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Una película expone las heridas (in)visibles de la violencia machista en los menores

Júlia de Paz y Nuria Danjó presentan en el festival de Málaga ‘La buena hija’, filme que se adentra en la compleja situación de una niña ante un padre agresor

De izquierda a derecha, Nuria Dunjó, guionista, y Júlia de Paz, directora, de la película 'La buena hija', durante el festival de Málaga.Álvaro Cabrera

Con 13 años, Carmela debe declarar ante un juez. También ante abogados y fiscales. Pero lo peor no es lo que tiene delante, está a su espalda: ahí se sientan, separados, su madre y su padre. Nerviosa, con ansiedad, la niña no sabe qué decir por mucho que le hayan pedido que cuente la verdad. Y lo desconoce porque se encuentra atrapada en un mundo de adultos, con unas exigencias que no son propias de su edad y el sufrimiento de la violencia machista.

Es su mirada el centro de La buena hija, que la directoria Júlia de Paz y la guionista Nuria Dunjó —ambas de 30 años— presentaron este jueves a concurso en el festival de Málaga tras obtener tres premios en el certamen de Tallin (Estonia). Protagonizada por la jovencísima y talentosa debutante Kiara Arancibia, además de una impecable Janet Novás y valiente Julián Villagrán, Petra Martínez aporta su grano de arena en un papel tan escueto como sensible. Llegará a los cines el 10 de abril.

Cuentan las cineastas que la idea nació hace ya siete años cuando conocieron los puntos de encuentro, espacios donde padres agresores pueden visitar o recoger sus hijos e hijas bajo supervisión de la administración. En sus entrevistas con las mujeres supervivientes de violencia machista comprobaron que en ese contexto los menores estaban muchas veces olvidados, sin que apenas se tuviera en cuenta su opinión o sentimientos. Y cómo, en demasiadas ocasiones, su cicatrices eran invisibles al sistema. “Nos encontramos también mucha frustración entre educadoras y psicólogas porque muchos de esos menores no deberían continuar viendo al agresor, pero por ley lo deben hacer”, explica De Paz. Entones decidieron que si en Amaque obtuvo una Biznaga en el festival malagueño en 2021— el punto de vista era el de la madre, aquí sería el de la hija.

El cuestionamiento pasó de qué es una mala madre a qué es una buena hija. A partir de ahí, con los mimbres de su investigación, dirigieron un cortometraje, Harta. “Queríamos ver si éramos capaces de enfrentarnos a una historia tan compleja de una manera honesta y respetuosa”, relata Dunjó. Funcionó. Y así nació La buena hija.

Su preparación también incluyó entrevistas con reclusos por violencia machista. “El cine ha representado ya muchas veces al agresor, pero nosotras queríamos ir más allá: buscábamos los grises. Para escribir y dirigir al personaje [que interpreta Villagrán] teníamos que hacer el ejercicio de empatizar sin justificar”, relata De Paz, también guionista de Querer. Muestran así a un padre ambivalente, artista exitoso de aires bohemios, que recibe la admiración del público, pero también de su hija, Carmela, y con el que se puede llegar a empatizar.

La relación entre ambos es cercana, divertida, con muchos momentos de luz y amor, pero también de una oscuridad para unos violenta, para otros no. Y la niña, que estudia segundo de ESO mientras empieza su despertar emocional entre escarceos amorosos, sus primeras caladas o una rebeldía —la de cualquiera a esa edad— que demuestra con un pelo rapado a lo Eleven de Stranger Things, va poco a poco entendiendo esa dicotomía. Y se enfrenta a la compleja situación de poner a su padre en el rol de agresor. De ahí su viaje —lento, cotidiano— del amor al desamor. Igual que el trayecto que transitó su madre con anterioridad hasta la separación.

Exigencia al espectador

Nada es fácil en un largometraje que ofrece más dudas que certezas, más preguntas que respuestas, que sugiere en vez de ser explícita. La buena hija no juzga, solo muestra. Y se convierte, por momentos, hasta en una película incómoda. Es precisamente una de sus virtudes: exige al espectador dar un paso adelante, empatizar con cada personaje, diseccionar las circunstancias y, finalmente, posicionarse. Decidir hacia qué lado dirá mucho de cada espectador. “El objetivo era ese: invitar al público a que se cuestionase lo mismo que nosotras”, explican las realizadores de una obra donde miradas y gestos dicen mucho más que las palabras. Y que, de camino, se adentra en cuestiones como la maternidad en una situación de violencia machista. O los cambios de roles cuando muchos niños y niñas deben madurar antes de tiempo para cuidarse a sí mismos y a sus madres mientras lidian con una situación que jamás esperaron y buscan su propia identidad.

De fondo, educadoras sociales y psicólogas quemadas por la falta de recursos y las duras situaciones que viven, además de una justicia que no siempre se pone del lado de las víctimas. “El sistema está basado en la figura del padre de familia y desde ahí se rige todo”, afirma Dunjó. “La clave está en reeducarnos sobre qué consideramos violencia o no, porque los límites están muy marcados a favor del patriarcado. Nos hemos encontrado una falta de perspectiva de género en el mundo judicial brutal”, añade De Paz.

¿Significa esto que nada se puede cambiar? “Hay solución siempre que las personas con privilegios acepten perder parte de esos privilegios. Cuando investigábamos, encontramos esa idea de que si eres hija de víctima lo serás en el futuro, y si eres hijo de agresor, también lo serás, pero si hay un buen acompañamiento existe la posibilidad de resiliencia y de no repetir patrones. Si seguimos con la lucha para buscar una mínima igualdad, encontraremos resultados”, señala la directora, que ya busca su próximo proyecto en común con Dunjó. Aún está sin determinar, solo saben que estará marcado por el feminismo. “Siempre estará de una manera u otra en nuestros trabajos porque es desde donde nosotras vemos el mundo y es lo que nos atraviesa”, apuntan.

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