El fútbol, esa guerra maleducada
Las cámaras captaron en el derbi a Simeone repetir a Vinicius a grito pelado: “Florentino te va a echar”. Una provocación que, en este deporte, es más vieja que la tos


No hace falta ir a un estadio para comprobar que la sinrazón puede ponerse al mando y manejar los hilos del mundo. Basta con ir a las páginas de las noticias internacionales. Pero el fútbol es una representación en donde ocurren más cosas que el apasionante o aburrido ir y venir del balón. Es un simulacro de la vida que exagera las chapuzas. De hecho, no es el sitio mejor para hacer avanzar los ideales más altos. Porque cuando la pasión toma el mando no repara en la ética. Porque es un ámbito en donde la astucia siempre tuvo prestigio. Porque nos ponemos arbitrarios cuando toca defender la tribu a la que pertenecemos.
“Lo que ocurre en el campo se queda en el campo” es una máxima cuasi mafiosa que la televisión, cada vez más minuciosa, estropeó. Lo pudo comprobar Simeone esta semana. Las cámaras lo vieron repetir a grito pelado “Florentino te va a echar”, dirigido a Vinicius. Una provocación que, en el fútbol, es más vieja que la tos. Cuando se ve una debilidad en el rival, la provocación está asegurada, y a Vinicius, siempre hiperexpuesto y emocional, los rivales le han tomado la matrícula. Simeone, que viene del Bilardismo (escuela que no distingue el bien del mal en su afán de ganar), no desaprovechó la oportunidad. El “espectáculo” fue repetido y comentado más que cualquier otra acción del partido.
Para los ojos de un rioplatense, que vemos el fútbol también como un forcejeo de astucias, el disgusto moral no fue tan grande. De hecho, Valverde fue el más comprensivo con las actitudes non sanctas de Simeone. El fair play es británico, la picardía mediterránea y la provocación acaso sudamericana. Todas las culturas conviven sin escándalo. Pero Xabi Alonso, elevó el altercado a su dimensión ética con un solemne “no todo vale”. Implícitas en las palabras estaba el dilema clásico: los problemas a los que te somete la honestidad, el antideportivo los despeja con suma facilidad.
El asunto habría quedado en anécdota si no fuera porque el fútbol hace tiempo que funciona como un teatro de la moral pública. En él la ética es un lujo, pero la moral es obligatoria. Periodistas que, muy sueltos de cuerpo, suelen comentar “si se tiraba era penalti”, ante una situación dudosa dentro del área, se mostraron escandalizados por los dichos de Simeone.
Una prueba más de las contradicciones a las que nos somete el fútbol, esa fe colectiva responsable, por un lado, del amor desinteresado por un club; por otro, del racismo desaforado de las gradas. Un juego noble como el esfuerzo y desleal como una falta táctica que, en el colmo del cinismo, hemos rebautizado como faltas inteligentes.
No hay nada más complejo que una guerra. Del primer tiro hasta el último acecha la incertidumbre (y a partir de aquí cabe el diccionario entero), sin embargo, el final se limita a dos palabras: vencedor y perdedor. También un partido está lleno de microhistorias que merecen ser analizadas, pero basta una anécdota para devorar el partido entero. Al final, solo queda un ganador y un perdedor.
Espera la guerra de Troya, con toda su carga mitológica: Barça-Madrid. El Barça con sus dos vehículos de identificación: el caudal simbólico asociado al catalanismo y el orgullo de representar un estilo. Eso sí, el peso de lo local es tan grande que actúa como lastre de su pretensión universal. El Madrid, en cambio, no está en su mejor momento futbolístico, pero en Arabia volvió a ganar la batalla de la imagen. Representa el poder, dice Laporta. Representa la grandeza, rebatimos los de la tribu contraria. ¿Quién tendrá razón? El que gane, y solo por un rato.
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