Ir al contenido
_
_
_
_

La ciencia de Tom Evans y Ruth Croft destrona a los románticos invictos del UTMB

El británico y la neozelandesa se imponen en los 170 kilómetros alrededor del Mont Blanc a François D’Haene, retirado, y Courtney Dauwalter, que se negó a abandonar en su peor día

Tom Evans, tras cruzar la línea de meta.
Luis Javier González

El cambio de guardia en el Ultra Trail del Mont Blanc, la prueba más épica de la ultradistancia, con sus 170 kilómetros y 10.000 metros de desnivel positivo alrededor del techo de los Alpes por Francia, Italia y Suiza, se produce a las nueve de la mañana del sábado en un tramo anodino de asfalto cuando se cumplen dos tercios de carrera. La neozelandesa Ruth Croft sigue fiel la estrategia de su segundo puesto en 2024, la de una carrera de menos a más, y ve de lejos a la estadounidense invicta con tres títulos en Chamonix, siempre acompañada de cámaras y aficionados. Cuando llega a su altura, el adelantamiento es contundente: no hay tertulias. La leyenda está en su cueva del dolor y la kiwi está escribiendo la suya. La de François D’Haene, ganador las cuatro veces que había participado, una cifra que solo iguala Kilian Jornet, se había apagado el viernes por molestias en su pierna derecha para dejar sitio al soldado británico Tom Evans, que venció a sus fantasmas de la noche.

Evans decía en los días previos que analizando las caras de cada corredor en la salida es posible determina quién ganaría. Una disección de sonrisas relajadas y gestos tensos entre algo más de una treintena de hombres y mujeres del cotizado cajón de élite, que acompañó con una sentada unas manifestaciones genéricas por la paz antes de ponerse de pie a la espera del coro de Vangelis en 1492: la conquista del paraíso, el sueño de 2.600 corredores con los móviles desenfundados para inmortalizar la escena. Esa serpiente eterna que se atascaba en las calles de Chamonix ya se había disgregado en la subida al Col de Voza. Allí Courtney se encontró con la primera sorpresa: la keniana Joyline Chepngeno se puso a trotar con ella el día después de haber ganado los 60 kilómetros de la OCC. Cuando llegó a St Gervais, el avituallamiento con más público –al atardecer, con todos aún en liza–, desató un estruendo, aunque Croft fuera por delante. Después de Les Contamines (kilómetro 33) el punto de asistencia que sirve de entrada en la noche cerrada, la estadounidense recuperó la cabeza y llegó por delante a Courmayeur, el ecuador (kilómetro 82), en el lado italiano, pasadas las tres de la mañana.

Vista por uno de los pasos cimeros.

La cabeza de carrera masculina hizo su desembarco en esas mesas de madera una hora antes, previa revisión del material obligatorio, pues los organizadores activaron con razón el kit de invierno: hubo hasta nieve. La lluvia que acompañó desde prácticamente la salida llevó la sensación térmica a mínimos en las zonas más altas entre las temperaturas bajas de la noche y el viento. Por eso tuvieron que sacrificar el paso cimero por las Pyramides Calcaires. “Pensaba que iba a morir en el descenso”, sentenció el carismático estadounidense Tim Tollefson en su llegada a Courmayeur. Eran las primeras horas del cumpleaños de su compatriota Rob Farvard, pero no hubo tarta. Todo seguía en el aire, con los 10 primeros separados por 15 minutos. Por detrás llegaron juntos el leonés Pablo Villa, que decidió a última hora ponerse el dorsal tras sufrir la conmoción de los incendios en su tierra, y Miguel Heras, recién cumplidos los 50.

Théo Détienne tuvo el honor de salir el primero del pabellón italiano, de vuelta a la oscuridad de los senderos. Tom Evans, acompañado del estadounidense Ben Dhiman, que nunca había seguido en pie a estas alturas de la prueba, hizo su apuesta en el corazón de la noche, su muro en las dos últimas ediciones tras haber sido tercero en 2022. Aquel aspirante por decreto acabó al año siguiente en el hospital con una considerable hipotermia. Tras una travesía de horas contra sí mismo, llegó al amanecer con la victoria en el bolsillo. Las amenazas habían quedado atrás, también los españoles. Ya en Trient, a escasos 30 kilómetros, solo tenía que limitar daños: “Si como algo me voy a poner malo, voy a seguir con los geles. Quiero ponerme

en marcha ya”. Finalizó la tarea con contundencia en 19h18m58s en un circuito recortado que al final tuvo 172,7 kilómetros. Dhiman fue segundo a 32m39s y el británico Josh Wade cerró el podio a 46m08s.

Ruth Croft en un momento de la carrera.

Mientras, Courtney vivía su drama. Como Evans, Apostó fuerte en la subida al Grand Col Ferret, pero no se despegó. En La Fouly, aún en cabeza, se paró a abrazar a su familia. Un ultra no solo se hace con carbohidratos, sino con cariño, pero esta vez no dio con la fórmula. Su cueva del dolor se hizo visible en su movilidad, cada más menos fluida. Perdió definitivamente de vista a la francesa Camille Bruyas, que se aseguró sin apuros la segunda plaza a 32m35s. Con todo, fiel a su figura, no se rindió. Fue un vía crucis de senderismo con un séquito que no la dejó sola cuando fue cayendo en la clasificación. Hubo carreras en las que solo competía contra hombres, pero sus triunfos han alimentado a la competencia. Croft la reconoció en meta como la mejor la historia. “Lo es y lo seguirá siendo”. Ella ha seguido una evolución canónica y es la primera que gana las tres grandes distancias del Mont Blanc: suma al triunfo en UTMB los 60 kilómetros de la OCC y los 100 de la CCC. Un proyecto de diez años. Un enfoque metódico, puro big data, con correcciones en directo. Sentimiento, sí, pero también ritmo cardiaco, cadencia, zancada y velocidades de ascenso frente al enfoque romántico de la estadounidense.

Como el de D’Haene, cuyo trono ocupa ahora Evans, otro amigo de la ciencia –comparte entrenador con Croft– que ha optado por competir menos –no lo hacía desde que ganara en marzo en Tenerife– y apostar por la psicología para curar sus fracasos. Su celebración en Chamonix fue la guinda de una mañana eufórica, bromeando con los cámaras o la marabunta de Vallorcine, el penúltimo pueblo, un paseíllo digno del mejor ciclismo. Allí le esperaba un tupper con mensaje: “Come, sonríe”. Como buen soldado, lo siguió al pie de la letra. Tras penar durante doce horas, llegó esprintando a Chamonix para honrar su décima plaza, sin perder la sonrisa.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Luis Javier González
Escribo en EL PAÍS desde 2013. Colaborador especializado en rugby y trail. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo de la Escuela UAM / EL PAÍS.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_