Sabalenka se redime por partida doble: por fin Indian Wells y ante su azote reciente, Rybakina
La número uno remonta una emocionante final en la que la kazaja, vencedora este año en Australia, dispuso de bola de partido en el desempate: 3-6, 6-3 y 7-6(6)


Sonríe Aryna Sabalenka, la tenista de la mirada felina y, por fin, con el prestigioso trofeo de Indian Wells entre las manos. Le cuesta sangre, sudor y lágrimas, pero finalmente lo consigue. Así que de un plumazo, logra una doble redención: se corona en el desierto de California y, a la vez, lo hace frente a Elena Rybakina, una rival que se ha convertido en un quebradero de cabeza para ella, la número uno, capaz de sostenerse sobre el alambre, primero, y de levantar un punto de partido en el desempate final: 3-6, 6-3 y 7-6(6), tras 2h 31m. Lo quería y lo tiene, como casi todo lo que se propone la vencedora. Tenía una deuda pendiente y se lo cobra a lo grande. Vibrante el desenlace.
Ha sido un episodio cuesta arriba, obligada a remontar y expuesta en el tramo final a una situación límite. Sin embargo, esta vez consigue mantener el tipo, no dejarse arrastrar por ese deseo tan legítimo como a veces penalizador, y triunfa en un escenario que se le resistía. Le sorprendió hace un año la joven Mirra Andreeva y en 2023 le arrebató la gloria precisamente Rybakina, la misma que le negó el título maestro en noviembre (Riad) y que dos meses después también la condujo a la amargura en Melbourne. En esta ocasión, sin embargo, su reacción va en la dirección correcta y canaliza bien las emociones en el instante decisivo, cuando estaba contra las cuerdas. Ahí, grandeza.
Con el premio en la mano, mete la cabeza en la nevera porque esa mente es poderosa y a la vez un hervidero de pasión. De ambición. Son ya 23 títulos para ella, otro mil en el bolsillo y otro marco de postín desbloqueado. Todo lo quiere y a todo apunta. Ahora, un buen desquite tras la decepción en Australia y una buena forma de repetir que aquí manda ella, por las buenas o a las bravas. Ciclotímica y emocionante esta final tan pareja, en la que lógicamente predomina el vértigo y definida sobre la línea de meta: un pulgar le concede la victoria a la bielorrusa, más que afianzada en la cumbre —3.200 puntos de renta sobre la segunda— y dispuesta a defender lo suyo. Rybakina la persigue, pero hasta ahí, viene a decirle.

Llega un momento en el que Sabalenka, por dentro a mil por hora, no puede más. Imposible disimular, así que profiere un grito con intenciones liberatorias porque la cosa continúa complicándose y Rybakina, témpano entre los témpanos, no ofrece el más mínimo signo de aflojar. Una y otra van a lo suyo, pero por caminos radicalmente distintos. La bielorrusa estalla, después estrella la raqueta contra el asfalto y expulsa al final toda la tensión que se ha concentrado en su interior; en paralelo, la kazaja, siempre imperturbable, sigue descerrajando tiros por un costado y otro sin inmutarse, como quien en vez de estar disputando una final estuviera en un entrenamiento.
‘Aces’ y violencia
Son dos tenistas totalmente antagónicas en el fondo, que no en la forma. Porque, al fin y al cabo, les une una misma característica: ambas son muy buenas en lo suyo. Disfrutan reventando la bola. Una vez que abandonan esa zona de confort se les ven las costuras, pero en lo que a tiros se refiere, son las mejores especialistas del circuito. No hay brazos más poderosos ni palancas más eficientes, de modo que han ido adueñándose del presente; del otoño aquí, las dos han ido jugándose los bocados más jugosos en ese tuya o mía que ha viajado de Riad a Melbourne, y de Australia a California. Sea cual sea el escenario, estacazos de todos los colores y una sobredosis de vértigo.

No se sale del guion tampoco este último cruce, en el que Rybakina se ha adjudicado el primer set y la número uno empieza a partir de entonces a jugar otro partido porque, de continuar por esos derroteros, el desenlace parece claro. Durante un buen rato, Sabalenka compite con el agua al cuello, a tirones, tropezándose y rehaciéndose. Todo lo exterioriza. Gritos y más gritos, cual si fuera un altavoz. Pura furia. En contraste, la kazaja gestiona la situación en un profundo silencio, como un eléctrico japonés. Ladrona de guante blanco. Entre una y otra, el denominador común de la violencia en el golpeo y la costumbre de llevar la iniciativa. Sabalenka equilibra por fin el marcador.
Se revuelve la de Minsk, lo pelea y una vez inclinado el terreno a su favor, lo defiende. Y eso que el instinto le puede varias veces. Cuando el guion le exige meter bolas dentro, cabeza templada, otra vez se apresura. Empuja Rybakina con el mazo, logra ésta el break salvador (para 5-5) y a continuación es la kazaja la que debe rebelarse para escapar de las llamas. Salva hasta cinco puntos de rotura y se oye el chirrido de los dientes de la rival, entre juramentos pero compacta. Esta vez, el ímpetu la catapulta, no la traba. Y con semejantes fusiles, lluvia de aces: 10 de un lado, 12 del otro. Al desempate, Rybakina tiene a tiro el premio con el 6-4 y servicio a su favor, pero no acierta. Es el día de otra afortunada: merecidamente Sabalenka.
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