‘Super López’ o el asombroso caso del fondista español de 81 años que sedujo a los científicos tras correr la maratón en 3 horas y 39 minutos
Juan López empezó a correr a los 66 años y, ya octogenario, sigue batiendo récords para asombro de los fisiólogos que tratan de determinar el secreto de su rendimiento y capacidad aeróbicas, únicos en la historia

La persona que corre, se evade. Ponerse las zapatillas, cerrar la puerta de casa y ganar velocidad a la carrera permite dejar atrás lo cotidiano para quedarse a solas con uno mismo, sensación que Juan López descubrió a los 66 años, un año después de jubilarse. Se enganchó. Hoy, cumplidos los 81, sigue corriendo y su paso genera tal asombro que la comunidad científica se da de codazos para estudiarle de cerca. Juan corre por placer, por responsabilidad, por amor también: su mujer, impedida, precisa de sus cuidados y cuanto más en forma está, mejor la ayuda. “Es curioso, porque mientras no lo pruebas no te das cuenta. Todos tenemos problemas en casa, más grandes o más chicos, pero cuando te pones a correr tienes los mismos problemas, pero se ven de color de rosa. Eso me gustó. Además, me mantiene bien para poder ayudar a mi mujer, y por eso me siento muy contento de seguir haciendo deporte”, explicó al equipo de fisiólogos españoles que se volcó en su caso (de la Universidad de Castilla-La Mancha y la Universidad de Alcalá) e italianos (con Simone Porcelli, de la Universidad de Pavia). Los investigadores, que tratan de analizar la influencia de la edad en la condición física teniendo en cuenta los niveles de entrenamiento, han publicado sus resultados en la revista Frontiers of Physiology.
Juan no hace deporte. Corre como un gamo. Asombrosamente rápido. Le conocen como Super López o el Keniata de Toledo. Hace apenas un año, logró el oro en el Europeo de maratón con una marca sencillamente alucinante: 3 horas 39 minutos. Aquel día fue capaz de correr a 5 minutos y 11 segundos el kilómetro. También en 2025 consiguió el récord mundial en la distancia de 50 kilómetros: 4 horas 47 minutos y 35 segundos, tiempos inalcanzables para la mayoría de corredores instalados en la treintena. Durante décadas, trabajó de mecánico, un autónomo que metía todas las horas imaginables arreglando vehículos para llegar a fin de mes y lograr un colchón económico. No había huecos para el ocio, y el deporte era un lujo que no podía permitirse. El año de su jubilación se puso a caminar y completó en 20 días 800 kilómetros del Camino de Santiago. Una de sus hijas le aconsejó que saliese a correr, para gozar de más tiempo libre.
“Empecé poco a poco. Luego coincidí con un grupo de fondistas toledanos y ahí fue donde uno de mis amigos, Ricardo Ortega —que ha sido mi médico siempre y ahora es mi entrenador—, me dijo que el ritmo que yo tenía en carreras estaba entre los cuatro o cinco primeros de España de mi edad. Eso me sorprendió un poco, porque yo me veía como un novato, pero si me lo dijo Ricardo, que lleva el atletismo en la sangre, algo de razón tendría. Le hice caso, me federé y a partir de ese momento empecé. A los setenta años hice el primer campeonato de Cross en Mérida y quedé campeón de España. Ese fue el comienzo, y desde entonces ha sido un no parar”, reflexiona.
Pero su verdadera explosión como atleta le llegó en 2019, a los 75 años, en el campeonato del Mundo de Torun (Polonia). Viajó temiendo la excelencia de sus rivales extranjeros y regresó con tantas medallas en la categoría de mayores de 75 que no le cabían en la maleta: se apuntó a la primera carrera, un 3.000 en pista cubierta y quedó campeón del mundo. Al día siguiente ganó el oro en cross. Descansó un día, hizo los 10 kilómetros en ruta y quedó campeón del mundo con el récord de España (42 minutos, 32 segundos). Tras dos jornadas de reposo, ganó la media maratón. “Los cuatro oros me dieron confianza para hacer ya muchas cosas: pista cubierta, ruta e incluso maratón”, asegura.
La pregunta parece obvia: ¿Cómo es posible que siga batiendo récords, mejorando a su edad? ¿Dónde reside su secreto? ¿Es un ser tocado por la gracia divina? Pedro Valenzuela, fisiólogo e investigador Ramón y Cajal de la Universidad de Alcalá y fundador de Fissac, es uno de los afortunados que ha podido asomarse al caso de Juan y pone en contexto el potencial de este atleta octogenario: “Su composición corporal (1,57 metros para 59 Kg) es muy buena, con un porcentaje de masa muscular del 77%, dato similar al de marines americanos de entre 20 y 30 años. Pero no es esto lo que hace de él alguien excepcional sino su consumo máximo de oxígeno (VO2 máx), un indicador que refleja la capacidad de su organismo para utilizar oxígeno en sus músculos. Algo así como el motor de una persona. El VO2 máx es un indicador que ha mostrado ser no solo un gran determinante del rendimiento deportivo, sino también un gran predictor de salud. Juan consiguió un valor de 52,8 ml/kg/min en la prueba de esfuerzo, el VO2 máx más alto jamás registrado para una persona de más de 80 años. De hecho, un estudio que incluyó más de 20.000 pruebas de esfuerzo mostró que las personas de 80 años tienen, de media, un VO2 máx de 17,6 ml/kg/min, tres veces menos que Juan. Pero no solo es alto en comparación con gente de su edad. Juan tiene valores similares al percentil 80 de los jóvenes de 30 años, lo que significa que su capacidad aeróbica es superior a la del 80% de hombres que tienen 50 años menos que él”.
Ahora mismo, Juan ha de escoger bien sus objetivos, ya que el deterioro de Mari, su mujer, se ha acelerado. Llegó a pensar en acudir al gimnasio para realizar trabajo de fuerza, pero carece del tiempo suficiente: “Son cosas prioritarias. A veces me enfado conmigo mismo, pero me doy cuenta de que tiene que ser así. Nos ha tocado esto y no sé si llegaré a intentar el récord de los 85 años”, concede.
Lógicamente, en las salidas de sus carreras no abundan los rivales. De hecho, cada vez tiene menos competencia y su lucha es un duelo consigo mismo. “A veces compito solo. Antes, el Ayuntamiento daba ayudas si tenías diez contrincantes, pero ahora ni echo los papeles porque es imposible juntar a tantos; si nos juntamos tres es de casualidad. Así que, como compito contra nadie, procuro ir a por los récords”, explica. Como buen mecánico, sabe que “los coches parados también sufren. Es mejor que se muevan”.
Los fisiólogos que han trabajado con Juan López reconocen que su genética es privilegiada. Pero esto no lo explica todo: corre entre 65 y 120 kilómetros semanales repartidos en seis días. Esto supone 3.500 kilómetros anuales. Su envejecimiento asombroso puede tener explicaciones nada esotéricas: “Entrenar puede ser la clave para un envejecimiento de récord”, señala Valenzuela. Juan López arbola su propia teoría, en cambio: “Rindo bien ahora porque de joven no gasté las piezas de mi motor”.
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