El Prado viaja a Roma para reivindicar sus raíces italianas
‘A la manera italiana. España y el gótico mediterráneo (1320-1420)’, que se inaugura el 26 de mayo, rescata el diálogo entre arte español e italiano del Trecento


“Hemos tratado de iluminar un capítulo importante de la historia del arte que hasta ahora apenas se había tratado y del que posiblemente ni los propios italianos fueran conscientes”. Con estas palabras, Miguel Falomir, director del Museo del Prado, se refería en Roma al impacto que tuvo la influencia italiana del Trecento en la pintura española de la época y a cómo las obras producidas en la península a lo largo de ese siglo polinizaron también la creación italiana posterior. Esta es la idea central de la exposición A la manera italiana. España y el gótico mediterráneo (1320-1420), que podrá verse desde el próximo 26 de mayo en el Museo del Prado y cuyos detalles fueron desvelados hoy durante la presentación oficial de la muestra en la capital italiana.
La ciudad ha sido protagonista de este evento “porque la idea de esta exposición nació en parte aquí”, según ha explicado el comisario Joan Molina. Pero además, Roma es el centro simbólico de la tradición artística que esta muestra trata de narrar en el contexto de una pinacoteca que además tiene a la pintura italiana como una de sus tres columnas vertebrales (junto a la española y la flamenca). “El Prado es una pequeña Italia”, decía del museo su anterior director, Miguel Zugaza, citado por Falomir. Este además ha dicho que los italianos son, junto a estadounidenses y franceses, el público principal de esta catedral del arte.
Sobre la exposición, muy laboriosa en cuanto a producción, ya que ha incluido la restauración de una docena de obras, los responsables del Prado han tratado de posar una mirada diferente sobre artistas quizás menos célebres que Tiziano, Veronese y otros grandes hits del arte italiano pero muy significativos “porque de alguna manera nos permiten rediseñar el mapa de las influencias artísticas de la época”, subraya Falomir.

El arte, que nunca es ajeno a contextos políticos, cuando viaja impregna todo lo que toca. Y eso exactamente es lo que ocurrió durante el siglo XIV, cuando, a través del papado de Aviñón y de las nuevas dinastías, que llegan al poder en España, los cuadros del Giotto, Duccio o Lorenzetti y otros grandes del Trecento italiano entran en la península y fascinan por su refinamiento técnico y artístico.
Además de las obras, también llegan artistas italianos a la península, como Lupo de Francesco o Barnaba da Modena. Ese ir y venir de obras y artistas impregna el trabajo de creadores españoles como Ferrer y Arnau Bassa, los hermanos Serra, Pedro de Córdoba o Miquel Alcañiz, que a su vez reinterpretan lo que ven e incluso crean nuevas iconografías o hacen nuevas propuestas, como el retablo, “que nace en esa época”, según explica Molina, quien durante la presentación reivindicó la importancia de “combatir la idea de las patrias del arte porque lo que existe en realidad es el intercambio”.
El frenesí comercial entre Florencia, Pisa o Siena y ciudades españolas como Valencia, adonde llegaban también tejidos, tapices y joyas, tiene su reflejo en la producción artística española de la época, que a su vez impacta en artistas como Gherardo Starnina, quien a su regreso a Florencia, tras una estancia en Valencia a principios del siglo XV, será descrito así por Giorgio Vasari, el artista renacentista que escribió las biografías de múltiples creadores italianos: “Cuando se fue era burdo. En España aprendió a ser amable y cortés”, en referencia a cómo cambió su estilo.

La importante relación entre Italia y el Museo del Prado se refleja también en los múltiples préstamos que se realizan en ambos sentidos. A lo largo del siglo XXI el museo le ha prestado a instituciones italianas 681 cuadros y ha recibido 357. Ese intercambio vuelve a darse con esta exposición, pero este año además hay un protagonista al margen de esta muestra, La visitación (1517) de Rafael, una obra estrella del Museo del Prado que regresa temporalmente a L’Aquila tras 400 años ausente. El cuadro, restaurado recientemente, fue un regalo casi obligado del virrey de Nápoles a Felipe IV y podrá verse en la ciudad italiana desde el próximo 26 de junio en el Museo Nacional d’Abruzzo con motivo de la capitalidad italiana de la cultura que este año ostenta L’Aquila.


























































