Medvevev priva a Alcaraz de la final de Indian Wells
El ruso corta la racha triunfal del número uno, que dispuso de dos bolas de set en el segundo parcial: 6-3 y 7-6(3). Chocará en la final del domingo con Sinner


Quizá tenía que ser él, Daniil Medvedev. Un tenista complejo y verdaderamente difícil de entender, capaz de lo mejor y lo peor; en su día una amenaza real para los gigantes y desde hace tiempo dando tumbos, desnortado, decadente. Quién sabe si finiquitado. En cualquier caso, eternamente imprevisible. Así que del mismo modo que se extravió y fue perdiendo todo el color, alcanzada ya la treintena y resignado ante la llegada de la última ola, vuelve ahora al primer plano con un triunfo que le conduce a la final del Masters 1000 de Indian Wells después de una señora campanada. Él es quien pone fin a la secuencia triunfal de Carlos Alcaraz y quien acaba con su imbatibilidad: 6-3 y 7-6(3), en 1h 37m.
Después de dos títulos (Open de Australia y Doha) y 16 victorias enlazadas, hasta 34 sobre pista dura y al aire libre, al murciano no le queda otra que reconocer y aplaudir. No ha sido su mejor día, pero eso no resta un ápice de mérito a la soberbia actuación del ruso, al que había derrotado en las finales de 2023 y 2024, pero que venía jugando estos días un tenis estupendo, racional y coherente. Sin estridencias ni ceder un solo set. Más allá de la fachada y el largo historial, suele hablar Medvedev con franqueza y sus palabras no debían caer en saque roto: bolas distintas y pista más rápida esta vez. Luego… “Creo que estoy ante una gran oportunidad”, advertía. Y así es. Salió de la cueva. Volvió.
Será él, por tanto, quien se enfrente este domingo en el epílogo (22.00, Movistar+) a Jannik Sinner, superior en el turno previo a Alexander Zverev (6-2 y 6-4, en 1h 23m). No habrá clásico, pues. Se pregunta el tenis desde hace un par de años quién demonios puede hacer frente a los dos últimos colosos y todavía no parece haber respuesta. Nadie rebate con el suficiente fundamento ni hay alternativas. Sin embargo, Medvedev asoma en forma de relámpago. Ese elenco de saques, reveses y golpes perfectamente orquestados terminan negándole a Alcaraz, quien rápidamente percibe que lo de esta vez va a ser complicado. Ahí enfrente hay uno que va a por él: “Y no estoy tocando bien la pelota…”.
El ruso, montado sobre la bola, abre ángulos y despide tiros con todo el criterio del mundo, como el metrónomo que un día fue. Y él, accidentado porque ha perdido una zapatilla al ir a hacer el apoyo, repele y aguarda a que llegue el momento de poder darle la vuelta a la historia. Se abre la ventana en el segundo parcial. Está Alcaraz todo el rato incómodo, pero araña un break que le sabe a gloria, en realidad pasajera porque de inmediato hay réplica y más adelante, cuando parecía que ahora sí, que por fin lo tenía, su derecha (raro) sigue desafinada —serán 28 errores no forzados al final, 23 con el drive— y las dos bolas de set terminan yéndose al garete. No hay escapatoria. No habrá retorno.
El desempate no deja de ser un fiel reflejo del estado de ánimo de casi todo el partido. Intenta animarse el español, pero no termina de creérselo. En muchas fases va a remolque. “Depende de ti que no te gane”, intenta tranquilizarle su entrenador, Samuel López. “¡Suéltate! Ya sé que es difícil…”. No hay, sin embargo, fotograma más expresivo que el de Alcaraz apoyándose sobre sus rodillas, jadeando y tratando de recuperar el aliento. Rara vez se le ve así. Le cae el warning. Lo necesitaba. Tralla y más tralla por parte de Medvedev, finalmente convertido en cepo y de regreso en el top-10. El efecto Johansson, su nuevo preparador. La rectitud de un sueco. Nadie ha ganado más partidos que él (18) en 2026.
Este Daniil es otro. O el de antes, vaya. El primigenio. El bueno. Aquel que apareció hace siete años en forma de muralla y con brazos y piernas para dar y regalar. Difícilmente sorteable. Que se lo pregunten a Rafael Nadal, fundido tras aquella noche de Nueva York, 2019; final feliz para él, pero sencillamente no podía caminar. Así se las gastaba el ruso. Así que nada que ver este tenista serio, estructurado, recto y lineal de hoy con ese otro quejoso, disperso, trabado y tendente a los cortocircuitos que seguramente tocó fondo en agosto, durante el US Open, cuando protagonizó un espectáculo bochornoso. “Y en mi cabeza habría hecho algo peor, pero no puedo. Hay reglas…”. Él progresa.
Antes, bajo el duro sol y los 33 grados del mediodía, Sinner le pega duro a la bola, reverdece y se reanima. Contenido siempre, el italiano estruja el puño y celebra el pase a la final, la primera que disputará en el desierto californiano; exactamente, el lugar en el que comenzó su calvario, cuando hace dos años salió a la luz el positivo por clostebol que finalmente, al considerarse que no hubo intencionalidad, quedaría reducido a tan solo tres meses de suspensión. Aquel Sinner de entonces se quedó en la penúltima estación, rendido por Alcaraz, y el de ahora intenta remontar el vuelo después de un inicio de curso dubitativoque ahora tal vez pueda enderezar. Enfrente, Zverev se diluye sin remedio.
En apenas 1h 23m, Sinner cierra otro episodio que corrobora lo que en realidad ya se sabe: que por mucho que él o el español puedan estar mejor o peor, más o menos inspirados, hoy día se han quedado solos. Así que mero trámite. Tiene el de Hamburgo —29 años el próximo mes— el anhelo de tutearles de verdad e intentar meter de alguna forma los codos para probar por fin las mieles de un grande, pero visto lo visto no parece que esté cerca. Al revés, conforme avanzan las fechas crece la sensación de que cada día está un poco más lejos y de que su fe se resiente. Después de un primer set insustancial por su parte, se le agotan repentinamente las fuerzas en los instantes clave del segundo.
Simple y mera impotencia que constata un dato demoledor: Zverev ha perdido los once últimos encuentros frente a jugadores con un ranking superior; diez de ellos contra Alcaraz y Sinner, lógicamente, y otro frente a Medvedev. En definitiva, un nuevo baño de realidad para un eterno aspirante que no termina de encontrar el camino que desea, o que más bien se estrella una y otra vez. En contraste, Sinner continúa puliendo la maquinaria e intentando reunir argumentos para contrarrestar la dinámica reciente del español. Comparecerá el italiano en el desenlace del torneo con sensaciones renovadas, o al menos más positivas. Al otro lado, sin embargo, no estará el azote habitual.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































