Cristiano Ronaldo y las ‘cristianadas’
El futbolista ya no cabe en ninguna casa, en ningún vestuario y en ninguna liga que no haya sido diseñada a su medida


La naturaleza de los problemas que parecen agobiar a Cristiano Ronaldo en los últimos tiempos la resumió muy bien su actual pareja en la primera temporada de Yo soy Georgina. “Estos muebles son demasiado grandes y no caben en cualquier casa: no puedo poner esto en Wallapop”, se lamentaba la española en plena reforma de la casa que el futbolista tiene en una exclusiva urbanización madrileña. Los cuentos de hadas se enfrentan a los mismos problemas que las vidas más corrientes, al menos desde su punto de vista, y así es como suele comenzar cualquier travesía emocional en el siempre pantanoso terreno de las cristianadas. “Es una persona como tú o como yo”, nos explicaba Georgina antes de perder cobertura. “¡Siempre con el wifi de los cojones, cuatro routers en casa para esto!”.
Las cristianadas, como la energía, no se crean ni se destruyen: se transforman. Siempre han estado ahí, aunque en sus días más gloriosos como futbolista aparecían difuminadas entre tanto talento. En no pocas ocasiones le vimos desesperarse ante el gol de un compañero, como si los tantos que no llevan su firma no subieran al marcador, y en los últimos años no ha hecho más que redoblar su apuesta por esa concepción monoteísta del fútbol. Espoleado por la pleitesía —interesada, pero pleitesía— que parecen rendirle los mandamases de la Liga Profesional Saudí, las cristianadas ya no se circunscriben tan solo al ámbito del terreno de juego, ni siquiera al de su propio club, sino que se extienden al ecosistema global del campeonato. Este mismo lunes, disconforme con el fichaje de Karim Benzema por Al Hilal, el portugués exportaba a Oriente Medio su particular versión del derecho a la huelga y se negaba a jugar contra el Al Riyadh, una nueva conquista en su cruzada unipersonal contra todo lo que no sean los intereses de la nación soberana de Cristiano Ronaldo.
En términos de madurez, se observa en su carrera un retroceso asombroso que solo encuentra parangón en El curioso caso de Benjamin Button. Poco o nada queda de aquel muchacho que abandonó Madeira rumbo a la Península para perseguir sus sueños y poner orden en casa, el cabeza de familia a una edad donde lo normal sería pedir la paga de los viernes y dedicar el fin de semana a trastear con los amigos. Tampoco con el Ronaldo que se fue a Mánchester recién cumplida la mayoría de edad y aterrizó en Madrid convertido en una estrella fulgurante del fútbol mundial. “Ahí fue donde se jodió el Perú”, podría afirmar cualquier estudioso de la cristianología sin temor a equivocarse. Porque si Georgina puede presumir en Netflix de la georginalogía, que es su capacidad para conocer el sexo de los bebés sin necesidad de analíticas o ecografías, también debería poder hacerlo su prometido con la ciencia encargada del estudio de las cristianadas.
Quizá el verdadero problema nunca fueron los muebles ni el wifi, sino el tamaño del personaje, que se ha ido agigantando a medida que se apagaba el futbolista. Cristiano ya no cabe en ninguna casa, en ningún vestuario y en ninguna liga que no haya sido diseñada a su medida. Demasiado grande para convivir, demasiado frágil para compartir. Por eso berrea, patalea, se borra y hasta funda repúblicas independientes que se reúnen con Donald Trump en la Casa Blanca. Y así, entre cristianadas y divanes XXL, es como uno de los mejores futbolistas de la historia se va quedando sin fútbol, que es la única habitación donde, alguna vez, solo quizá, no necesitó que todo girase a su alrededor.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.




























































