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el juego infinito
Opinión

Una pared, un caño, un sombrero: las cosas del fútbol

Frente a la fiesta de la mediocridad del nuevo fútbol, celebro las malicias de barrio, a las que estoy más atento que a los planes de cualquier entrenador

Real Madrid's Luis Figo (r) battles with Boca Juniors' Juan Roman Riquelme (l) (Photo by Neal Simpson/EMPICS via Getty Images)Neal Simpson - EMPICS (PA Images via Getty Images)

Una pared, un caño, un sombrero o una bicicleta son objetos ordinarios que tienen una sólida, e inesperada, reputación futbolística. Metáforas que representan virguerías del juego. Estoy más atento a esas cosas que a los planes del entrenador. Frente a la fiesta de la mediocridad del nuevo fútbol, celebro estas malicias de barrio.

La pared, cuando jugábamos en la calle, no se trataba de ninguna fantasía. Nos apoyábamos en una pared de verdad para eliminar a un rival haciéndole un dos, uno. La pared era un compañero eventual que devolvía la pelota: “El wing que mejor la toca”, dijo el poeta. El reglamento callejero lo autorizaba. En una cancha de verdad, la pared se hace metáfora en un compañero. El que trae la pelota la propone y el otro la devuelve. Las hay largas como contragolpes y cortitas como una conversación. Solo se puede contrarrestar chocando al que la tira para interrumpir su carrera, solución antirreglamentaria que ya no atienden ni los árbitros. Cuentan que Pelé tiraba paredes con los rivales. Les lanzaba el balón a las piernas y, antes de que el pobre tipo pudiera reaccionar, recogía el rebote. Una pared prepotente. Estos genios no respetan nada.

Luego está el caño, que consiste en pasar la pelota entre las piernas del rival: “Ponete una sotana”, decíamos de chicos cuando el caño era un éxito, para subrayar el efecto (y la afrenta). El caño deja a la víctima sin respuesta física y con una carga humillante que no es fácil superar. Poca broma: hablamos de un atravesamiento del cuerpo sin tocarlo. Una violación amable de ese espacio que el rival regala involuntariamente y que hay que saber hacer útil con una sutil astucia. En cuanto al autor, le quedará una misteriosa sensación de orgullo que la tribuna sabrá respaldar con un “oleeeeee”. El que mete un caño se creerá, por un ratito, un aristócrata del fútbol. Siempre y cuando no lo tire en su propia área y lo falle. Pero seamos sinceros, salvo para el pobre tipo que lo sufre, es lindo el caño.

Lo siguiente es más sofisticado. Para hacer un sombrero, hace falta que la pelota esté en el aire y le saque la lengua al rival cuando pasa por encima de su cabeza. Un caño o una pared se pueden planear, un sombrero no. Lujoso recurso. Se ve cada vez menos porque la elevación y posterior aterrizaje necesita de un espacio y en el fútbol cada día escasea más. Pero por puro virtuosismo, es una escarapela en el pecho de quien lo hace. Cuando la pelota vuelve al pie, hay que levantar la cabeza y seguir con cierta distinción, como sin darle importancia a lo que acabara de ocurrir. Si el rival se ofende, que se dedique a otra cosa. O que espabile. El fútbol también es una provocación que busca sacar ventaja y deja huellas psicológicas. Se conocen depresiones por caños o sombreros.

Llegamos a la bicicleta. Para su ejecución, el futbolista necesita hacer con las piernas lo que un trilero con las manos: nada por aquí, nada por allá. Solo que en vez de levantar el cubilete para descubrir que no está la bolita, se pasa un pie por delante del balón para descubrir que no lo toca y salir por el lado contrario. Puede ser simple, pero doble es más bicicleta porque remite a las dos ruedas. A partir de la triple es una grosería. Se trata de un regate con su correspondiente amague previo y, en la acción, hay que convocar a la habilidad, el engaño, el equilibrio y la salida rápida.

Al fútbol de verdad.

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