Mirar a la Ciudad Eterna para entender todas las demás
La exposición ‘Roma en el Mundo’ pone en perspectiva virtudes y defectos de la capital italiana al confrontarla con otras 17 como París o Tokio para ofrecer una fotografía global de cómo vivimos
Hay ciudades que miran siempre hacia adelante, como Nueva York o Hong Kong, y otras que han llegado al siglo XXI viviendo de las rentas de un pasado extraordinario pero con el lastre de haberse olvidado de pensar en su futuro. Roma caput mundi (Roma capital del mundo) fue una frase acuñada en tiempos de los romanos, cuando la capital del imperio más poderoso de Occidente estaba en esa ciudad. En 2026, esas palabras aún sobrevuelan el imaginario local. Es más, fueron las elegidas para envolver los andamios que han cubierto (y todavía cubren) cientos de monumentos que, de cara al jubileo que ahora ha terminado, han cambiado de aspecto gracias a 500 millones de euros de los fondos europeos Next Generation. Roma, que atesora la mayor flota de vehículos privados que existe en una ciudad europea, ha podido así limpiar sus tesoros de la capa de mugre negra generada por tanto vehículo. Aunque sus vecinos también reclaman más marquesinas en las que esperar el autobús, aceras, farolas o paradas de metro.
En la capital italiana hay 803 coches por cada 1.000 habitantes, una cifra solo superada por Melbourne (Australia) y Chandigarh (India). Esa cantidad de automóviles, tan alejada de la idea de ciudad del siglo XXI con la que los estudiosos contemporáneos invitan a mejorar nuestro entorno, es una de las muchas cifras objetivas que propone Ricky Burdett, catedrático de urbanismo de la London School of Economics. Este experto en megaciudades es el comisario de la exposición Roma en el Mundo, abierta hasta el próximo 6 de abril en el museo MaXXI de la capital italiana y con la que trata precisamente de obligar a esta urbe a mirar hacia afuera para entenderse mejor por dentro. Y para eso, nada mejor que bombardear a los romanos con los datos de 17 urbes como Ciudad de México, Lagos, Addis Abeba, Tokio o Mumbai, que por sus excesos o defectos permiten poner a Roma en una perspectiva global. “Se trata de una fotografía de la actualidad que a cada uno le servirá para sacar sus propias conclusiones sobre una ciudad que en algunos aspectos se ha quedado atrás, pero que no deja de ser uno de los pilares de nuestra civilización”, explica Burdett. “Además, al enfrentarnos a los datos de múltiples ciudades entendemos mejor problemas y soluciones a escala global”.
Saber que en Hong Kong, donde viven 7,5 millones de personas, apenas hay 124 coches por cada 1.000 habitantes, o que en Roma —con casi tres millones de habitantes— hay más del doble de alojamientos Airbnb que en Nueva York, con el triple de población y visitada por el triple de turistas que la capital italiana, ofrece claves sobre la realidad a la que se enfrentan sus habitantes. La exposición presenta estas pistas gráfica y visualmente con grandes paneles de colores y con enormes maquetas que permiten entender, por ejemplo, la extensión y la densidad de las ciudades. “La cifra de automóviles de los romanos es impactante, pero cuando descubres que tiene una extensión de 1.287 kilómetros cuadrados, frente a los 105,4 de París (donde la mitad de sus 2,1 millones de ciudadanos se mueve en bicicleta) comprendes que sus habitantes se agarren al coche”, explica Burdett.
Pero ¿por qué una ciudad como Roma, cuyo 90% de la superficie que ocupa se construyó tras la Segunda Guerra Mundial, apenas ha modernizado su red de movilidad? ¿Por qué, pese a tener la mayor cantidad de espacio verde de una ciudad europea, la calidad del aire es peor que en urbes más pobladas como Tokio, Londres o Nueva York? Generaciones de políticos han puesto la excusa de lo difícil que es construir una red de metro en una ciudad donde haces un agujero y aparece un templo romano. De hecho, acaban de inaugurarse dos paradas que llevaban en construcción 13 años. “Sí, la arqueología es un problema real en Roma, pero hay otros igual de importantes”, asegura Burdett.
