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Blogs / Cultura
Elemental
Coordinado por Juan Carlos Galindo

Nueve buenas novelas negras más allá del ‘thriller’ fácil

Analizamos apuestas bien distintas pero con un denominador en común: buscan algo más que el puro pasapáginas. Eso sí, están muy bien hechas y les robarán igualmente horas de sueño

Con la tendencia que el género cultiva en torno a libros intercambiables y con cierta planicie literaria, cuando no ausencia de cualquier estilo, vamos en esta ocasión con cuatro apuestas que están en las librerías y que nos prueban que hay mucho más allá. Y no dejan de ser novelas muy bien hechas y que les robarán horas de sueño. Casi todas han salido en las últimas semanas, porque si no seguiría hablando de Mr Fox de Joyce Carol Oates o de la última entrega del gran Ricardo Cupido a manos de Eugenio Fuentes, por ejemplo, o de El rey de las cenizas, de S. A. Cosby (en la lista larga de finalistas del Pen Faulkner, ya que hablamos de literatura). Pasen y lean.

Muerte en Rook Hall, Kate Atkinson (AdN, traducción de Puerto Barruetabeña). Lo primero que resalta en Atkinson es el regalo que concede a Jackson Brody en esta sexta entrega de sus aventuras: una inteligencia y una madurez notables. Qué bien se nota eso en el discurrir interno de la voz del protagonista. Ha tenido una vida peculiar Brody (policía, detective, señor al que le tocó la lotería, agente inmobiliario, otra vez detective) que ahora es abuelo. Así lo ve la agente Reggie, una vieja socia que vuelve a escena en esta entrega: “Este hombre era como una infección (...) Reggie contribuyó a encubrir un doble asesinato (“Cuasidelito de homicidio”, lo había calificado él). Al menos entonces no formaba parte de la policía. No como el año anterior, cuando le ayudó a ‘reasignar’ la identidad de un asesino (‘redistribución de la justicia: le cargamos la culpa a la persona más culpable de todas’)”. Supongo que ya notan el tono, la ironía.

Kate Atkinson

Atkinson podría haber cultivado mucho más esta parte de su carrera, una que le ha reportado grandes beneficios y reconocimientos, pero prefirió diversificar, no abusar. De manera que tenemos a Brody en plena forma y ante lo que parece un caso sencillo: un cuadro desaparecido que se conecta con el robo de un Turner en una mansión (la del título) de una familia noble en decadencia. Un aviso: Atkinson se lo toma con calma y presenta a todos los implicados con un detalle que solo se puede permitir alguien con mucho oficio. Quiero decir con esto que alrededor de la página 100 no ha pasado gran cosa, nos hemos dedicado más bien a ver el estado de Brody, a conocer a Lady Milton (la víctima del robo), a Sophie (ama de llaves y presunta ladrona) y al cura anglicano de la zona. Siempre lo ha hecho así: vayan si no a Me desperté temprano y paseé al perro, donde el detective no aparece hasta la página 60. Pero si le aceptan el envite, verán cómo merece la pena. Tardamos en llegar a Rook Hall y, sin embargo, llegamos, entretenidísimos con la vida y miserias de todos los habitantes de esta inteligente novela. En la mansión de los Milton se celebra una noche temática: un grupo de invitados por el hotel que ocupa una parte del complejo (hay que ganarse la vida, es el destino de esta nobleza decadente) tiene que descubrir al asesino, al más puro estilo novela enigma. Se mezclan entonces actores con los protagonistas de la novela y los miembros de la familia, y todas las tramas (y no son pocas, tampoco nada aburridas) confluyen en esa mansión, esa noche, bajo la nieve. No les cuento más. Hay mucho oficio y diversión en estas páginas.

Las buenas intenciones, Víctor del Árbol (Destino). Del Árbol inició en 2023 con Nadie en esta tierra una trilogía que ahora termina. ¿El objetivo? Situarse de lleno en el género negro y “acabar así de una vez con las discusiones de si soy o no soy y de la novela negra y de si esta puede o no ser literaria. Lo siento, pero es así. ¿Dónde está escrito que no se puede escribir intentando llegar al máximo y que tenga calidad? James Ellroy, Dennis Lehane, Michael Connelly… no jodas”, tal y como comentó a este diario. A esta le siguió El tiempo de las fieras (2024) y la que nos ocupa. Hay varios motivos para la celebración. La trilogía en sí es un noble intento de ir más allá de las ventajas narrativas que aporta el género. También se nota cierta búsqueda de profundidad (que en otras ocasiones ha dado como resultado un exceso de intensidad) en los temas y en su presentación. Criptomonedas, corrupción, violencia, especulación, todo está tratado en su justa medida.

