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Cómo una supuesta inyección en el pene de los saltadores de esquí se ha convertido en la primera gran polémica de los Juegos Olímpicos de invierno

Con la treta, los esquiadores buscarían ampliar el tamaño de sus trajes, ganando así superficie y, por tanto, tiempo de vuelo, lo que se traduciría en más metros de salto

Jason Colby Juegos Olímpicos de Invierno 2026

Puede parecer broma, tal vez un titular sacado de contexto, pero es real. Desde hace semanas corre el rumor de que algunos de los más relevantes saltadores de esquí del planeta, citados todos ellos en los Juegos Olímpicos que arrancan este viernes en la imponente blancura de los Dolomitas, estarían valorando la posibilidad de recibir una inyección de ácido hialurónico en el miembro viril para aumentar su tamaño y mejorar así el resultado de los saltos.

La sorprendente ocurrencia tiene, no obstante, explicación científica. Cuanto más holgado sea el tejido del traje (elaborado con nailon, poliéster y licra), mayor superficie de resistencia tendrá el atleta durante el salto, esto es, más sustentación aerodinámica y, por tanto, más facilidad para volar más lejos. De este modo, si un esquiador aumenta ligeramente el espacio entre su cuerpo y el traje —el reglamento establece que debe haber una tolerancia de entre dos y cuatro centímetros—, podría ganar, según un estudio publicado el pasado octubre en la revista científica Frontiers, algo más de cinco metros en su salto.

La Federación Internacional de Esquí y Snowboard (FIS) está al tanto de ello. Tal es así, que en el arranque de cada temporada, realiza a un escáner tridimensional para medir la longitud de zancada de todos los saltadores, tomando como referencia el punto más bajo de la entrepierna. Los datos se almacenan y se utilizan después para diseñar las medidas oficiales de los trajes, por lo que, para hacer trampa, los saltadores podrían recurrir a las inyecciones de ácido hialurónico antes de dicha medición y lograr así un traje más holgado para la competición sin levantar suspicacias.

La controversia ha escalado a tal velocidad que la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) ha tomado cartas en el asunto a escasas horas de que arranquen los Juegos Olímpicos en Cortina d’Ampezzo. “Desconocemos los detalles de cómo esta técnica podría mejorar el rendimiento en los saltos de esquí, pero si algo fehaciente saliera a la luz, lo analizaríamos para determinar qué medidas podríamos tomar”, aseguró en rueda de prensa Olivier Niggli, director general del órgano que controla el dopaje a nivel internacional. “Hasta el momento, no hemos abordado métodos [no dopantes] como este para mejorar el rendimiento”.

En marzo del pasado año, durante el Mundial disputado en Trondheim (Noruega), cinco saltadores de la selección anfitriona fueron suspendidos por la federación internacional tras demostrarse que habían manipulado sus trajes antes de la competición. Negados de inicio a admitir la argucia, los deportistas se vieron obligados a recular cuando salió a la luz un vídeo que mostraba cómo, en presencia de su seleccionador, Magnus Brevig, habían modificado las costuras de sus trajes con una máquina de coser.

“La trampa siempre va a ir por delante de la norma”, asegura a este periódico Bernat Sola, uno de los tres españoles que logró participar en los Juegos de invierno —Sarajevo 1984 y Calgary 1988— en una disciplina reservada históricamente a los nórdicos. Ángel Joaquinet, también olímpico en la capital bosnia, va más allá y confiesa al otro lado del teléfono un caso personal. “Yo en el 77 iba a saltar con un mono que tenía una membrana tremenda detrás… Tanto, que te inflaba como un globo”, recuerda. “Evidentemente, era un recurso que estaba prohibido, así que cuando se acercaba el día de la competición, en Eslovenia, los jueces me lo quitaron y me lo devolvieron sin esa membrana en la espalda”.

“Ya en aquella época tenías que pasar varios controles de la federación internacional para poder competir. Allí ponían tu mono en una máquina de vaciado de aire. Si el mono no pasaba la prueba, ya no lo podías usar, porque te lo sellaban con una chapa que se insertaba en la entrepierna y no había manera de utilizarlo”, resume. “En definitiva, todo está muy medido, pero siempre va a haber quien busque la forma de ganar unos centímetros de holgura. Un tijeretazo aquí, otro allá… En la Copa del Mundo descalifican cada año a varios saltadores por presentarse con un mono ilegal. Es algo que ha pasado, que pasa y que seguirá pasando”.

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