Una semana más mirando la tapa del yogur
El Madrid se aburre de sí mismo pero no por sobrado, como tantas veces, sino por impotencia


Salió el Madrid a Mestalla sin brasileños. Dos lesionados, uno sancionado y otro al que mandaron a Francia como a Machado, esperemos que con más suerte. Eso no quiere decir nada. Podía haber salido el Madrid a Mestalla también sin franceses que el partido se hubiera parecido igual. A ver qué hace Deschamps en el Mundial con Tchouameni y Camavinga, igual resulta que son extremos y estamos haciendo aquí el tonto. Mucha curiosidad por ver también de qué juega Güler en Turquía, si llega, y Bellingham en Inglaterra. Va a ser un espectáculo ver a los ojeadores del Madrid en Estados Unidos tomando notas sobre sus propios jugadores, asintiendo en silencio, diciendo “ajá” todo el rato. Vendiendo la información al ICE para no volver a España con noticias pesadas, del tipo “resulta que Tchouameni era portero”.
En fin. Partido desconcertante, enigmático, sin género claro: terror por momentos, otros comedia, siempre una lámina de drama subterráneo que lo empapa todo. Álvaro Carreras marcó el primer gol. En lugar de mirar para atrás con el balón, se fue Carreras hacia delante sin nada que perder, sólo con un puñadito de fe. A veces en la vida no hace falta más. Te cansas de la seguridad y eliges el riesgo. Lo que hizo Carreras es lo que hace cualquiera cuando entra en el banco a pedir una hipoteca: que sea lo que Dios quiera. España se va construyendo con esas pequeñas penumbras de frágil equilibrio y el Madrid va ganando entre enormes oscuridades sin un andamio claro.
Los Valencia-Madrid fueron otra cosa. Incluso en la grada, agotada por el desastre en los despachos. Antes ibas a Mestalla y uno sentía que el ruido le hacía temblar las piernas; ahora a menudo parece un eco administrativo, como si también la bronca estuviera pendiente de aprobación en el Consejo. Aun así, el estadio conserva memoria: si el partido se calienta, recuerda quién fue. A los estadios, como a las personas, se les permite estar dormidos pero no domesticados: Mestalla lo hizo saber al final.
El Madrid, por ejemplo, anda cabizbajo esta temporada, pero hay algo que nunca pierde: las ganas que le tienen todos. Hubo cositas de Mbappé desesperado, esfuerzos de Gonzalo, asaltos grises de Güler. El Madrid se aburre de sí mismo pero no por sobrado, como tantas veces, sino por impotencia. Antes había un brillo mezquino en partidos como este: no se jugaba bien porque parecía que no les daba la gana. Hoy no se juega bien pero se intenta, lo cual es un drama. Un día parece que ha encontrado un camino y al siguiente está otra vez preguntando direcciones; tiene algo de viajero ingenuo al que se le ha roto la brújula, pero no la autoestima.
No hubo por dónde coger este partido. Se hablaba ya en pasado de él antes de que acabase, como cuando llegas a casa del cine y te pones una película para olvidar la anterior. El Madrid ahora mismo es algo destinado a un extraño olvido. Quizá por eso resulta tan hipnótico: porque todavía no sabe bien qué quiere ser, pero compite como si ya lo supiera, y el resultado es escandaloso. Fútbol no es, pero se queda uno mirando alucinado. Lynch por momentos. Enfrente había un equipo que ni una cosa ni la otra, abrumado.
El gol de Mbappé al final fue de goleador lógico. Hay futbolistas que participan del juego y otros que lo editan. Mbappé es de estos últimos: corrige borradores ajenos con un desmarque y un disparo. No ilumina todo el camino, pero basta para dar el siguiente paso sin tropezar. Que se tropezará, pero mira: una semana más mirando la tapa del yogur.
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