Además, tiene un par de personajes notables que recorren las tres y alguno añadido en capítulos concretos. Al autor le encanta El sicario sin nombre, ese asesino profesional al que seguimos en primera persona. Está muy bien, es original y tiene algunas frases excelentes, pero a mí me gusta más El gordo Soria, un policía lleno de defectos y humanidad, uno de los mejores personajes que ha salido de la pluma del autor de La tristeza del samurái. Veamos más: hay dos estructuras, una en torno a la trilogía y otra que se articula en cada entrega en particular. En esta, vemos cómo reta con varios planos temporales y una narración desde un sótano, a cargo del sicario, que ha caído en una trampa. Todas las piezas de este rompecabezas criminal, que hunde sus raíces en la desaparición de dos niños muchos años atrás, cuadran al final y el lector ve cómo se unen las líneas narrativas y las historias. Al ser un final de trilogía, también se hace justicia con algunos personajes (esa Virginia, policía, hija de mafioso, con la que en la segunda no se había portado del todo bien) y se recuerda a otros (Leal, el policía culto e impecable, que solo aparece en la primera, una muestra de los riesgos que Del Árbol está dispuesto a tomar).

Un caso de matricidio, Graeme Macrae Burnet (Impedimenta, traducción de Alicia Frieryo). Posee este autor una de las carreras más particulares e interesantes del género. Padre de un sorprendente y poderoso falso true crime (Un plan sangriento, Impedimenta también, como todos) se ha metido después en distintos líos literarios de los que ha salido siempre bien parado (Caso clínico era el más notable). Ni siquiera cuando inicia una serie detectivesca, de la que este libro es la tercera y puede que última entrega, se queda en los márgenes establecidos. Georges Gorski, el protagonista, es un policía en una anodina ciudad francesa, Saint-Louis, un sitio en el que, aparentemente, nunca pasa nada. Primer punto a favor: un personaje cuyo hilo de pensamiento interno sostiene la narración. Lo extraordinario de Gorski es su interior, eso que solo podemos ver los lectores, su corriente de pensamiento. Se pasa todo el primer tercio con casos mediocres, pero el lector no se aburre, quiere saber dónde va este particular ejemplo de perdedor, buen policía, buen padre, marido mediocre (de ahí el divorcio), alcohólico (aunque se engañe), acomplejado social, culpable perfecto y que comparte cama con su madre, enferma de demencia senil. Y, sin embargo, tanto si es la primera novela de esta serie que leen como si ya han leído las anteriores, convendrán conmigo en que resulta un personaje entrañable y algo patético. El ritmo puede ser un poco moroso a veces, demasiado embelesado en el costumbrismo de Saint-Louis, un sitio aburridísimo, pero todo tiene su sentido: no se puede enseñar la miseria, y el crimen y la violencia, que se esconden detrás de las fachadas si no se ve antes a quienes viven en ellas.

La trama se desarrolla con estas premisas. Hay alguna muerte, pero no podemos saber si es accidental o qué. Compartimos con el protagonista las dudas, la incertidumbre sobre el sospechoso que es demasiado listo, y solo poco a poco vamos aclarando el panorama. Juega muy bien con la administración de la información, tanto como con la de las sospechas. Y entonces llega el acto que justifica el título. Y todas las piezas dispuestas con paciencia tienen otro sentido. Hay algo más de maldad y mucha miseria. Pobre Gorski. Con estos ingredientes ya tendríamos una buena novela negra, pero Burnet juega siempre la partida metaliteraria y aquí vuelve a hacerlo: hay un prólogo y un epílogo que no lo son realmente y en los que se explican las condiciones fantásticas en las que se manejó el manuscrito y la edición que el lector tiene entre manos. Hay que tener mucho oficio para que algo así funcione.

