Uwe Boll, el peor director vivo, abraza su legado: “Un cineasta quiere que sus películas perduren. Y las mías siguen proyectándose 20 años después”
El realizador ha rodado una película con el actor Armie Hammer, al que defiende pese a sufrir el escarnio de la industria, y critica con dureza el sistema de Hollywood

A sus 60 años, Uwe Boll (Wermelskirchen, Alemania) es plenamente consciente de que su nombre muchas veces va acompañado de una descripción: “el peor director vivo”. Con el tiempo ha aprendido a abrazar ese apelativo y a encontrar su público: “Al principio es complicado que todas las críticas te pongan a caldo. Pero luego te quedas con lo positivo. De repente, décadas después, mis películas están en lo más visto en plataformas”, cuenta en inglés con su fuerte acento alemán en su visita a la CutreCon de Madrid, donde abraza plenamente el cine trash, con chistes del público durante las proyecciones de su obra, y no tomándoselo demasiado en serio.
“Hay muchas películas vendidas con entusiasmo por la prensa y los festivales, que no ve nadie nunca más. Hay muchas ganadoras de Cannes de las que nunca hemos vuelto a escuchar. Y yo tengo filmes que 20 años después todavía se proyectan en cines. No las llamaría basura, son simplemente divertidos, y por eso sobreviven. Al final, lo que quiere un cineasta es que sus películas perduren”, defiende este viernes a EL PAÍS este triple ganador del Razzie (los antiOscar), incluso con un premio honorífico a la peor carrera: “Si me preguntan por mis 10 películas favoritas, siempre hago dos listas. Una, las que quiero ver una y otra vez, como Tiburón, que puedo ver cien veces. Y otra con cosas como Rompiendo las olas, que sé que son obras maestras, pero no quiero volver a ver jamás. Yo soy consciente de que películas como House of the Dead están plagadas de fallos, pero es divertida de ver”.

Con 40 películas a sus espaldas, Boll tiene una larga historia como director y productor. En la lista de 50 películas peores valoradas para los usuarios de IMDb, cuenta con tres menciones: el filme de zombis House of the Dead (2003), una de sus primeras obras, es la octava por la cola con una puntuación de 2,1 sobre 10; Alone in the Dark, basado en otro videojuego y con un 1% de críticas positivas en Rottentomatoes, ocupa la decimotercera posición, y Bloodrayne se conforma con un tres. Ahora, convertidas sus películas en obras de culto de lo cutre, quiere reunir al elenco completo de la primera 23 años después, a través de un micromecenazgo.
Este personaje hecho a sí mismo, que llegó a enfrentarse a sus críticos en combates de boxeo (incluyendo contra el director de la CutreCon, Carlos Palencia, en 2006), se convirtió en un pionero de las adaptaciones de videojuegos, tan habituales hoy en Hollywood: “The New York Times las odiaba porque era entretenimiento tonto, y tenía la diana en mi pecho con todos los fans. Mis películas serían lo peor, pero al menos costaban 10 millones de dólares. Luego las han hecho igual de malas por 140″.
Por este rechazo, Boll, que dedica más tiempo a la producción que a la dirección, aprendió a financiar sus proyectos de manera independiente. Primero con las ayudas de los fondos alemanes —para recibirlas tenía que producirlas a todo correr—, y hoy con tres estrategias: “Convenzo a empresas para que me coproduzcan. Luego, mis 40 películas siguen haciendo dinero (House of the Dead sumó 250.000 euros el año pasado), y yo no gasto en ferraris. Y además viajo a países con incentivos fiscales como Croacia, que me ayudan a limitar todo a mucho menos de 10 millones”. En su cadena incesante de producción, Boll llegó a rodar en 2011 tres películas al mismo tiempo, para recibir todas las ayudas, durante 16 días en un plató en Croacia: una histórica sobre Auschwitz, la tercera entrega de los videojuegos Bloodrayne y una parodia de acción con nazis.
En Postal, otra alocada comedia sobre EE UU, tomaba al personaje protagonista del videojuego homónimo para construir una de sus obras más “personales”, una parodia que incluía a Bin Laden y Bush entre sus protagonistas. Lo salpimentaba de chistes de pedos, risas sobre el capitalismo, religión, violencia policial y racial, el uso de armas en EE UU e incluso con una montaña de niños muertos. “Hoy no se podría rodar. Ofendería a izquierda y derecha”, reconoce. También apunta que 20 años después el espectador no aceptaría cosas como la abundancia de desnudos femeninos gratuitos e injustificados de sus películas. “Son cosas ridículas, pero la libertad es no tener ese miedo y romper barreras. Si parte de tu público está incómodo y a la otra le encanta, es lo que hace a las películas interesantes. Sin embargo, hoy somos obsesivos con el control, todo nos da miedo”, dice en un discurso contra la corrección política.

