las escenas del hospital Princesa Sofía, de León, son más fuertes todavía y me obligan a seguir aprendiendo. No le deseo a nadie esas escenas.
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