Las islas negras, Alexis Ravelo (Siruela). La labor de la editorial dirigida por Ofelia Grande para descubrir y cuidar talentos del noir español es notable y loable. Eso ocurrió con la última etapa del añorado Ravelo, amigo Alexis, al que publicaron estas tres soberbias novelas, las de la consolidación definitiva de una de las grandes voces del género en español. Luego vino su muerte, como la de Domingo Villar, siempre injusta y siempre demasiado pronto.

Estamos ante tres obras de madurez de un autor valiente. La primera, La ceguera del cangrejo, es quizás la más arquetípica: una investigación clásica en torno a un duelo y a la figura de César Manrique. Como dice Ernesto Mallo en el prólogo, “Como en toda su obra, lo importante en toda su obra, lo importante no es solo la trama, sino cómo se cuenta: con contención, con exactitud, con una belleza que no disimula la aspereza del mundo”. Sigue con Un tío con una bolsa en la cabeza, una novela de presupuesto arriesgadísimo y brillante ejecución. Un tipo que, como dice el título, repasa en el suelo de su chalé, con una bolsa que lo asfixia en la cabeza, quién ha podido atentar contra él. Como bien podemos imaginar, la nómina de delitos cometidos por la víctima es apabullante y la novela se bebe en un suspiro. Hay una crítica afilada a la avaricia capitalista y a otros males del sistema y del ser humano. Una joya. Y termina con Los nombres prestados, para mí la mejor novela de Ravelo, una historia de gente en retirada a la que el pasado persigue. El ambiente es el de un pueblo ficticio, representación de tantos villorrios con sus vicios y miserias. Un wéstern crepuscular e íntimo, profundamente político y negro, en el que la escritura del autor de La estrategia del pequinés adquiere una dureza no exenta de poesía. Iba por un camino magnífico. Cuánto se le echa de menos.

El último caso de Unamuno, Luis García Jambrina (Alfaguara). La muerte de Miguel de Unamuno el 31 de diciembre de 1936 en Salamanca sirve al autor como hilo del que tirar en esta novela que explora la figura del pensador y escritor vasco como personaje de ficción y que, al mismo tiempo, mantiene viva la llama de la duda. ¿Qué pasó exactamente en esa habitación el último día de aquel nefasto año? Otra muerte, la de un prominente abogado que se ha ahorcado en su despacho (aquí juega Jambrina con el clásico misterio de habitación cerrada) completa la trama. Tiene mucho oficio el autor de El manuscrito de piedra y usa aquí un narrador omnisciente muy activo que nos lleva de la mano por los distintos escenarios gracias a dos detectives, el abogado Manuel Rivera Jambrina y la anarquista Teresa Maragall, ambos amigos de Unamuno; juntos forman una pareja tan clásica como efectiva. Los dos tienen una historia previa con el gran autor vizcaíno (el de ficción, no se olviden: esto es una novela y la Historia está para hacerla verosímil): él, 30 años de pesquisas, incluida la del anterior libro, y relator de las aventuras, cual Watson; y ella, una amistad y un amor a pesar de las diferencias.

La historia se desarrolla en dos ámbitos temporales distintos: uno, en el pasado reciente, con Unamuno todavía vivo e investigando el misterio de puerta cerrada; otro, con sus dos amigos, en el presente narrativo, tratando de dilucidar las causas verdaderas del fallecimiento del autor. La estructura juega aquí un papel esencial, y las dos tramas están bien ensambladas en una sola, ya hacia el final. El juego metaliterario, que muchos habrán intuido a raíz del segundo apellido del detective, es delicioso.

La extensa lista de obras consultadas que incluye al final no debe asustar a nadie: uno de los grandes valores de Jambrina (experto reconocido en la figura de Unamuno y en su trágico final) es su capacidad para integrar todo ese saber en la narración de forma orgánica, sin que se resienta el ritmo, sin didactismo ni párrafos wikipédicos. Si tuviera que señalar algún defecto menor, se me hacen un poco insistentes las disquisiciones sobre Unamuno y los falangistas. El final es un cierre perfecto, aunque nos consta que la serie no ha llegado a su fin.

