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Andrea Fuentes: “No quiero que haya cadáveres por un oro”

La exnadadora y actual seleccionadora española de artística reflexiona sobre su filosofía de trabajo y su labor como formadora

Andrea Fuentes (Valls, Tarragona, 42 años) aparece rodeada de los suyos. En la sala del estreno de Informe Plus+: Andrea Fuentes, locura artística (Movistar +), el cariño y la complicidad flotan en el ambiente. Andrea se fotografía con sus nadadoras y nadadores, posa entre risas y bromas, agradece la presencia de su cuerpo técnico y antiguas entrenadoras. El clima es el mismo que defiende para su equipo la exnadadora artística y actual seleccionadora española. Transmite la filosofía de empoderamiento como camino al éxito y cambio, habla de la autenticidad y conversa con transparencia de su revolución en la natación artística. “Se puede ganar respeto con miedo o con inspiración. El miedo llega más rápido, pero la inspiración llega más lejos”, repite en la sala, en el documental, delante de los micros. “No sé tratar a la gente de otra manera”, explica después a EL PAÍS sobre la sintonía del equipo. Ella, sin duda, ha escogido el segundo: “Quiero que el camino sea empoderador y que no haya cadáveres por un oro”.

Cuando se apagan las luces, el relato continúa. Durante 50 minutos se proyecta una vida marcada por la natación artística y por la necesidad constante de ir más allá. El documental recorre su crecimiento como nadadora de élite, culminado con cuatro medallas olímpicas justo antes de su retirada en 2013, y su formación bajo la influencia decisiva de Anna Tarrés, que participa en el filme. Fue Tarrés quien, cuando Andrea se planteó abandonar tras no clasificarse para Sídney 2000, le lanzó una frase que la sostuvo: “Tienes demasiado talento para dejarlo”.

La grabación no esquiva las heridas. Andrea habla con naturalidad de una “infancia dura” y de la pérdida. “Desde abuso de todo tipo al cáncer del que media familia [su padre y hermana] ha muerto”, comenta sin tapujos a este medio. Ella decidió resignificar el dolor: “En vez de preguntarme por qué me pasó a mí, me pregunto para qué. Incluso agradezco lo malo para valorar lo bueno”. Como también valora su exitosa etapa como seleccionadora de Estados Unidos y, finalmente, su regreso para liderar a España en 2024 hacia una actuación histórica: nueve medallas en el Mundial de Singapur 2025, tres de oro. Pero ni siquiera verse en pantalla la libera de la autocrítica. El documental es, sobre todo, un retrato de su propia locura.

Y Andrea la abraza. Abraza la locura en el buen sentido, en el opuesto al de la “mediocridad”. Su marido, el exgimnasta Víctor Cano, su “faro” y quien se encarga de diseñar las acrobacias, la asemeja a Ferran Adrià en la cocina. Ella añade a Dalí en el arte. Habla de esos genios locos, de aquellos que van “más allá”. “De pequeña era muy tímida. De niño te hacen encajar en un mismo molde, colorear dentro de la línea. Y luego de mayores dan premios a los que destacan. ¿Dónde está la coherencia?”, cuestiona. Durante años, admite Andrea, ha cargado con la presión de “cambiar el mundo entero”. Con el tiempo, esa aspiración se ha vuelto más tangible: “Cuando ves que no puedes, intentas ayudar a los que te rodean. Si puedo cambiar la vida de 100 personas en toda mi vida, ya es más que cero”.

Ya cambió la de sus nadadoras en Estados Unidos. Tras retirarse en 2013, Fuentes viajó, meditó durante 10 días en Birmania y se alejó del deporte de élite. Poco después murió su padre y, más tarde, su hermana. Ambos en sus brazos. Apenas una semana después del fallecimiento de su hermana en 2018, recibió la oferta para hacerse cargo de la selección estadounidense. Antes había dudado en convertirse en entrenadora: no quería limitarse a sumar puntos. Pero en Estados Unidos empezó a forjar la figura que es hoy. “Descubrí que fijándonos en las cosas buenas en vez de las malas se crea la autoconfianza”, explica. El proceso no fue inmediato, pero los resultados llegaron en forma de medalla de plata. “Era necesaria para demostrar que se podía entrenar con amor”, señala en el documental.

