Donald Trump explica a Cornellà
El aficionado del Espanyol debe tener la conciencia tranquila: supo querer a Joan García, pero no pudo conservarlo


Pensé con indefinible nostalgia en el aficionado del Espanyol viendo a Joan García haciendo una de las mejores paradas que vieron nunca nuestros ojos (la mano imposible al cabezazo de Pere Milla) en su antiguo campo, frente a su antiguo equipo y ante su antigua afición, que lo amaba y ahora lo odia. Pensé también en el amor, claro: en tu ex luciendo una belleza desmesurada entrando en vuestro restaurante de siempre del brazo de alguien que no eres tú. El dolor de tener algo y perderlo no es superior a un dolor aún más profundo: el de tener algo y no saber conservarlo.
Por eso el aficionado del Espanyol debe tener la conciencia tranquila: supo querer a Joan García, pero no pudo conservarlo. Se lo explicó Trump estos días a todo Cornellà: el que puede hacer algo que le beneficie, lo hace. Lo hace Estados Unidos, lo hace el Barcelona, lo hace el Madrid, lo hace el City y cualquiera que sea más grande que el otro. Puede uno confiar en su jugador, pero no mucho: el principal condicionante del fútbol es el tiempo. Es poco y además pasa, entre viajes y hoteles, en un suspiro. Un día estás en el campo y al otro estás en un estudio de radio o en un reality, donde te lo pidan.
No lo justifico: solo trato de entenderlo. Nunca disfruté a Figo en el Madrid. Nunca fui su fan y de ningún modo hubiera tenido su camiseta (nunca tuve ninguna, por otro lado). Intenté entenderlo y lo entendí pero sin ser ingenuo: desde el madridismo era más fácil hacerlo. Lo que Figo podía enseñar en último caso, además de una afilada maniobra empresarial, era que todo el mundo tenía un precio y que siempre habría quien lo pagase, pero eso ya estaba enseñadísimo de casa.
El derecho internacional, por ejemplo, es algo construido sobre la posibilidad de lanzar la bomba atómica, o sea la fuerza. Si la tienes, te dejan en paz. Y para los que la tienen hay algo llamado MAD (Destrucción Mutua Asegurada) que es un nombre muy tranquilizador. Por eso Estados Unidos (y su ejército) puede acogerse al tratado internacional que quiera, pactar con socios, firmar acuerdos o pertenecer a organizaciones como la ONU, que al final siempre podrá hacer lo que quiera asumiendo la principal doctrina que existe: hará lo que quiera porque nadie se lo puede impedir. Es puro darwinismo, no ideología. Estados Unidos es el niño grandullón del recreo que se compromete, como todos, a no quitarle el bocadillo a nadie: paz estable y convivencia armoniosa hasta que tiene hambre. Es decir: si mañana estalla una pandemia más violenta y mortal que la anterior y solo España tiene mascarillas, verás tú el derecho internacional. Pero ni siquiera hace falta una emergencia: basta el capricho de un zumbado. La ley existe mientras alguien no quiera ejercer, sin más, el poder.
En el fútbol, tan emocional, ni siquiera hay que salir de la ley. El Barcelona necesitaba un portero y tenía uno catalán buenísimo en su rival de siempre. Se lo llevó. Pudo haberse llevado a otro y Joan García pudo irse a otro grande. Pero a veces las cosas pasan por una razón irresistible: porque pueden pasar y nadie puede evitar que pasen. Es moralmente feo porque la voluntad se somete al dinero, pero el mundo lo han montado así los que se mueven por él mandando no a través de la autoridad moral sino material.
El fútbol se mueve con sinergias parecidas a las de la política internacional. Queremos darle muchas vueltas y llenarlo de muchas teorías, tratamos de justificar o entender o arreglar desaguisados que no nos corresponden aunque nos afectan, pero al final de todo siempre hay una conclusión triste esperándonos que muchas veces preferimos rodear para evitarla: hay pocos consensos reales que omitan la fuerza de sus socios, generalmente esos consensos se construyen como ficciones y se reza porque alguien no quiera, simplemente, ejercer la fuerza o, haya o no haya consenso, pagar la cláusula.
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