“Por un lado, la falta de planificación. Las ciudades hay que pensarlas a 20 o 25 años vista. En ese sentido, Barcelona lo hizo muy bien, tan bien que ahora está casi muriendo de éxito. En Roma no se lo han planteado porque lo cierto es que Roma no crece, la población apenas ha variado en los últimos 20 años y, encima, la tasa de natalidad es de las más bajas del mundo. Además, hay poca densidad de población. Eso es un lastre para pensar el futuro de una ciudad, porque no hay masa crítica para que los servicios ―escuelas, hospitales, transporte― sean eficientes y si hay poca gente en edad de trabajar, demasiados jubilados y apenas nacen niños, no hay interés en invertir,” relata el comisario. De hecho, en Roma el transporte público apenas cubre la ciudad más allá de los muros aurelianos, que rodean la Roma que el mundo conoce. “Solo el 2% de la población vive en el centro histórico y quizás por eso hay un alto riesgo de que esa parte de Roma acabe convertida en una ciudad museo, como Venecia”, advierte Burnett. Ya lo intuía James Joyce a principios del siglo XX: “Roma me recuerda a un hombre que sobrevive mostrándole a los turistas el cadáver de su abuela”.
Curiosamente, la distribución de la riqueza en Roma es mucho más “democrática” que en ciudades como Ciudad de México, donde hay periferias de una pobreza atroz. “Si una ciudad no concentra su pobreza en unos pocos barrios alejados entre sí, significa que hay un tejido social más salubre y en eso Roma es un buen ejemplo”, dice Burnett.
Pero no solo existe una Roma real. Precisamente por el peso de su historia, Roma ha sido objeto a lo largo de los siglos de innumerables interpretaciones artísticas. Y esta exposición tiene una segunda parte titulada precisamente Roma en el imaginario del mundo. Desde el siglo XVIII, cuando se puso de moda entre artistas y aristócratas el Grand Tour (el viaje a través de Italia para aprender de sus clásicos y culminar el periplo en Roma) escritores como Goethe, poetas como Lord Byron o John Keats y pintores como Turner, Corot y todo artista romántico que se lo pudiera permitir, peregrinaba hasta Roma para admirarla. La comisaria de esta parte de la muestra, la arquitecta Paola Viganó, ha utilizado cientos de referencias para presentar este mosaico de imaginarios, donde no faltan estadounidenses como Cy Twomby o Robert Rauschenberg, o ingleses como Martin Parr.
Además, hay toda una parte dedicada a la interpretación hecha por los becarios de las Academias internacionales de arte de Roma, que siempre han formado parte del tejido artístico de la ciudad, como el célebre Robert Venturi, que pasó por la Academia Americana. Este arquitecto, que con su contribución al libro Aprendiendo de Las Vegas agitó el mundo académico de los setenta y supuso un punto de inflexión en la historia y la crítica de la arquitectura, utilizó en aquel libro múltiples referencias a Roma ahora recogidas en la muestra. “También hemos buscado lo más actual, porque todo ese potencial de docenas de artistas que llegan cada año para reinterpretar Roma es una fuerza increíble y ahí hemos encontrado muy buenos ejemplos en la Academia de España, como el paseo de Rocío Quillahuaman”. Titulado Puriykachay (paseo en quechua, el idioma de su madre), este video de 2024 combina imágenes y cómic de la artista caminando por Roma en una reflexión sobre el peso de la identidad. El paseo es un recurso “clave en el imaginario de muchos artistas que han pasado por la ciudad” explica Viganó.
Además, hay obras de otros exbecarios recientes, como el colectivo Basurama o Jose Ramón Ais. “Roma es un lugar para entender la relación entre el tiempo y el espacio, y eso se ha reflejado en el imaginario de esta ciudad, que es muy fuerte”, señala la comisaria. “Un imaginario colectivo fuerte muestra que la sociedad comparte cosas. Si mira solo para atrás, la ciudad se para, pero en esta muestra vemos cómo gran parte de ese imaginario mira hacia el futuro”.
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