Boll, temeroso de la fusión de Warner y Netflix, dice que todo va a peor en el cine: “Ahora todos los estudios tienen miedo y miden lo que pueden vender al streaming”, al que achaca la pérdida de personalidad en los directores: “Ya no se conoce el autor, solo que es de Netflix. Y los festivales también caen en ese soborno por publicidad. Mis películas nunca se publicitaban y aun así encuentran su público”.
Es especialmente crítico con gente como los hermanos Russo, a punto de estrenar dos superproducciones más de Vengadores: “No son buenos, aunque les dan todo el dinero del mundo y los hace peores. También hay directores que ya hacen películas terribles que nadie necesita, pero se les perdona. Scorsese, Ridley Scott con Napoleón y Oliver Stone, que hizo las malísimas World Trade Center o Alexander, y nunca volvió a hacer nada bueno”. Su perorata sobre la industria, que en 2016 le hizo retirarse temporalmente por toda la hipocresía que conllevaba, no para ahí: “Ben Affleck cena con Ted Sarandos, jefe de Netflix, y tiene 80 millones para rodar lo que quiera. Es injusto para el trabajo del productor. Como son famosos, les hacen ojitos. O todo se vuelve política, como todos los millones de Melania para rodar esa basura de documental. Trump tiene a todos controlados: Apple, Zuckerberg... Es una desgracia. Y yo no tengo cenas con nadie, así que nada”. Su mayor presupuesto lo logró con En el nombre del rey, otra adaptación de videojuegos de 60 millones de dólares (cerca 50 millones de euros) con Jason Statham, Burt Reynolds y Ray Liotta.

Boll es muy crítico con el cine de Hollywood, al que culpa de cómo está el mundo: “Marvel enseña que la violencia es positiva. Para mí siempre es oscura. Apoyo el mandato de restringir las redes sociales a los 16 años en España, porque la gente normaliza la violencia desde muy pequeños”, explica.
El director tiene opiniones salvajes a diestro y siniestro, tan desordenadas como el montaje de sus gilmes. Respecto a la izquierda, dice que no entiende que se incluya “una trans o una lesbiana” en cada serie de policías. Aunque es contra la derecha contra quien más tiene que disparar: “Nunca voy a estar a favor del asesinato, como los de los agentes del ICE, ni de la violencia. No se puede disparar a la gente. Es fascismo, una dictadura. Y si un migrante trabaja y paga impuestos, puede quedarse. Es el sistema el que los radicaliza y los convierte en criminales, porque no consiguen papeles”, expresa este director.

Aunque en 2006 abrió un restaurante en Vancouver para probar otras cosas como contó en el documentalk Que os den a todos, ahora tiene ganas de seguir rodando. De hecho, ha filmado Citizen Vigilante, que supone el regreso a la pantalla de Armie Hammer, protagonista de Call Me By Your Name repudiado por unos mensajes privados que incluso apelaban al canibalismo. Para Boll los actos de su protagonista deben diferenciarse de los del productor Harvey Weinstein o los de Brett Ratner, director de Melania, protegido por Trump y “cancelado con razón” al ser denunciado por varias violaciones.

Al final, en lo importante, Boll está pletórico porque ha encontrado su público: “Son como películas de fiesta. Es a lo que tienen que aspirar los festivales, a ser más cercanos y ofrecer experiencias. Aquí hay público, y las plataformas tendrían que saberlo”. Y él ya se vende como “el peor director de la historia”, porque eso le hace seguir rodando.
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