Con ese aprendizaje regresó a España, a lo más alto. Más incluso de lo que ella esperaba. “Ahora viene lo más difícil. La presión es mucho más alta”, confiesa. Pero luego, no puede evitar preguntarse: “¿Qué podemos aportar que no solo sea un metal? Algo nuevo, algo que levante pasiones”. Las dudas cuando llegó fueron inevitables. “¿Sabré entrenarlos?”, se cuestionaba. En EE UU, recuerda, tardó al menos cuatro años en lograr una sinceridad

real dentro del grupo. En España, la transparencia aceleró los procesos. “No me gusta la distancia, ni los tabús, ni los secretos. Y esa confianza ciega es el lazo más potente”.

También tuvo que resolver la tensión entre la máxima exigencia y la distensión en el equipo. “¿Conseguiré que rindan al máximo y que no se relajen? Yo recuerdo que cuando entraba mi entrenadora estábamos todas rectas. Yo no creo esa sensación, no impongo lo suficiente. ¿Cómo voy a ser una buena líder?”. Encontró otra vía: inspirando. “Haciéndote creer que realmente puedes más de lo que crees. Voy a empoderarte tanto que vas a dar más que si hoy te hubieses centrado en el miedo. Y no quiero que lo hagas porque yo te obligue, quiero que lo hagas por ti, por los demás. Y ellas, al entrenar tanto y esforzarse, me retroalimentan”, explica.

Mientras se expresa, rectifica y rechaza la palabra sacrificio. Prefiere hablar de “esfuerzo inteligente”. “Tienes una vida privilegiada: el mejor centro de alto rendimiento del mundo, médicos, fisios, comidas, te limpian la habitación… Es ultra duro física y mentalmente, sí. Pero hablemos de sacrificios. Yo he visto muchas cosas, a un padre sin madre y con cuatro hijos”, se explaya.

Ella misma tuvo esa vida como deportista. Al principio, reconoce, echaba de menos nadar. Quería tirarse al agua, moverse y expresarse con el cuerpo como antes. “Y ahora no me imagino no siendo entrenadora. Creo, además, que soy mejor entrenadora de lo que he sido nadadora. O al menos acabaré siéndolo”, confiesa.

La natación artística que lidera hoy también ha cambiado. “Es mucho más arriesgada y más dura físicamente. Lo que hacen ellas yo no podría hacerlo. Pero también es más leal: lo que pasa es lo que es”. En ese cambio de paradigma aparecen figuras como Dennis González, uno de los nadadores del equipo y candidato a convertirse en el primer hombre en natación artística en unos Juegos Olímpicos. “Es el símbolo de la libertad masculina”, dice. “Rompe moldes más allá de levantar las piernas”.

Cuando piensa en Los Ángeles 2028, el corazón se le acelera. Luego lo racionaliza. “Quiero que la grada llore, que salte, que nos recuerde. Que diga: ‘nuestros favoritos, España”. No renuncia al oro ni a vencer a China, pero fija un límite claro: “Si tiene que ser plata y no mandar a nadie a terapia, lo prefiero”.

—¿Qué futuro tiene el equipo?

—Mucho. Será un equipo recordado. Espero poder ayudarles a que ellas no solo las recuerden, sino que rememoren esa época como una de las mejores que podían haber vivido a su edad.

Andrea Fuentes se marcha como llegó: rodeada de los suyos. Su equipo la espera tras la entrevista para más fotos, abrazos, y para seguir cambiando la natación artística desde su propia revolución. Y locura.

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Sobre la firma

Irene Guevara
Es redactora en la sección de Deportes y sigue la actualidad del FC Barcelona. Está especializada en fútbol femenino, la mujer en el deporte y el colectivo LGTBIQ+. Ha cubierto la Champions Femenina. Es licenciada en Periodismo por la Universitat Pompeu Fabra, y ha iniciado su carrera en EL PAÍS.
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