Un hombre mejor, Louise Penny (Salamandra, traducción de Patricia Antón de Vez). La autora canadiense continúa la serie del inspector Gamache, que en esta decimoquinta entrega nos ofrece su mejor libro. Y eso que el anterior, El reino de los ciegos, ya era el mejor hasta la fecha y que el decimotercero, Casas de cristal, supuso una apuesta radical y apasionante. Esto quizás tenga que ver con que nos encontramos ante una autora que ha creado un universo particular en torno al ficticio Three Pines (Quebec), un universo que va más allá de los espectaculares paisajes, lleno de personajes complejos y subtramas adictivas. Gamache se presenta aquí con “cincuenta largos”, tras una suspensión de nueve meses y degradado en la Sûreté, pero pronto la acción (en un Quebec inundado por una tormenta monstruosa) va a devolvernos al mejor inspector, ese que no pierde nunca de vista cuatro máximas: me he equivocado, lo lamento, no lo sé y necesito ayuda. Genial, ¿verdad? Resulta escalofriante la sobriedad con la que Penny describe el cerco, oral, a un maltratador, cómo Gamache lo va atrapando para descubrir qué ha pasado con su esposa, al tiempo que se teme lo peor. Hay un punto claro de tensión en torno a la página 200, pero la autora está lejos de gastar todas sus balas. Además, Jean-Guy Beauvoir, uno de los clásicos, mano derecha y yerno de Gamache, está de retirada hacia el sector privado, ante su último caso. No en vano, protagoniza dos de los mejores momentos de la novela, pura tensión sin artificio. Luego, vidas que de verdad importan a los lectores que llevan años con Penny, como por ejemplo la de la artista Clara Morrow, unas tramas paralelas que enganchan como el mejor culebrón.

Ah, que no se me olvide, son también, tanto esta novela como toda la serie, una carta de amor a la autenticidad de Quebec. Y a ese grupo de humanos que abrazan y acogen en medio del infierno. Así resume la propia Penny en los agradecimientos: “Estos libros son sobre la vida en comunidad. Sobre el amor y la pertenencia. Sobre el gran regalo de la amistad. Qué suerte tengo de vivir en Three Pines. En todos los sentidos. Con ustedes. Nunca estamos solos”. Si a estas alturas alguien tiene ganas de sumergirse en este universo, que no se preocupe: se puede leer de manera completamente independiente. Ahora bien, si quieren meterse de lleno, Salamandra ha publicado en orden desde el quinto, Una revelación brutal, lo que les asegura un montón de horas de buenos crímenes literarios.

Lázaro resucitado, Richard Price (Random, traducción de Óscar Palmer). En la pasada BCNegra en una cena con varios autores estadounidenses de primera línea, uno de ellos preguntó: ¿de verdad está aquí Richard Price? La altura del autor estadounidense (al que siempre prefiero citar por los fabulosos Los impunes o The Wanderers ya que estamos hablando de libros, y no por The Wire) no está bien reconocida en España. Aquí nos presenta un libro que se emparenta directamente con una de sus obras maestras, La vida fácil. El crimen como escenario, la sociedad como elemento a diseccionar, la literatura como objetivo último. Al estilo de Colson Whitehead, con quien comparte editorial en España. El argumento es sencillo, que no simple: un edificio de viviendas en Harlem ha colapsado con al menos medio centenar de personas dentro. Parte de la trama se articula en torno a los personajes que nos presenta al principio, gente del barrio con vidas duras, complejas. Otra parte con Mary, personaje inmenso. Se trata de una agente de policía que busca a uno de los desaparecidos. Sus rarezas (no puede atravesar fronteras o puentes, por ejemplo) y sus debilidades no son accesorios, no buscan lo extraño porque sí, tienen un anclaje.

Más a favor: los diálogos, las réplicas de los personajes. Y, hablando de personajes, se busca a un desaparecido, pero hay una figura deslumbrante, la del hombre que sobrevive 36 horas en los escombros, sale, encuentra una voz propia, difunde un mensaje, conoce el amor, el mundo adquiere otra textura en medio de la tragedia cotidiana, se siente útil por primera vez, aunque su historia no sea la que cuenta: si eso no es un arco narrativo perfecto… El libro está lleno de hallazgos, es una novela de barrio en el mejor sentido del término, un barrio asolado por una violencia en la que Price, como ya hizo en The Wire, no se recrea; no hace falta ver una sola gota de sangre para sentir el peligro, la amenaza continua, la violencia cotidiana metida en la piel de los jóvenes. El final quizás no reconcilie a nadie con la realidad de la condición humana, pero sí con la buena literatura, policial o no.

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