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CINE
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Maestro Béla Tarr, nos queda tu cine libre y valiente

La directora Pilar Palomero, alumna del cineasta húngaro durante tres años, recuerda su generosidad y su apuesta por la esperanza y el humanismo

Este martes se ha ido Béla Tarr, uno de los directores de cine más importantes de todos los tiempos, pero para quienes fuimos sus alumnos en la escuela de cine que creó en Sarajevo, se ha ido nuestro maestro, nuestro referente y una persona profundamente querida y admirada. Su partida nos deja un dolor hondo y difícil de nombrar.

Hace 13 años nos cambió la vida para siempre a un grupo de personas que aspirábamos a ser cineastas. Creó una escuela de cine en Sarajevo y, durante más de tres años, nos dio la oportunidad de aprender y hacer cine con él. Fue una experiencia extrema, intensa y apasionada. Como lo era él.

Sostener el proyecto educativo que proponía la Film Factory fue enormemente complicado, y le vimos luchar contra viento y marea para mantenerlo a flote. Él mismo se veía como un Quijote peleando contra los molinos de viento (y esto lo decía literalmente) para conseguir la financiación que la escuela necesitaba. Nunca olvidaré el primer día de clase, cargando entre todos mesas y sillas, amueblando un aula vacía, mientras Béla nos explicaba, lleno de ilusión, dónde iría la biblioteca y dónde el cine. Aquel sueño suyo terminó convirtiéndose en una utopía. Pero nos ayudó a comprender que, a veces, es necesario un cierto grado de locura para pelear por lo que parece imposible. Y que, en el fondo, eso mismo es hacer una película.

Béla fue una persona de una generosidad admirable y poco común. Compartió con nosotros sus procesos creativos, todo lo que sabía y todo lo que había aprendido, poniendo su experiencia a nuestro servicio. Quienes aprendimos a su lado le estaremos eternamente agradecidos. Su cine forma parte ya de nuestra memoria emocional y permanecerá para siempre con nosotros: esa constelación de cuerpos celestes, tan rudos como frágiles, que abría Las armonías de Werckmeister; o ese mundo que, en El caballo de Turín, se extingue delicadamente con la llama de una vela, junto a tantos otros momentos cinematográficos memorables que habitan su obra.

Hoy es inevitable que resuenen algunas de las frases que más repetía. “No education, just liberation!”, decía al hablar de su manera de enseñar. Defendía un cine libre y valiente, alejado de lo impostado y del artificio. Insistía en la importancia de la esperanza: deseaba que todo aquel que entrara a ver sus películas saliera del cine un poco más esperanzado de lo que había entrado, porque ese era su compromiso con la vida. Y nos enseñó, sobre todo, a mirar con atención a las personas, a apostar por un cine profundamente humanista y comprometido.

La última vez que lo vi fue en Barcelona. Vino para impartir algunas clases y presentar una retrospectiva de su cine en la Filmoteca de Catalunya. Volvimos esos días a brindar por el cine y por la vida. Lo acompañamos con orgullo y nos emocionó profundamente ver el calor con el que el público lo recibió. Fue muy bonito verlo tan feliz.

Te vamos a echar mucho de menos, Béla.

El viento seguirá soplando, pero tu legado permanecerá.

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