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El pintor de la épica ciclista

El artista valenciano Miguel Soro, que se bajó de la bici hace 21 años, expone su obra en los Pirineos, en Bagnères-de-Luchon

Miguel Soro, pintando en su taller en una imagen cedida por el propio artista.
Paco Cerdà

Al pequeño Miguel sus tíos le hinchaban la cabeza con la grandeza del campionissimo Coppi, la potencia del caníbal Merckx, la elegancia de maître Jacques Anquetil, la resistencia infatigable de pou-pouPoulidor, la clase del todoterreno Gimondi, el talento clasicómano de Bobet, la fuerza innata de Bartali o el arrojo suicida de Ocaña, rebelde frente a todo y frente a todos, rebelde incluso frente a él.

Sus tíos habían sido ciclistas amateurs: Manolo el Salvatge –y no hace falta explicar el sobrenombre de esta fiera sobre los pedales– y el tío Blai, una enciclopedia andante del ciclismo clásico, sus auténticas novelas de caballerías. Los dos consiguieron que su sobrino Miguel Soro (Xàtiva, 1976) montara pronto en bicicleta. Que empezara a los nueve años a correr en categoría principiante. Que soñara con victorias y proezas en tiempos de Indurain. Que llegara a disputar en Ecuador, con la selección, el Mundial juvenil en ruta que ganó el español Morrás. Y que incluso alcanzara el circuito profesional, a las órdenes de un equipo portugués y otro italiano, y ganara al sprint a Mario Traversoni antes de bajarse de la bici a los 28 años. Hasta ahí, una bonita historia local y de orgullo familiar.

Sin embargo, lo que no esperaban aquellos tíos ebrios de Historia y con litros de épica en las venas era ver a su sobrino convertido en el pintor de la épica ciclista. El pintor de sus héroes y sus batallas.

Estos días, Miguel Soro se mueve por los Pirineos. Tiene una exposición en Bagnères-de-Luchon, por donde rueda la romántica caravana del Tour de Francia en esta segunda semana de carrera. Ahí, en sus cuadros, perviven los héroes eternos del Tour, esa epopeya que late desde el pasado hacia adelante y que tiene en la Historia la marmita que le permite sobrevivir a una era de dopaje y a otra de pinganillos. Ahí, en sus cuadros, está el rostro adolorido de Anquetil. El bigote adusto de Poulidor. La tozudez altiva de Fignon. El arrojo de Perico con mailot Reynolds. La fiereza de Hinault. El arcoíris del caníbal belga enfundado de Molteni. El maillot BIC del oriolano Bernardo Ruiz y su mirada perdida antes de ser el primer español en subirse al podio del Tour en 1952. Todo lo pinta Miguel Soro con una técnica de collage nutrida con recortes de viejos periódicos deportivos y antiguas revistas de ciclismo que perfuman de historia sus cuadros. Todo anida en su cabeza desde la infancia, con los relatos míticos de sus tíos. Pero ahora sale de sus manos en forma de arte a tres mil euros el cuadro.

Así ha conocido a los hijos de Coppi y a los nietos de Bartali. Así ha dormido en casa del campeón mundial Francesco Mosser. Así ha expuesto en Australia, México, Canadá, mil sitios de Italia y Francia y muy pronto en Estados Unidos. Así ha ido Miguel Soro cumpliendo unos sueños que no estaban reservados para el sobrino de Manolo el Salvatge y el tío Blai.

Lo esperable era que Miguel, después de la retirada, trabajase cinco años de comercial para Bicicletas Sanchis, la tienda que fundó el ciclista Salvador Sanchis, un corredor que en los años ochenta disputó cinco Vueltas, cuatro Tours y dos Giros. Lo esperable eran otras cosas. Pero Miguel Soro cambió su historia.

Lejos había quedado su gran ilusión de correr la Paris-Roubaix, todo sucio de barro y con el temblor del pavés agitando su cuerpo a lo salvaje, como su tío Manolo. A Paris-Roubaix no llegaría con los pies; llegaría con las manos. Porque Miguel, que se había apuntado a clases de pintura con veintipocos años y que salía a pintar al aire libre con Leña y otros pintores de Xàtiva, un día cruzó sus dos pasiones: ciclismo y pintura. Y la alquimia triunfó.

Lleva casi diez años dedicado, únicamente, a la pintura de ciclismo. Ver sus cuadros es un festín para el aficionado. La cara de velocidad del belga De Vlaeminck sobre el adoquín de Roubaix. La solidaridad del equipo Fagor entrando a meta a un ensangrentado Ocaña. Indurain luchando contra el crono y Bahamontes, hambriento y testarudo en una España pobre y gris, subiendo puertos entre las águilas y el aguilucho. El beso fraterno de los hermanos Fausto y Serse Coppi. El bidón que se pasan los dos deportistas italianos más famosos de posguerra, uno vanguardista y mujeriego y el otro familiar y de misa diaria. La tragedia ciclista de la Francia altiva y la Francia rural resumida en la subida al Puy de Dôme del 64.

En sus cuadros laten los heroicos esforzados de la carretera con tubulares rodeando el cuello y la bicicleta al hombro. Los maillots de lana merina con cuello doblado y botones blancos. Los cables por fuera del manillar de una vieja Bianchi. Se ve a Miguel Poblet pidiendo una rueda desesperado y también a André Leducq y Antonin Magne sufriendo juntos en la montaña. Vibra el ambiente eléctrico de una salida de etapa. También el trajín de los mecánicos y los periodistas revoloteando en torno a esos héroes flacos y duros y tenaces que han inmortalizado plumas como las de Albert Londres, Dino Buzzati, Gianni Brera, Antoine Blondin, Gianni Mura o aquí Carlos Arribas. Los creadores de lo salvaje. Los tejedores de la épica. Como Miguel Soro.

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