Crecer y hacer cine en el Irak de Sadam Husein: “Las sanciones internacionales nos destrozaron, nunca afectan a los dictadores sino a su pueblo”
El director iraquí Hasan Hadi cuenta en su primera película, ‘La tarta del presidente’, el drama de una niña por cocinar un pastel para el cumpleaños del sátrapa


Cada 28 de abril, los iraquíes hacían de tripas corazón y, por muchas sanciones internacionales que les asfixiaran, salían a las calles a celebrar el cumpleaños del dictador Sadam Husein. “Ahora parece una locura, pero eso pasó: una vez nos obligaron en los colegios a que hiciéramos una tarta para el presidente. Y me acuerdo de un amigo y compañero de clase que no logró los ingredientes para cocinarla. No teníamos ni casi ni para comer, como para encontrar azúcar y hacer el pastel para el presidente”, recuerda ahora a sus 37 años el cineasta Hasan Hadi, que de aquella dolorosa vivencia escribió un guion, y ha logrado rodar su película, La tarta del presidente, que se estrena ahora en España tras ganar en Cannes la Cámara de Oro, el premio a la mejor primera película en cualquier sección del festival francés.
Hadi creció en el sur de Irak, en los mismos terrenos de marismas y pobreza en los que se desarrolla su película. “La tarta del presidente se basa en mis miedos como niño y en mis preguntas como adulto”, aseguraba el cineasta el pasado mes de septiembre en el certamen de San Sebastián, donde su drama se proyectó dentro de la sección Perlak. Su propia vida está marcada por el devenir desolador de su nación. En su infancia nunca pisó una sala de cine, porque no existían. Pero sí vio multitud de películas en cintas de vídeo. “Un familiar me convenció para ayudarle en su negocio de distribución de VHS de películas extranjeras prohibidas. Yo era un niño, así que nadie sospechaba de mí. Parecía imposible que fuera un contrabandista. Me escondía las cintas bajo la camisa o en el bolso”.

A cambio, vio muchísimo cine en la pequeña televisión familiar. Desde Godzilla a películas de Roberto Rossellini o Jackie Chan. Y logró una beca para estudiar cine en la Universidad de Nueva York. Sin embargo, las restricciones a la inmigración de la primera etapa presidencial de Donald Trump imposibilitaron su llegada a EE UU durante tres años. “Finalmente pude desarrollar el guion tutorizado en el Instituto Sundance, donde recibió el apoyo de la cineasta Marielle Heller (¿Podrás perdonarme algún día?) y del guionista Eric Roth (Forrest Gump), que incluso puso dinero de su bolsillo. “Solo así logré rodar. Piensa que desde hace décadas no se ha rodado en mi país”. Y menos aún en el sur: su filme alberga unas poderosísimas imágenes de canoas y de casas fluviales, fascinantes atardeceres con luces de farolillos... “Lo intentamos, aunque siempre estuvimos supeditados a que nuestros protagonistas eran niños. Ellos mandan”.
Por eso, la cámara nunca pierde de vista a la protagonista, Lamia, una niña de nueve años que vive con su abuela, y cuya vida se va complicando poco a poco a la búsqueda de los ingredientes de su pastel, hasta el punto de viajar a Bagdad a por el azúcar. “Los miedos de Lamia son mis miedos. ¿Qué me habría pasado si me hubieran pillado con las cintas de vídeo? No había reglas claras. Además, dependía de la película que te encontraran escondida. Si hubiera sido un filme político, un título expresamente prohibido, podrían hasta haberme ejecutado. Sí, era un niño, pero te recuerdo que hablamos de un tiempo en que la infancia perdió su inocencia”.

Para Hadi, su película tiene un eco inmediato en acontecimientos que se desarrollan en diversas partes del mundo. “Los niños no son políticos, no tienen sesgo, son inocentes y sencillamente te muestran el mundo tal y como es. Lo que está ocurriendo ahora, la expansión de los dictadores y de su fascismo, es lo mismo que ocurría en los noventa. La democracia no es solo celebrar elecciones. No puedes tener una auténtica democracia sin libertad de expresión”, argumenta.

Hadi logró salir. En 2021 su corto Swimsuit hizo suficiente ruido como para que mucha gente se fijara en él, que ya se había mudado a Londres. Y así rehuyó la tentación de rodar en Jordania o Marruecos. “Es que no tenía sentido. Debía de ser allí, con iraquíes. Y entre noviembre y abril, porque el resto del año el calor es infernal”. El último empujón se lo proporcionó un director a priori alejado del cine de autor: por un contacto de Sundance, un buen día, Hadi acabó hablando por Zoom con Chris Columbus (director de las dos primeras Harry Potter y de Solo en casa). “Resulta que le encantó el guion, y tras la charla acabó entrando en la producción con su empresa, Maiden Voyage Pictures”. A Hadi se le ilumina la cara cuando desgrana esta retahíla de apoyos y la ilusión que le hizo ganar la Cámara de Oro: “Me quedé en blanco. En fin, pasado el momento, sí sé que los premios ayudan a levantar el siguiente proyecto. Y ese es mi objetivo”.

Vuelta a La tarta del presidente. “Yo no quería hacer una película política. Sí, las sanciones internacionales forman parte del paisaje de fondo del filme, porque nos destrozaron, porque nunca afectan a los dictadores, sino a su pueblo. Pero yo no quiero soltar mensajes, quiero contar historias, y esta es la historia de dos niños. Volveré a rodar en Irak, seguramente con actores encontrados por la calle, porque no existe una escuela de interpretación”. ¿Y qué pasó con su compañero del cole? ¿Acabó el pastel? “No lo logró, fue expulsado del colegio y lo reclutaron para el ejército infantil de Sadam”.
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