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El extraño caso de Ter Stegen: cuando un futbolista prioriza la conciliación familiar

El portero alemán, con el Mundial a la vista, necesitaba un equipo en el que jugar sin perder cercanía con sus hijos

Ter Stegen

Hay una escena que se repetía: un niño salía del colegio y en la puerta lo esperaba su abuelo. Llevaba un pastelito, el mismo de siempre, comprado en la pastelería de siempre, en el barrio de Rheydt, al sur de Mönchengladbach. El viaje hasta donde entrenaba la cantera del Borussia duraba cerca de 10 minutos. Así eran las tardes entre Marc-André Ter Stegen y su abuelo, Opa, como lo llama. “Me llevaba a los entrenamientos, en los días soleados y también en los más duros. Nunca falló. Él fue mi figura paterna: siempre discreto, sin hacer ruido… pero presente, constante, cariñoso. Y para mí, ese fue el camino correcto”, recuerda el portero alemán.

La unión entre ambos siempre fue emocional, nunca económica. De hecho, cuando lo visitaba en Barcelona, su abuelo buscaba el vuelo de línea más barato. Se lo pagaba él. El abuelo de Ter Stegen estuvo presente durante toda su infancia y siguió acompañándolo en la etapa adulta. También ejerció de puente en la adolescencia, una etapa clave para los futbolistas jóvenes. “Mi abuelo, mi madre y mi padrastro estuvieron muy pendientes cuando tuve que elegir al representante correcto. Tenía 15 años. No podía tomar una decisión así”.

Ter Stegen acostumbra a hablar de su madre —“Fue todo para mí”, explica—, de su padrastro y, por supuesto, de su abuelo. Nunca, en cambio, mencionaba a su padre. Y, cuando se preguntaba al Barça por ese silencio, la respuesta era calcada: “No habla del tema”. Pero algo cambió. Esencialmente desde que nacieron sus hijos: Ben (2019) y Tom (2024).

“Mi padre me abandonó cuando yo tenía apenas 10 años… Nunca volví a verlo”, reveló. “Y aunque suene duro decirlo, no tengo ese vacío que muchos sentirían. No se puede echar de menos lo que nunca se tuvo. Esa ausencia, en lugar de hacerme daño, me hizo valorar aún más lo que sí tenía cerca: a mi madre”.

Ter Stegen no habla con rencor, tampoco con rabia. El pasado sí se le presenta como una lección: “Mi mayor sueño no tiene nada que ver con el fútbol. Quiero ver a mis hijos crecer y convertirse en quienes quieran ser. Eso es lo más grande que podría desear: verlos felices, libres y realizados… como lo fui yo en mi infancia, rodeado de amor verdadero y de personas que nunca soltaron mi mano”.

Entre la cercanía de su abuelo y la distancia de su padre está el presente de Ter Stegen: el Girona.

El pasado verano empezó torcido para Ter Stegen. En realidad, fue un año complejo para el portero, tanto a nivel emocional como profesional. Primero se separó de su mujer y la madre de sus hijos. Ella dejó de vivir en la casa familiar de Castelldefels y se mudó a Barcelona. Él, para estar cerca de sus hijos, mientras le terminaban su nueva casa en Pedralbes, vivió de forma transitoria en el hotel Sofía. Después llegó la rotura del tendón rotuliano.

Fue a partir de la lesión cuando la tensión con el Barça se disparó. En el club comenzaron a dudar de él, justo cuando el portero empezaba a cobrar el dinero que había aplazado en la última renovación (2023) para ayudar al club con el fair-play financiero. En la dirección deportiva creían haber encontrado una solución: fichar a Joan García y forzar la salida de Ter Stegen. Era, en principio, una doble ventaja: se contrataba al mejor portero de LaLiga y liberaba uno de los salarios (sueldo más deuda) más altos.

Pero Ter Stegen no quería saber nada de mudarse de Barcelona. ¿El motivo? El mismo silencio que había guardado durante años en relación con su padre se había convertido ahora en un grito en su relación con sus hijos: no quería alejarse de ellos.

De arranque, no le inquietaba la llegada de Joan García. Creía que, si se quedaba en Barcelona, además de poder cobrar la totalidad de su salario —no había club en Europa que pudiera permitirse la cantidad que, en total, con sueldo más aplazamientos, le debía el Barça—, podía competir de igual a igual. En el pasado ya había salido airoso de situaciones similares. Tampoco lo asustó su enfrentamiento con el club por los plazos de recuperación de la lesión de espalda.

Su kriptonita, sin embargo, siempre había sido Neuer en la portería de la selección alemana. Y esa era su cuenta pendiente. Ahora que el portero del Bayern estaba fuera de la selección, no podía perder continuidad para jugar el Mundial. Así se lo había advertido Julian Nagelsmann: “Tiene que jugar”, expuso el seleccionador. Entonces, Ter Stegen supo que tenía que encontrar equipo y encontrarlo cerca de sus hijos: no había mejor opción que el Girona.

El Barcelona celebró la posibilidad. “No nos conviene tener una leyenda en el banquillo. Es un escaparate que nos favorece a todos”. También lo hizo Míchel, confirmó su inscripción, pero no su presencia en la portería frente al Getafe (21.00): “Es top, nos hará mejores”. Y, por supuesto, el propio Ter Stegen: “La despedida del Barça ha sido dura, me cuesta hablar de ello. Respeto al máximo lo que ha hecho Gazzaniga en este club, pero vengo con la intención de jugar y competir”.

Ter Stegen encuentra refugio. Y lo hace sin renunciar a su conciliación familiar. Puede parecer una decisión extraña en un futbolista profesional, pero en su cabeza la escena que se repite es la misma de siempre: ahora es él —y no su abuelo— quien espera a sus hijos a la salida del colegio.

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