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Brahim Díaz rompe el molde en la Copa de África de Marruecos

El atacante del Madrid, máximo goleador del torneo, se enfrenta a Nigeria en una semifinal que puede proyectarle a otra dimensión futbolística

Brahim Díaz practica su famosa celebración tras marcar ante Camerún.

“Soy un chico simple”, dijo una vez, puesto a autoexaminar el origen de su decisión de adoptar la nacionalidad deportiva de Marruecos para alistarse definitivamente en su selección. Hoy el rostro de Brahim Díaz, infantil y transparente, cubre los carteles, las marquesinas, las pantallas publicitarias de todos los rincones de Rabat. Su imagen de niño providencial confirma su confesión. No hay vuelta de hoja en la personalidad de este malagueño de 26 años que se enfundó la camiseta del país de su padre, el melillense Sufiel Abdelkader, por la sencilla razón de que el ataque del equipo del país de su madre, Patricia Díaz, estaba superpoblado y en su club no gozaba de condiciones para opositar rápido y de manera efectiva. Estancado como estaba en el banquillo del Madrid desde hace dos años, sin que la presencia de Rodrygo, Güler, Bellingham, Vinicius y Mbappé en los equipos titulares le permitiera un mínimo de continuidad, su carrera necesitaba un impacto. Un giro radical que le pusiera en el centro del escenario. Sin vuelta atrás. Sin posibilidad de apelación.

La Copa de África que se celebra en Marruecos fue el experimento definitivo. Walid Regragui, el seleccionador, fue el hombre que hace años detectó que detrás del niño simple podía esconderse un jugador de gran sofisticación. Poco a poco, después de convencerle de renunciar a España, el entrenador le ha empujado a dar el gran salto. Con consecuencias impresionantes. Cinco tantos en cinco partidos y un ramillete de acciones desequilibrantes con valor gol sitúan a Brahim como el jugador más influyente en lo que va de campeonato. Esta noche en Rabat (21.00 horas, Movistar+) se enfrentará a Nigeria por una plaza en la final del domingo y el derecho a reclamar el trono de África por encima de Victor Osimhen, Mohamed Salah y Sadio Mané.

Brahim no reemplaza a cualquiera. Hereda el extremo derecha de que ocupó Ziyech, exatacante del Ajax y el Chelsea. Da igual. Marcha hacia la semifinal al borde de la santificación. Junto con Hakimi, Munir y Saibari, forma parte del grupo de jugadores nacidos en España que se han convertido en el eje del equipo de Marruecos. Hablan el árabe con dificultades pero los hinchas marroquíes les han adoptado de manera instantánea. El escritor Tahar Ben Jelloun lo explica en la revista Le 360: “La diáspora marroquí es, en esencia, un tesoro, un activo que necesitaba ser nutrido e invitado a formar parte de una selección nacional de alta calidad, digna de competir en partidos internacionales. Estos hijos de la emigración son una bendición para el país. Aunque hayan nacido en España o los Países Bajos, llevan a Marruecos en el corazón y están deseosos de celebrarlo con la gracia y la inteligencia de un estilo de juego apasionado e inventivo”.

Hace falta creatividad y mucho carácter para liberar a Marruecos de los complejos ancestrales que pesan sobre su selección de fútbol. El equipo solo alcanzó dos finales de la Copa de África: 1976, con victoria, y 2004, con derrota. Regragui, nacido en Francia de padres marroquíes, es el arquitecto de la empresa. Después de alcanzar las semifinales del Mundial de Qatar, la federación y los medios locales le impusieron la Copa de África como única vía para evitar el fracaso. La hinchada proyecta sobre el equipo el afán de prosperidad y modernidad de toda una nación. “Marruecos es así”, dice Regragui, resignado a la neurosis colectiva que ha producido el éxito deportivo en la sociedad. Para traducir esa energía en una fórmula efectiva de competición cuenta con buenos jugadores. El primero, Brahim.

“Con nadie he sido más duro en este grupo que con Brahim”, dice Regragui; “porque sé de lo que es capaz y sé que puede ofrecer más. He viajado mucho a Madrid para mostrarle vídeos. Ahora comienza a comprender que cuando está más cerca del área puede permitir que surja su talento, pero que debe arriesgar menos cuando se aleja de la portería porque las pérdidas nos ponen en peligro. Para ganar un torneo como la CAN hace falta un jugador que haga la diferencia y Brahim forma parte de esta cuota”.

Regragui asegura que la transformación de Brahim de mediapunta regateador a jugador total es obra suya. Sea como fuere, contra Camerún el futbolista exhibió rasgos de una madurez admirable. Su sentido del tiempo, preciso para decidir cuándo jugar fácil y cuándo girarse y encarar, fueron el síntoma más patente de su evolución. A sus conducciones mercuriales añadió constancia, bravura, afán de profundidad con y sin balón, y generosidad para estar siempre dispuesto a ayudar a sus compañeros en cada una de las secuencias del juego. No hubo maniobra en la que la hinchada le descubriera como un mero espectador. Aunque la pelota estuviera en la otra punta del campo, él quería participar y se hacía sentir.

Cinco goles en cinco partidos

“Lo que me gusta no es solo que ha marcado goles sino que ha cambiado su mentalidad”, dice el técnico. “Corre, lucha, protege la pelota… Envía un mensaje al equipo. Para el espíritu del equipo es muy importante ver correr así a tu mejor jugador. Él puede convertirse en el mejor jugador del mundo si lo desea”.

Brahim Díaz está en el umbral de una nueva dimensión futbolística. De momento, ha hecho cosas asombrosas, como meter cinco goles en cinco partidos sucesivos de la Copa de África, algo que no logró ni Samuel Eto’o, el goleador histórico del torneo. Le falta dar el penúltimo y el último paso. Las pruebas más difíciles. Esta noche (21.00; Movistar+) le espera la Nigeria de Victor Osimhen. Todo Marruecos palpita con él.

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Sobre la firma

Diego Torres
Es licenciado en Derecho, máster en Periodismo por la UAM, especializado en información de Deportes desde que comenzó a trabajar para El País en el verano de 1997. Ha cubierto cinco Juegos Olímpicos, cinco Mundiales de Fútbol y seis Eurocopas.
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